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El relevo del héroe

Con motivo de la cercanía de la Navidad, el autor relata un suceso que, con cierta simpatía, nos hará reflexionar sobre un aspecto importante de nuestra vida.

Juan Ignacio Izquierdo Hübner·24 de diciembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
navidad
Foto: Carlos Daniel / Cathopic

Aprovechando que mi amigo Carlos estaba de paso por Pamplona, me dejé invitar por él a una terraza del centro para tomar café. Nos sentamos con la calma y poca prisa propias de una tarde de sábado tontorrón, acompañados por un cielo despejado y esa brisa de aquí que transporta un frío espectral (aun así, la terraza llena. Cosas que solo pasan en Pamplona). Pero teníamos buen abrigo. Así que después de ponernos al día —él me contó de su trabajo y yo le hablé de mis estudios—, aproveché que estábamos en confianza para desahogarme sobre ciertas inquietudes que a veces me pellizcan el buen humor:

— Estoy cansado del modelo de amor que nos están vendiendo por todos lados: tiene el brillo y el tamaño de las pompas de jabón. Muchos se enamoran, van de aquí para allá, y al final nadie se casa…  

— Deja, hombre, tranquilízate —me interrumpió Carlos a la vez que dejaba su taza en el plato con un golpe suave—. No vengas a ponerte trágico: en lugar de quejarte, tenemos que movernos. Como mi sobrino Miguel.

— ¿El que estudia Económicas?

— Sí, él. Pero se graduó hace un año… ¡hombre, nos hacía falta hablar, eh! 

Pues, hace unas semanas el chaval tuvo una inspiración.

— ¿Ah, sí?

— Al acabar la carrera, Miguel entró a trabajar con sus 24 años en una Consultora de Madrid. Como le gusta ir por ahí saludando a la gente, es un tipo que se ha hecho querer por sus colegas. En su piso trabajan (o quizá viven) unas 25 personas. Los jefes están al fondo, en despachos individuales, y los empleados comparten el salón, con unos tabiques de media altura que segmentan las mesas.  

— Como película americana.

— Tal cual. Al parecer el ambiente de trabajo no es tan gris. Dice Miguel que incluso decoraron algo por Navidad: un arbolito que te encuentras nada más salir del ascensor y cintas rojas sobre el ventanal que da a la ciudad. 

— Algo es algo.

— Una mañana el jefe convocó a la peña a la sala de reuniones que está junto a su oficina. Los más despiertos consiguieron sentarse en torno a la mesa, los demás quedaron de pie, formando una segunda y una tercera fila entre las sillas y las paredes. Miguel llegó unos minutos tarde, se acercó a la sala con la mochila al hombro y se apretó contra el marco de la puerta para escuchar.  

El jefe dio su speech, “¿alguien tiene alguna pregunta?” Cri-cri y “¡venga, a trabajar!”. Pero antes de que alguien se moviera, Miguel intervino:

— Perdón, yo quisiera dar un aviso. Aprovechando que estamos todos… 

— Por supuesto —dijo el jefe, disimulando su curiosidad con un bono de cortesía.

25 pares de ojos se fijaron en mi sobrino. Y Miguel, conteniendo la emoción, lo soltó:

— Me caso.

La gente se miró y la incomodidad cundió en la sala. Miguel se puso nervioso, “quizá no era el momento”, y retiró la sonrisa que tan cándidamente había ofrecido. Al otro lado de la mesa, una mujer de unos 40 años que estaba particularmente inquieta con la situación —quizá por el aprecio que tenía a mi sobrino—, hizo la pregunta que, por lo visto, muchos compartían:

— Pero, Miguel, ¿por qué tan joven?

— Hombre —dije, interrumpiendo a Carlos con el ánimo crispado—. La mujer aquella podría haberlo dicho más claro. Lo que Miguel probablemente entendió con esas palabras fueron otras más crueles: “¿No estarás siendo imprudente, o al menos un poco ingenuo al pretender disfrazarte de héroe?” 

— No seas dramático —me corrigió Carlos—. Además, en ese momento, como te decía al principio, Miguel recibió una inspiración: abrió su mochila para sacar el iPad, buscó algo y enseñó la pantalla a sus colegas como si levantara un trofeo. De pronto la tensión se transformó en calidez. Era una fotografía familiar: al centro, dos abuelos elegantísimos con gorritos navideños; junto a ellos, 7 matrimonios sonrientes; y llenando cada resquicio de la pantalla, unos 35 o 40 nietos de estatura y picardía diversas. Y mientras sostenía la foto, Miguel, con tono de confidencia, respondió: 

— Así me gustaría vivir la Navidad cuando sea mayor, como mi abuelo. Y para llegar a eso más vale que comience pronto, ¿no? Pues por eso me caso tan joven.

— Notable —comenté—. ¿Y cómo reaccionó la gente?

— Varios asintieron, otros sonrieron y la mujer que había preguntado se levantó, puso una mano en el hombro de mi sobrino y lo felicitó. 

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