Educación

Claves educativas del siglo II para un currículo de Religión del siglo XXI

“La gloria de Dios es que el hombre viva; la vida del hombre es contemplar a Dios.” (San Ireneo de Lyon, C. H., libro 4,20:7

Javier Segura·13 de abril de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
pater noster
Foto: Raimond Klaivins /Unplash

Ahora que estamos repensando el nuevo currículo de Religión merece la pena mirar en profundidad y descubrir las claves que nos ayudarán a que realmente ese currículo cumpla con su cometido de enseñanza-aprendizaje.

Pensando en esto me ha venido la célebre frase de san Irineo de Lyon, ‘la gloria de Dios es que el hombre viva’, y creo que nos aporta una visión sugerente. Especialmente si no quitamos la segunda parte de la sentencia del santo obispo, ‘la vida del hombre es contemplar a Dios’.

En este ejercicio que es la enseñanza escolar de la Religión hay dos orillas de un río que hay que unir: Dios y los hombres. El currículo debe acertar en la forma de hacerlo, y ahí está su importante y, a veces, complicada misión. Quizás en otros momentos hayamos partido demasiado de un contenido teológico que teníamos que adaptar y explicar a los niños y adolescentes. Un contenido que el profesor de Religión se esforzaba por hacer significativo, y en ello empleaba muchas de sus energías.

En la enseñanza escolar de la Religión hay dos orillas de un río que hay que unir: Dios y los hombres, y éso es lo la misión del currículo de Religión.

Javier Segura

La sentencia de san Ireneo nos invita a recorrer ese camino entre el hombre y Dios, pero en otra dirección. Acercarnos primero al hombre, con todo su deseo de vida y vida en plenitud. Escuchar sus inquietudes, sus luchas, sus heridas, sus aspiraciones… y ayudarle a descubrir que Dios mismo quiere llenar esos anhelos. Que su historia no le es ajena. Que la gloria de Dios es que ese niño llegue a la vida plena, que ese joven viva con toda la potencia que el mismo Dios sembró en su corazón. Por algo dijo Jesús ‘he venido para que tengan vida y vida en abundancia’ (Jn 10,10).

Eso nos llevará a un currículo con un acento netamente educativo, cuyo objetivo central sea la maduración plena e integral del alumno, desde las claves que aporta el cristianismo.

Pero este proyecto ha de sustentarse en dos presupuestos básicos, que si no están bien encaminados, pueden hacer que el currículo y la propia enseñanza religiosa escolar queden infructuosos.

El currículo ha de tener un acento netamente educativo, cuyo objetivo central sea la maduración plena e integral del alumno desde las claves del cristianismo.

Javier Segura

Por una parte hay que escuchar bien al santo de Esmirna y poner el acento también en la segunda parte de la frase. Verdaderamente Dios quiere que el hombre viva, pero la vida del hombre es contemplar a Dios. Ese anhelo profundo del corazón que todos los seres humanos sienten tiene un nombre, es Dios. Él es la fuente de la vida, y si al ser humano le quitamos a Dios, no le estamos arrebatando una idea más o menos interesante, sino que le arrebatamos el origen de su propia vida. Porque quizás este es el gran problema de la transmisión del cristianismo, que hayamos convertido al propio Dios en una idea y al cristianismo en una ideología, cuando es algo muy distinto. Dios es una persona y el cristianismo es un encuentro. Por eso en el centro del currículo, a la vez que debe estar el joven y su maduración, debe plantearse que en el encuentro personal con Dios está la plenitud de todas las dimensiones de su ser.

El segundo pilar en que debe asentarse el proyecto es en una correcta antropología. Y esto no es algo abstracto o meramente especulativo. De visiones antropológicas erróneas se llega a realizaciones de las personas incompletas y desestructuradas que generan frustración. Debemos ofrecer a nuestros jóvenes una visión del ser humano que les sirva de referencia para la plena y madura integración de todas las dimensiones de su vida. Pero esto pasa porque el propio currículo tenga de fondo esa clara visión. Como tantas veces ocurre no hay que dar nada por supuesto, hay que ponerle el cascabel al gato, y tener clara la propuesta de qué modelo de persona tenemos.

Quizás el propio san Irineo de Lyon nos aporta de nuevo una luz al respecto cuando nos dice que «a causa de su amor infinito, Cristo se ha convertido en lo que nosotros somos, a fin de hacer plenamente de nosotros lo que él es.»

Ese horizonte de lo que estamos llamados a ser, el mejor modelo antropológico que podemos presentar a nuestros jóvenes, el centro del currículo sea cual sea la dirección en la que recorremos el puente que une al hombre y Dios, no es otro que Jesucristo.

El mejor modelo antropológico que podemos presentar a nuestros jóvenes no es otro que Jesucristo.

Javier Segura

Si tenemos claros estos principios, el hombre y su maduración, Dios como plenitud de vida y una antropología clara que tenga a Cristo como referente definitivo, la enseñanza religiosa escolar podrá aportar mucho dentro del sistema educativo y a la propia vida de los niños y jóvenes.

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