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Un cuento para celebrar Santo Tomás Moro

Juan Ignacio Izquierdo continúa la serie de relatos para conmemorar a diversos santos el día de su fiesta.

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Juan Ignacio Izquierdo Hübner·22 de junio de 2022·Tiempo de lectura: 8 minutos

Dos mujeres 

En la cuarta planta de un edificio clásico, dentro de una oficina amplia con mesas divididas por tabiques grises, uno teclea con pocas ganas, otras miran el móvil encorvándose desde sus asientos, dos entran riendo con vasos de café en la mano mientras discuten algo sobre el Osasuna. Pero la luz joven de la tarde que entra por la ventana se concentra en Isabel, quien intenta guardar sus cosas en los cajones con sigilo similar al de un ladrón. De pronto, la jefa sale de su despacho, los analistas del café enmudecen, Isabel se encoge en su asiento y escucha a sus espaldas los pasos de la ley.

— ¿Cómo?, ¿ya se va?

Isabel mantuvo la atención en el proceso de apagar el ordenador y no respondió. Sus compañeros de la Consultora, tres mujeres y tres hombres, tampoco aprobaban su costumbre, pero a Manuela, su jefa, le encantaba verbalizar la crítica en público. Esta vez había dejado caer la pregunta desde la boca como un avión libera un misil, y surcó el pasillo con paso ágil, sin detenerse para revisar los daños que hubiera causado en su subordinada, dejando atrás una estela de ironía con esencia de tabaco. ¿Por qué lo hace? ¿Envidia, desprecio, rivalidad? Después de todo, Isabel y Manuela tienen los mismos 32 años, coincidieron en la Universidad y, aunque visten con estilos muy distintos, las dos son guapas. 

Isabel congeló sus movimientos por unos segundos, esperó a que Manuela regresase a su despecho para terminar de guardar sus cosas, miró el reloj y, antes de que otro bromista la retuviese, salió disparada hacia el ascensor. Quería recoger a su hija del colegio. «Hay dos tipos de profesionales jóvenes —pensó mientras apretaba el botón en la pared—, los que viven para trabajar y los que trabajan para vivir». 

En cuanto salió por la puerta del edificio y el aire cálido de Pamplona infló su largo pelo rojo, su ánimo se tranquilizó. A esas horas no había casi nadie por la avenida Carlos III. Terminó de cerrar la cartera y se puso a caminar hacia el aparcamiento gratuito donde había dejado el coche. No terminaba de adaptarse a la empresa, sentía que luchaba contra el absurdo: «¿¡Qué problema hay en irse temprano si empezaste a trabajar temprano!? —La murmuración fue aumentando en volumen— Manuela DIJO que podemos irnos pronto siempre que cubramos las horas de la jornada, ¡lo dijo!, pero luego ella se queda hasta las tantas de la noche y los demás chupa suelas se sienten orgullosos de competir por quién aguanta más en la oficina… ¡Es ridículo!». 

Entró al coche, un Volkswagen Golf con 5 años de uso, y detuvo la mirada en la foto de su hija que colgaba del espejo retrovisor. Esbozó una sonrisa. Sólo habían podido tener una hija, Sara. Ahora tiene 7 años, ojos claros y un cáncer. Su enfermedad está bien tratada en la Clínica Universitaria y los médicos son optimistas, pero vaya que ha sufrido la pobrecita. «Necesito mi trabajo. Tengo que adaptarme mejor, sobrevivir», se dijo Isabel. En ese momento sonó su móvil y, a la vez que arrancaba el coche para encaminarse al colegio, activó el manos libres. 

— Hola, cariño —Dijo la voz grave y afectuosa de su marido.

— ¿Sabes?, la jefa se volvió a meter conmigo… Perdona que me queje otra vez, vas a pensar que estoy obsesionada. Pasaré a comprar con Sara las cosas para el aperitivo de esta noche, ¿te apetece algo?

Desde que se casaron, casi todos los días Isabel toma algo con su marido en el balcón del apartamento, antes o después de cenar. Discuten los asuntos del día, ella en el sofá amarillo con una limonada, él en la silla de mimbre con una cerveza. Cuando sale un problema económico o laboral, él da un trago un poco más largo y luego, mirando los balcones del edificio que tienen en frente, suspira diciendo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?”, una frase que le había quedado grabada en la memoria desde que habían visto la película de Tomás Moro. Acto seguido, suele dejar el vaso en la mesa de cristal y se abalanza sobre su mujer para atraparla contra el sofá amarillo y hacerle cosquillas. Al final le roba un beso y siguen charlando. Pero ahora la voz del marido sonaba distinto, más nasal.

— No, Isa, gracias, no me apetece nada. Te llamo por otra cosa. Perdona que te lo diga así, pero mi padre acaba de irse al cielo. 

Isabel detuvo el coche a un costado de la calle. Quería responder, pero antes sacó un pañuelo de la cartera para secarse las lágrimas, se sujetó el pelo, se miró al espejo. Las pecas anaranjadas sobre su rostro blanco se habían encendido y parecían formar una constelación. 

— ¿Sigues ahí, cariño?

— Lo siento mucho. ¿Estás con él?

— Sí, estamos con los hermanos en la Clínica. El funeral será mañana a las 11.00. 

— Voy con Sara para allá entonces. ¿Cómo te sientes?

— Destrozado. Después hablamos. Te mando un beso.

Isabel se dio cuenta que debía organizar un poco las cosas. Tomó aire, marcó el número de su jefa y arrancó el coche otra vez con movimientos torpes. Manuela respondió al quinto tono.

— Perdona que te moleste, Manuela, quería hacerte una pregunta. 

— ¿Sigue trabajando usted? Pensé que se había ido a descansar.

Isabel pudo imaginar esa sonrisa ácida al otro lado del teléfono y sintió un escalofrío. Ay, Manuela. Para ella, “aprovechar el tiempo” significa amar desorbitadamente la propia excelencia. Supervisa el equipo de analistas, pero quiere ascender más. Va al gimnasio tres veces a la semana, visita la peluquería los lunes a primera hora, dedica las mañanas de los sábados a hacer cursos online de management y siempre es la última en irse de la oficina. Conoce el poder de su denso pelo negro en movimiento, le gustan los vestidos de color azul noche y con su sonrisa cautiva a los clientes o a los directores de la compañía. Su marido es abogado y ambos llegan tarde a casa. No tienen mucho tiempo para su hija de 4 años, pero de momento eso no les preocupa demasiado. Ya se ocuparán más personalmente de ella cuando crezca. Mientras tanto, habían contratado a María, una señora mayor de origen ecuatoriano y rasgos bondadosos, para que les cocinara, se ocupara de la limpieza de la casa y sacara a pasear de vez en cuando a la niña por el parque.  

— Ha fallecido el padre de mi marido. Mañana es el funeral.

— Cuánto lo siento. ¿Qué edad tenía?

— 70. Un hombre magnífico… Llevaba bastante tiempo enfermo. 

— ¡Ah! —dijo ella con una frivolidad desconcertante—, ya veo, a su suegro le tocaba descansar. Pues nada, así es la vida. Supongo que quiere pedirme permiso para ir al funeral, pero ya sabe usted que puede distribuir como quiera sus horas de trabajo, así que… 

— Eso es, pero quisiera ausentarme todo el día —Dejó un silencio cauteloso—. Mi marido me necesita y lo quiero acompañar.  

— Hmm. No me extraña… Claramente nuestra firma no es una prioridad en su vida. Haga lo que quiera, pero si se ausenta todo el día la empresa dejará de necesitar sus servicios. ¿Entiende lo que le digo? Y necesito que me lo diga ahora, ¿cuento con usted?

— Por favor, no te pongas así… 

— Dese prisa, que debo atender otros asuntos.

El semáforo se puso en rojo, Isabel divisó el colegio de su hija y vio madres encontrándose con sus pequeñas. No necesitó más que un segundo para decidirse.

— Vale. No voy. Mi marido es más importante que mi trabajo. Igual iré a trabajar el miércoles, por si acaso entras en razón —Y colgó, con el corazón latiendo rápido. Pidió a Santo Tomás Moro que le ayudara a salir de ésta y aparcó. 

Al día siguiente, martes, la jefa no vio a Isabel en su mesa y se irritó. Se pasó el día evitando mirar ese puesto y pensando en cómo despedirla más formalmente al día siguiente. Cometió algunos errores que la llevaron a repetir tareas y acabó llegando particularmente tarde a casa, donde se encontró con otros problemas que la terminaron de trastornar. 

El miércoles, apenas llegó Manuela a la oficina y vio que Isabel era la única persona que estaba trabajando, la llamó con un grito agudo para que la acompañara a su despacho. Atravesaron el pasillo como un verdugo arrastra al prisionero, por una cadena atada al cuello, rumbo a la guillotina. Manuela hizo pasar a su subordinada a su segundo hogar, una habitación gris climatizada, algo saturada con una mesa de madera demasiado grande, además de sillas de cuero negro y respaldos altos; decorada con gráficos en la pared e iluminada por una ventana pequeña. Apenas entraron, la jefa dio un portazo que hizo temblar el cristal que los separaba de la sala grande para analistas. Todavía de pie, la una frente a la otra junto a la puerta, estalló el combate:  

— Isabel, parece que usted no me entendió. 

— Pues, sí, pero…

— Lamentablemente, como le dije hace dos días —cruzó los brazos—, si usted pierde interés en la empresa, nosotros tampoco la necesitamos a usted. Lo siento mucho. 

— ¡Pero mi suegro!, ¡mi marido me necesitaba! —Sus pecas se encendieron como las luces de freno del coche, su pelo creció como una hoguera en la playa y las lágrimas se agolparon en los ojos— ¿Cómo puedes ser tan inhumana?

— ¡Basta!, ¡tranquilícese! —Manuela dio un golpe en la mesa que hizo temblar ahora el ordenador y las carpetas y la cesta con bolígrafos y una caja de pastillas que se asomaban por un cajón semiabierto— Hay otro trabajo que le puedo ofrecer. 

Una frágil tregua las envolvió. El rostro hermético de Manuela se había quebrado e Isabel, desconcertada, consiguió balbucear:

— ¿Cuál?

— El mío.

— ¿Cómo? —Preguntó Isabel, bajando la voz, confundida, dispuesta a dar el asalto final en caso de que le estuvieran tomando el pelo por última vez. 

De pronto, Isabel vio a su jefa llorar. Manuela se sentó con cierta violencia en su silla de cuero negro, apoyó la frente en la mesa de modo que su cabellera negra parecía un plato de spaghetti en salsa de pulpo. Isabel se quedó petrificada, miró a través del cristal para confirmar que todavía no había llegado nadie y después de unos segundos de inquieta indecisión se acercó a su jefa para rodearla, muy cautelosamente, con el brazo.

— ¿Qué pasa? —preguntó Isabel con un hilo de voz.

— Ayer estaba muy molesta con usted, ¿sabe? —Manuela volvió a erguirse en la silla y aceptó el pañuelo que le ofrecía Isabel— Cuando llegué a casa, mi marido estaba en el fondo de la sala de estar, en la penumbra y con la corbata a medio soltar, con el rostro iluminado por el iPad. No me saludó. Encendí las luces y alcé la voz para decirle que había llegado, que venía cansada, frente a lo cual él levantó la cabeza y me indicó con los labios que me fijara en la mesa del comedor. Me giré y vi la tarta de merengue que había preparado María (una señora ecuatoriana que contratamos hace años). La tarta estaba intacta, con sus cinco velas apagadas. Joder. Se me había olvidado el cumpleaños de mi hija. 

— ¿Y qué hiciste?

— Eran las 10 pasadas. Casi las 11, en realidad. La niña debía estar durmiendo, pero fui a su habitación. La encontré acurrucada en su cama, oculta bajo las sábanas. Cuando me senté a su lado, ella sacó la cabeza para apoyarla en la almohada. Tenía una expresión desesperada, como si hubiera estado mucho tiempo bajo el agua. Me sentí fatal. Intenté acariciarla, pero ella me golpeó en la mano y luego volvió a taparse con la sábana. Me quedé perpleja, y después me enfadé: con ella, con usted, y conmigo. Le dije que comeríamos la torta en el desayuno, no esperé a que respondiera y me fui a la cocina. Allí encontré a María. Le pregunté qué hacía ahí a esas horas. Me había estado esperando, dijo, pues estaba preocupada por si me había ocurrido algo. Le dije que no fuera ingenua y la mandé para su casa. La buena mujer asintió, recogió sus cosas con la misma sumisión con que tú recoges las tuyas y se dispuso a salir. De pronto, mientras yo volvía a la sala de estar, escuché que mi hija gritaba algo a María desde su habitación. Quería despedirse. La mujer se acercó y yo la seguí desde cierta distancia. Lo que escuché todavía me duele en el estómago.

— ¿Qué le dijo?

— “Gracias por la tarta, mamá”.

— Vaya… —Isabel no supo qué decir y le dio otro pañuelo a Manuela.

— Gracias. Eso le dijo mi hija a esa mujer, ¡mi hija!, ¡a esa mujer! ¿Lo puedes creer? La señora le dio un beso rápido en la frente y salió. Me apresuré para abrirle la puerta de entrada y le pregunté qué le había dicho mi hija. Es que no daba crédito a mis oídos. “Gracias por la tarta, María. Eso me dijo, señora”. Pero yo había escuchado lo otro. La dejé ir. Quise hablar con mi marido, pero él se había puesto los cascos para ver vídeos de Youtube. Me senté en la mesa del comedor, derrotada, y probé la torta con el dedo. Así, poco a poco y sin darme cuenta, me comí un trozo de un tamaño equivalente a lo que hubiéramos comido los tres juntos si hubiera llegado a tiempo. He sido una estúpida, ¡ahora me doy cuenta!, todos estos años… En cambio usted… Tú, Isabel, ¡mierda!, tú has sabido vivir. Me tomaré unas vacaciones. Necesito reflexionar, pasar más tiempo con mi hija, ordenar mi vida. No sé cuánto tiempo necesitaré y te pido que me sustituyas mientras esté fuera… cuando regrese hablaremos de tu promoción, ¿vale? —Sus ojos se volvieron inocentes, los músculos de la mandíbula se relajaron. De pronto, Isabel recordó a la Manuela que conoció en la Universidad—. No sé si lo has pensado alguna vez, pero ¿de qué sirve ganar y ganar posiciones en la empresa si te pierdes lo mejor de la vida?

El autorJuan Ignacio Izquierdo Hübner
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