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Un barco tallado en el silencio

El autor relata un hermoso cuento de entrega y detalles para celebrar la Solemnidad de san José.

Santiago Populín Such·19 de marzo de 2023·Tiempo de lectura: 3 minutos
san jose barca

– Papá, ¿me cuentas una historia? Pero una larga, mañana es diecinueve de marzo y no hay colegio.

Riendo, su padre le contestó:

– Te sabes bien estas fechas, ¿eh, Juanito?… Bueno, a ver, déjame pensar uno mientras te pones el pijama.

– Papi, no le digas a mamá, pero me gustan más tus cuentos, los de ella son un poco aburridos, no tienen castillos, ni batallas, ni monstruos, ni un villano a quien capturar…

Con una risa disimulada, su padre le contestó:

– Ya tengo uno, pero esta vez no será de castillos, ni de batallas, ni de monstruos, ni habrá un villano a quien atrapar. Hoy, te contaré uno especial.

– Bueno, ¿y de qué va?

– Hace muchos, muchos años, vivía en un humilde pueblo un niño de unos doce años, muy virtuoso, de un gran corazón. Todas las mañanas ayudaba a su padre en su taller de carpintería y por las tardes le gustaba jugar con sus amigos. Pero este niño tenía una habilidad muy especial: todo trozo de madera o tronco que encontraba, lo tallaba y lo convertía en algo útil; por ejemplo, un juguete, una cuchara, o cualquier otro instrumento del hogar.

Una tarde, mientras caminaba por el huerto, encontró un gran tronco de olivo que quizá se le había caído a algún leñador. Se alegró mucho, pues hacía tiempo que buscaba uno de ese tamaño para poder fabricarse un pequeño baúl para guardar sus herramientas. Como era un tronco muy pesado, se dirigió a su casa a toda velocidad para buscar la carretilla.

Cuando regresó, encontró el tronco intacto y respiró profundamente con gran alivio. De camino a su casa, pasó por el mercado del pueblo para comprar algo que su padre le había encargado, y mientras esperaba ser atendido, escuchó detrás de él a unos padres jóvenes que se lamentaban por no contar con el dinero suficiente para comprar un barco de juguete para su hijo pequeño.

Él reconoció esas voces, sabía quiénes eran. Se trataba de una familia muy pobre que vivía cerca del río, no lejos de su hogar. De camino a su casa, tuvo una idea. En lugar de usar el tronco para fabricar su baúl, pensó tallar un barco para regalar a ese niño.

Entró a su casa, saludó a sus padres y cenó con ellos. Cuando sus padres se fueron a dormir, en silencio se dirigió al taller de su padre. Allí le esperaban, junto al tronco, todas sus herramientas al abrigo de una antorcha luminosa. Durante toda la noche talló el tronco, e hizo un hermoso barco.

Cuando lo tuvo listo, lo lijó y, antes que el gallo cantara, sacó de su bolsillo un trozo de tela y lo utilizó para fabricar la vela. El cielo estaba aclarando y antes que las gallinas comenzaran a alborotarse reclamando sus granos de maíz, apagó la antorcha, tomó el barco y regresó a su habitación sin dejar huellas.

Cuando salió el sol y mientras su madre preparaba el desayuno, tomó el barco y se fue a toda prisa. Al llegar a la casa del niño, se asomó a la ventana y no vió ningún movimiento.

Con alivio de haber llegado a tiempo, dejó el barco en la puerta y corrió sin ser visto.

En la tarde, su madre le pidió que fuera al río a llenar los cántaros de agua. Con cansancio, fruto de no haber dormido en toda la noche, bajó al río lentamente. Cuando sumergía el cántaro en el río le sorprendió el choque de un pequeño barco en sus manos.

Lo reconoció –era el que había fabricado durante toda la noche–, lo tomó en sus manos, levantó la vista y vió a un niño con una gran sonrisa que corría hacia él para recuperarlo.

Se lo entregó, y el niño le dijo: “Muchas gracias por detenerlo, pensé que nunca lo alcanzaría. Hasta luego”.

Cuando regresaba a su casa, con los cántaros llenos de agua y una sonrisa en su rostro, recordó unas palabras que su padre le había dicho meses atrás: “Hijo, nunca olvides que hay más alegría en dar que en recibir”.

Juanito, este cuento se ha acabado.

Juanito bostezó, cual león somnoliento, y con las manos restregándose los ojos, preguntó a su padre:

– Papá, ¿cómo se llamaba ese niño? Hizo algo bueno y sin que nadie sepa que fue él…

Su padre, sonriendo y mirándolo con cariño, le contestó:

–  Ese niño se llamaba José.

El autorSantiago Populín Such

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