Reverendo SOS

Cuidar nuestro entorno doméstico (II)

Cuando una persona dedica su tiempo a realizar las tareas del hogar, ejerce un trabajo profesional que, además de tener la excelencia de cualquier otro, repercute directamente en la persona, en la familia. 

María Amparo Gordo y María Ángeles Muñoz·1 de noviembre de 2017·Tiempo de lectura: 3 minutos

Ahora pensamos tanto en quienes tienen otra actividad a la que dedican su tiempo pero desean o necesitan cuidar su propia casa, como en quienes no disponen de tiempo suficiente para dedicarse a las tareas domésticas y deciden recurrir a personas de confianza que les ayuden en este trabajo. Es verdad que podría parecernos que delegar ese trabajo lleva a perder un poco de intimidad, pero contar con la ayuda de otras personas supone ganar tiempo y no sólo “físico” sino también “mental”, ya que no tendremos que pensar en ello. Por otra parte, no está de más saber hacer estas cosas, para poderlas enseñarlas a quien deba encargarse de ellas, si fuera el caso.

En el artículo anterior recogimos algunas experiencias sobre la limpieza de la casa. Esta vez hablaremos de algún aspecto del orden, el otro pilar que garantiza un entorno doméstico equilibrado y tranquilo.

Propiamente, el orden no es una “tarea” que se ha de realizar al menos una vez por semana, sino una actitud para vivir de modo habitual. Es importante hacer realidad la frase tan conocida, que pide que haya “un sitio para cada cosa, y cada cosa en su sitio”. Por ejemplo, en cada armario deben estar precisamente las cosas que hemos decidido que estén; así encontraremos lo que necesitemos en cada momento. Y si nos esforzamos en recoger y devolver a su sitio las cosas una vez hayamos terminado de usarlas, ganaremos tiempo la próxima vez que las necesitemos; además de saber dónde encontrarlas, evitaremos que se dañen o se puedan extraviar. 

Es importante planificar previamente de un modo lógico, la distribución de los objetos: algo así como en una biblioteca, donde se agrupan los libros por temas, o por autores. Esto ayudará en la búsqueda de lo que necesitamos. Igual que en una cocina nunca se colocan los alimentos junto a los productos de limpieza, en un vestidor tampoco tiene mucho sentido encontrarnos con objetos ajenos a la indumentaria.

Dentro de los armarios o baldas, se pueden usar cajas de distintos tamaños para agrupar los objetos. Lo ideal serían recipientes de plástico transparente que permitan identificar el contenido sin necesidad de abrirlos. En el escritorio, unas pequeñas bandejas, a modo de compartimentos, serían suficiente para evitar que se desperdiguen los objetos pequeños al abrir y cerrar los cajones.

Una buena ventilación parece como si “reforzara” el orden. La casa estará más agradable si ventilamos siempre que sea necesario, especialmente a primera hora de la mañana, o al abandonar un recinto. Mediante la ventilación conseguimos renovar un aire cargado por exceso de dióxido de carbono, el mal olor, el calor o la excesiva humedad, y dar paso a un aire con mejores condiciones para nuestra salud y bienestar.

En verano se recomienda ventilar a la hora más temprana, para aprovechar el aire fresco; en invierno, tendremos en cuenta el arranque de la calefacción en su temperatura máxima, para ventilar antes y evitar un gasto innecesario de energía. La ventilación natural, es decir, el recurso al aprovechamiento de corrientes de aire abriendo ventanas o puertas, permite un cambio de aire más rápido que la ventilación por medio de la asistencia mecánica de un extractor o aire acondicionado; el aire frío mueve al caliente y así se regenera. Tendremos en cuenta si en las ventanas hay contraventanas, y las sujetaremos antes de abrir para asegurarnos de que no haya golpes bruscos o no se vuelen las cosas, sobre todo si hay viento fuerte. Son útiles también las ventanas que se inclinan abriéndolas por arriba.

Hay también otros detalles que hacen más acogedoras las habitaciones, especialmente el cuarto de estar: por ejemplo, entornar las ventanas según la estación del año, el día, el clima… dejando pasar la luz necesaria, pero no un calor excesivo. En todas esas habitaciones, un ambiente agradable pide que las cortinas o “estores” han de quedar colocados, los sillones o butacas bien situados, con los cojines mullidos; las mesas limpias, los periódicos o revistas ordenados; las papeleras (y ceniceros, si los hay) vacíos y limpios; los mandos de la televisión o del video en su sitio. 

Asimismo hemos de cuidar no haya polvo en los muebles, marcos de los cuadros, etc. Si hubiera alfombra, debe aspirarse siempre que sea necesario, y colocar los flecos si los tiene. Al limpiar podemos comprobar que lucen todas las bombillas y, si hay alguna fundida, cambiarla por una nueva. Las plantas o flores, procuraremos que estén en buen estado. En los dormitorios, los muebles deben quedar en su sitio, la alfombra centrada, la cama bien estirada, sin arrugas ni bultos.

El autor

María Amparo Gordo y María Ángeles Muñoz

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