Lecturas del domingo

Acoger en casa a Lázaro, el séptimo hermano. XXVI domingo del tiempo ordinario (C)

Andrea Mardegan comenta las lecturas del XXVI domingo del tiempo ordinario y Luis Herrera ofrece una breve homilía en vídeo.

Andrea Mardegan·21 de septiembre de 2022·Tiempo de lectura: 2 minutos

El profeta Amós ataca el uso inmoderado de las riquezas por parte de los aristócratas y potentados de Samaria, sus lujosas casas que la arqueología ha sacado a la luz, y profetiza su fin con el exilio, que se hará realidad en el 722 a.C. cuando los asirios, con Sargón II, destruyan Samaría deportando a sus habitantes a Mesopotamia: vanidad de las riquezas acumuladas.

Pablo escribe a Timoteo: “Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas”. Se refiere a lo que ha dicho inmediatamente antes: “Los que quieren enriquecerse sucumben a la tentación, se enredan en un lazo y son presa de muchos deseos absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos”. E invita a su discípulo a “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre”, y a combatir el buen combate de la fe.

El verso antes del Evangélio nos da una clave de lectura de la parábola del rico y el pobre Lázaro: “Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que os enriquecierais por su pobreza”. Aquel pobre arrojado a nuestra puerta es, por tanto, Cristo que quiere salvarnos: “Por sus llagas hemos sido curados”. Jesús se dirige a los fariseos mostrándoles un retrato de ellos, el del rico vestido de púrpura y lino, para que se conviertan mientras viven, dándose cuenta de el pobre está a su puerta, para que acudan en su ayuda y reciban la salvación que Cristo conquistará en su cruz: “Venid, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis”. Los sacude para que salven el abismo que ellos mismos han construido contra los demás hombres, incluso con la oración: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como este publicano”. El rico, una vez muerto, se da cuenta de que es hijo de Abraham y de que tiene cinco hermanos, seis contándole a él, y se preocupa por ellos. Pero debería haber vivido como un hijo en vida, distribuyendo sus bienes, y acogiendo a Lázaro, que significa “Dios salva”, en su casa como un séptimo hermano, signo de plenitud en la fraternidad. Los ricos solían limpiarse las manos de la grasa del banquete con migas de pan que luego arrojaban al suelo, pero Lázaro ni siquiera podía llegar a éstas, pues yacía fuera de su puerta. De él sólo se apiadaban los perros, lo que a oídos de los fariseos también significaba: los paganos. Pero para convertirse no se necesitan hechos extraordinarios: hay que escuchar la palabra de Dios, de Moisés y de los profetas.

La homilía sobre las lecturas del domingo XXVI

El sacerdote Luis Herrera Campo ofrece su nanomilía, una pequeña reflexión de un minutos para estas lecturas.

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