El Dios que puede realizar el hecho absolutamente novedoso y extraordinario de llevar a Israel a través del Mar Rojo también puede realizar actos extraordinarios de misericordia, como vemos en el Evangelio de hoy. Y esto da a las lecturas de la Misa de hoy un tema muy singular: el carácter sorprendente e inesperado de la misericordia divina.
“Mirad que realizo algo nuevo”, proclama Dios por medio de Isaías en la primera lectura de hoy. Puede abrir el mar para llevar a Israel a través de él y cerrarlo sobre sus perseguidores. Y puede hacer correr ríos en el desierto para dar agua a Israel.
“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”, exclamamos maravillados en la respuesta del salmo.
Y Juan muestra algo diferente pero similar en el evangelio. En medio de la rígida y desértica interpretación de la ley que se había apoderado de Israel, Jesús hace algo completamente nuevo al hacer fluir las aguas de la misericordia. Una mujer es sorprendida en adulterio: probablemente los enemigos de Cristo habían esperado la oportunidad de pillarla “in fraganti” en su pecado simplemente para utilizarlo como trampa para atrapar a Jesús. La Ley de Moisés era clara: una mujer adúltera debía ser apedreada hasta la muerte. Pero en la práctica rara vez lo hacían. Si estaba de acuerdo con su lapidación, Jesús podía parecer duro de corazón. Si se oponía, podía parecer que iba en contra de la Ley de Moisés. Jesús se agacha para escribir en el suelo porque, en su naturaleza humana, necesitaba tiempo para pensar, pero también porque, como Dios, escribe la ley divina en los corazones humanos.
Jesús estaba “escribiendo” una nueva y mejor interpretación de la ley: ni su rígida aplicación ni su laxa negligencia, sino algo completamente nuevo en aquel tiempo, la superación de nuestra limitada comprensión de la ley por la misericordia divina. Cristo se ofrecía a llevar a los israelitas a través del “mar” de su interpretación limitada a una nueva y mejor tierra de misericordia. Quería hacer brotar la misericordia en el desierto de sus corazones.
Sin dejar de reconocer que la mujer merecía la condena -la ley sigue en pie-, no la condenes, perdónala, dice Jesús, reconociendo también que ante Dios todos somos culpables: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.
Cuando los acusadores se han marchado, Jesús despide a la mujer: se reconoce su culpabilidad (“anda, y en adelante no peques más”), pero se la perdona, no se la condena (“tampoco yo te condeno”). En esta Cuaresma se nos invita a ir más allá de la condena estéril a través del “mar” de la misericordia, dejando que sus ríos broten cada vez más en nuestros corazones.