Teología del siglo XX

La Teoría de los Principios Teológicos, de Joseph Ratzinger

En el libro titulado Teoría de los principios teológicos, como fruto de una dilatada reflexión y en contacto con los problemas de la Iglesia en el siglo XX, Joseph Ratzinger identifica los principios que permiten construir la verdadera teología. 

Juan Luis Lorda·10 de agosto de 2019·Tiempo de lectura: 7 minutos
Ratzinger

La primera impresión al acercarse al libro es que se trata de una recopilación algo heterogénea de escritos: conferencias, artículos de revista y participación en obras colectivas y homenajes. Y que barre un periodo amplio, entre los años 1968 y 1981. Por eso, el título podría parecer un poco grande: Teoría de los principios teológicos. Aunque viene matizado en el subtítulo: Materiales para una teología fundamental. Para valorarlo bien, es necesario añadirle por lo menos tres contextos.

Los contextos del libro

En primer lugar, está publicado en una fecha clave: Pascua de 1982. Es decir, ha sido preparado mientras Joseph Ratzinger comenzaba su andadura como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (desde enero de 1982). Y por tanto, cuando asumía esa tarea difícil de guía y juicio con una responsabilidad universal. Y en un tiempo posconciliar muy complicado, donde operaban los fermentos renovadores del Concilio, pero también las derivas del posconcilio.

En segundo lugar, la teología de Joseph Ratzinger tiene un profundo trasfondo biográfico. Toda persona y escritor es hijo de su época. Es una obviedad. Pero Joseph Ratzinger es un protagonista de la teología del siglo XX, con tres claras fases. Como teólogo y profesor de teología ha sido un atento receptor e impulsor de los fermentos renovadores; después, un responsable perito del Concilio Vaticano II, con aportaciones reconocidas; y a continuación, un lúcido testigo de la dialéctica entre Reforma y Ruptura, en la interpretación del Concilio Vaticano II. Es decir ha impulsado las mejoras que parecían necesarias, ha contribuido a que se plasmaran en los textos conciliares y ha luchado por su desarrollo e interpretación auténtica.

Pero también, y eso sería el tercer contexto, es un hombre profundo. Y esto es fácil de comprobar con solo leerle. Aunque la intervención o el escrito sea ocasional, lo que dice es parte de una reflexión que se dilata en su historia. Es difícil encontrar algo que solo sea ocasional y carezca de valor. Lo habitual es lo contrario: que sorprenden las luces que se obtienen al leer cualquier cosa suya.

Un testimonio

Cuando, a mediados de los años noventa, compuse unas amplias notas bibliográficas de los teólogos del siglo XX, hice también la de Joseph Ratzinger. Entonces, ya era reconocido como uno de los teólogos más representativos e influyentes. Sin embargo, por comparación con otros (De Lubac, Daniélou,  Congar, Von Balthasar, Rahner…) su obra en circulación parecía relativamente pequeña. Se componía fundamentalmente del manual de Escatología, su ya famosa Introducción al cristianismo, y dos libros de recopilaciones de artículos de Eclesiología (El nuevo Pueblo de DiosIglesia, ecumenismo y política). Otras obras menores (La fraternidad cristiana) y también sus tesis habían quedado olvidadas.

En los años tan intensos de servicio en la Congregación para la Doctrina de la Fe, llamaron la atención sus conferencias y artículos, con lúcidos diagnósticos sobre la situación de la Iglesia, de la teología y de la cultura moderna. En parte también venían provocados por las cuestiones que abordaba la Congregación. Esos profundos juicios suponían una capacidad muy grande de observación cultural y, también, una gran claridad de principios. Como consecuencia, se empezaron a recuperar, ordenar y publicar todas sus intervenciones.

Teoría de los principios

Con estos contextos, se entiende mejor el valor de este libro en el conjunto de su obra y de la teología del siglo XX. Contiene realmente una oportuna reflexión sobre los principios de la teología, fruto de su experiencia teológica. Por eso, el subtítulo de “Materiales para una teología Fundamental”. Como en Ratzinger no suele haber nada ocasional, el breve prólogo de tres páginas que explica la estructura del libro es iluminador.

“Cuando, en el otoño pasado [1981], acometí la tarea de revisar los trabajos que he venido escribiendo durante el último decenio, se hizo patente que todos ellos, por encima de la diversidad de las circunstancias externas y de su tema concreto, se hallaban cohesionados por la trabazón problemática que brota de nuestra situación, que pueden ordenarse y clasificarse según esta textura y pueden, por tanto, convertirse en materiales para la construcción de una teología fundamental cuya tarea consiste en analizar los principios teológicos”.

La estructura del libro

El libro tiene tres partes y un epílogo. La primera se llama Principios formales del cristianismo. La perspectiva católica: reúne materiales sobre la fe católica, que es vivida en la Iglesia (creemos) y confesada en fórmulas de fe (Credo), con valor perenne aunque necesitadas de interpretación.

La segunda parte es Principios formales del cristianismo en la perspectiva ecuménica y se aborda el estado del ecumenismo, especialmente con la Ortodoxia y las comunidades protestantes, la “cuestión nuclear” de los debates (sacramento del orden) y la “catolicidad como estructura formal del cristianismo”. Es decir, se recupera al final esa dimensión eclesial: mi creer es un “creemos”, creer con la Iglesia que también supone creer lo que cree la Iglesia.

La tercera parte aborda, mucho más brevemente, Los principios formales del cristianismo y el camino de la teología.  Y se insiste en el papel de la Iglesia en la misma estructura de la fe y, por tanto, del saber teológico. En las tres partes emerge esa dimensión eclesial: la fe es de la Iglesia, y, por tanto, la teología católica se hace en la Iglesia y con la Iglesia. Es un “principio formal”, porque da forma católica a la teología.

En el epílogo, con el título El lugar de la Iglesia y de la Teología en el momento actual, se recoge un escrito personal de “balance posconciliar” y una reflexión sobre La aceptación del Concilio, dentro de la dialéctica de Iglesia y mundo: es decir dentro de una Iglesia que quiere acercarse al mundo para evangelizarlo, pero no quiere ser transformada por los criterios del mundo: necesita mantener una tensión salvadora.

Los “principios formales” del cristianismo

Con la lectura del índice, siguiendo sus sugerencias, ya ha quedado claro que lo que hace católica y universal a la teología, es la eclesialidad. El recibir la fe de la Iglesia, el pensar la fe de la Iglesia con la Iglesia, porque una teología no contrastada, no refrendada, no recibida no sería todavía católica. Esa catolicidad falta en gran medida en la teología protestante y en menor medida en la teología ortodoxa, en tanto falta la referencia al Primado como principio de unidad, que ha actuado realmente en la historia. El contexto eclesial de la fe, con la estructura propia de la Iglesia que la vive, actúa como principio transmisor y, en definitiva, es la tradición. Y es inspiración y regla de la teología. Pero interesa desarrollarlo un poco más.

En el breve prólogo, Ratzinger advierte tres grandes cuestiones. La primera es “cómo convertir la historia en presente” es decir hacer llegar el mensaje cristiano como algo vivo hoy, sin que quede sepultado en el pasado. Y esa es “la pregunta de las relaciones mutuas entre Escritura y Tradición”. Porque “dentro de la gran masa de tan múltiples y variadas posibilidades de interpretación” (tantos expertos y tantos libros), la cuestión es cómo extraer una certeza de fe “por la que se puede vivir y por la que se puede padecer y morir”: cuál es la referencia.

La segunda es precisamente la sucesión apostólica, que es “el aspecto personal y sacramental del problema de la tradición, de la interpretación y de la actualización del mensaje que ha sido dado una vez para siempre”. Este es un punto de referencia insustituible en el “plano de construcción de lo cristiano”. Lo que hace que algo pueda trascender el nivel de la pura opinión particular sometida al tiempo. Así el paso del tiempo no es un movimiento de dispersión, sino que existe un crecimiento en relación con un núcleo central mantenido vivo a través de la historia.

Precisamente estas dos cuestiones conducen a la tercera: “la catolicidad como forma estructural de la fe”. Ratzinger se refiere a los cambios en la sensibilidad sobre el valor de lo social como contexto humano: por una parte, necesario para nuestra supervivencia física y mental; y por otra parte, con los peligros de ser despersonalizado o sometido. Critica la tentación que puede surgir de preferir el núcleo pequeño de vivencia cristiana de la palabra y el sacramento, como más auténtico para la fe que la estructura extendida de la Iglesia. Pero solo la estructura plena de la Iglesia sirve de referente para la fe y, por tanto, para la teología. 

La estructura “nosotros” de la fe como clave de su contenido

Es el título del primer artículo del libro. Y, como hemos visto, la clave de todo, aunque se necesita cierto desarrollo para recomprender desde allí lo que es la fe, lo que es la tradición, lo que es el Magisterio, lo que son los credos, lo que es la teología. Y al final, en definitiva, lo que es la Iglesia, punto de partida y punto de llegada. Porque ese “nosotros” en la historia es precisamente la Iglesia, fundada por Cristo y animada por el Espíritu Santo, que confiesa su fe en Dios creador y salvador. El artículo desarrolla bellamente cómo fue la confesión original, plasmada en el Credo, y cómo está basada en la comunión eclesial: “El yo del credo abarca, pues, el paso del yo privado, al yo eclesial […]. Si se da verdaderamente este yo del credo, suscitado y posibilitado por el Dios trinitario, entonces ya se han conseguido una respuesta para la pregunta hermenéutica. […] La memoria Ecclesiae, la memoria de la Iglesia, la Iglesia como memoria es lugar de toda fe”. Y, por tanto, la base y referencia de la teología. Pero hay que entender aquí la Iglesia con toda la profundidad de su misterio.

“Lo que hoy nos falta no son, fundamentalmente, nuevas fórmulas. Al contrario, más bien tenemos que hablar de una inflación de palabras sin suficiente respaldo. Lo que ante todo necesitamos es el restablecimiento del contexto vital de la ejercitación catecumenal en la fe, como lugar de la común experiencia del Espíritu, que puede convertirse así en la base de  una reflexión atenta a los contenidos reales”.

El sacramento del orden como expresión sacramental del principio de tradición

Este capítulo, central de la segunda parte, hace un recorrido histórico por la forma del sacramento del sacerdocio, al mismo tiempo que señala sus consecuencias teológicas: “El sacramento del orden es expresión y al mismo tiempo garantía de hallarse, en comunidad con otros, dentro de la corriente de la tradición que se remonta hasta los orígenes”. En el sacramento del orden, con su estructura y su relación al Primado, está principalmente planteado “el problema de la potestad doctrinal en la Iglesia, la forma de la tradición en la Iglesia misma”. Por eso, hay una “estrecha conexión entre esta pregunta de la teología actual y el problema específico del orden. El orden no es solo un tema material concreto, sino que está indisolublemente vinculado a la problemática fundamental de la forma de lo cristiano en el tiempo”.

Y en la conclusión del siguiente artículo dice: “Lo objetivo de la fe eclesial necesita, por supuesto, para mantenerse vivo, la carne y la sangre de los hombres, la entrega de su pensamiento y de su voluntad. Pero justamente entrega, no renuncia en beneficio del instante pasajero. El sacerdote malogra su misión cuando intenta dejar de ser servidor, dejar de ser enviado que sabe que no es de él de lo que se trata, sino de aquello que también él recibe y que solo puede tener en cuanto recibido. Solo en la medida en que consiente en ser insignificante puede ser verdaderamente importante, porque así se convierte en la puerta por la que el Señor entra en este mundo. Puerta de entrada de aquél que es el mediador verdadero hacia la profunda inmediatez del amor eterno”.

Conclusión

Bastaría mencionar de nuevo el título del último capítulo de la segunda parte, “la catolicidad como estructura formal del cristianismo”, para subrayar el centro del libro. Claro es que aquí, hemos llegado a él rápidamente, sin las delicadas preparaciones y contextos históricos que lo avaloran y que han sido objeto de la reflexión de Joseph Ratzinger durante años.

Como hemos mencionado, en ese proceso de ganar profundidad, consigue reinterpretar los grandes conceptos de la Teología Fundamental: Fe, revelación, tradición con su relación con la Escritura y Teología. Y también obtiene las claves para discernir que las derivas posconciliares se deben a teologías poco eclesiales.

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