Evangelio

#EvangelioParaTodos. Semana del 25 al 31 de enero

Cada semana encontrarás recopilados los comentarios del Evangelio que ofrecemos a diario en nuestro perfil de Twitter @omnes_mag. Breves reflexiones que nos podrán proporcionar luces sobre el Evangelio de cada día.

Hernando José Bello Rodríguez·21 de enero de 2021·Tiempo de lectura: 5 minutos

Evangelio y comentarios de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

Lunes 25 de enero

Mc 16, 15-18

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».

Jesús manda a sus discípulos: «Id al mundo entero y anunciad el Evangelio a toda la creación». ¿Y por qué a toda criatura y no solo a los seres humanos, que son quienes podrán entender? Porque evangelizar no es simple cuestión de palabras… ¡Obras! Son nuestras obras las que anunciarán la buena nueva de Jesucristo: a los hombres y a toda criatura, que a través de nosotros experimentarán el amor y cuidado de Dios. 

Martes 26 de enero

Mc 3, 31-35

En aquel tiempo, llegaron la madre de Jesús y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar.
La gente que tenia sentada alrededor le dice:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Oye a Jesús: «Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». Seremos una gran familia, que no conoce barreras de raza, lengua, pueblo o nación, si vivimos la voluntad de Dios: ¡Amaos como Yo os he amado!

Miércoles 27 de enero

Mc 4,1-20

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos:
«Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.
Otro parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Y añadió:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando se quedó solo, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo:
«A vosotros se os han dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”».
Y añadió:
¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno.

Las parábolas son un rasgo típico de la enseñanza de Jesús. Narraciones sencillas que, paradójicamente, no todos comprenden, porque, para entenderlas, hace falta ser como ellas: sencillos. 

Jueves 28 de enero

Mc 4,21-25

En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre:
-¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz.
El que tenga oídos para oír, que oiga.
Les dijo también:
-Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.
Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

Qué tonto sería encender una vela y esconderla debajo de la cama, ¿verdad? Pues el Señor ha “encendido” nuestras vidas con tantos dones y —¡qué tontos somos!— los escondemos debajo de nuestra pereza y comodidad. 

Viernes 29 de enero

Mc 4,26-34

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza, que al sembrarla en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece…». Quiso Dios acomodarse a esta lógica de crecimiento: empezar por lo pequeño, que poco a poco se va desarrollando. Las “grandes” cosas de la vida siempre empiezan por cosas “pequeñas”: la amistad, el amor, la santidad…  

Sábado 30 de enero

Mc 4,35-41

Aquel día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».
Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».
Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».
El viento cesó y vino una gran calma.
Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».
Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Jesús nos interpela: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». La Escritura nos enseña que «la fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve». Pero esa fe no es un acto individual: «Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo». Por eso, si aún nos sentimos cobardes, si es verdad que todavía no tenemos fe, entonces estrechemos los vínculos que nos unen a «la gran cadena de los creyentes»: la Iglesia. 

Domingo 31 de enero

Mc 1,21-28

En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entró Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como
los escribas.
Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Jesús habla con autoridad no porque diga palabras sobre Dios con elocuencia; ni siquiera porque sus obras son coherentes con sus enseñanzas. Jesús habla con autoridad porque Él mismo es la Palabra de Dios. Y nadie puede hablar con más propiedad sobre Dios que Dios mismo. 

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