Evangelio

#EvangelioParaTodos. Semana del 1 al 7 de febrero

Hernando José Bello Rodríguez·1 de febrero de 2021·Tiempo de lectura: 7 minutos

Lunes 1 de febrero

Evangelio (Mc 5, 1-20)

Y llegaron a la orilla opuesta del mar, a la región de los gerasenos. Apenas salir de la barca, vino a su encuentro desde los sepulcros un hombre poseído por un espíritu impuro, que vivía en los sepulcros y nadie podía tenerlo sujeto ni siquiera con cadenas; porque había estado muchas veces atado con grilletes y cadenas, y había roto las cadenas y deshecho los grilletes, y nadie podía dominarlo. Y se pasaba las noches enteras y los días por los sepulcros y por los montes, gritando e hiriéndose con piedras. Al ver a Jesús desde lejos, corrió y se postró ante él; y, gritando con gran voz, dijo: 

-¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te conjuro por Dios que no me atormentes! -porque le decía: ‘¡Sal, espíritu impuro, de este hombre!’ 

Y le preguntó: 

-¿Cuál es tu nombre? 

Le contestó: 

-Mi nombre es Legión, porque somos muchos. 

Y le suplicaba con insistencia que no lo expulsara fuera de la región. 

Había por allí junto al monte una gran piara de cerdos paciendo. Y le suplicaron: 

-Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos. 

Y se lo permitió. Salieron los espíritus impuros y entraron en los cerdos; y la piara, alrededor de dos mil, se lanzó corriendo por la pendiente hacia el mar, donde se iban ahogando. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por los campos. Y acudieron a ver qué había pasado. Llegaron junto a Jesús, y vieron al que había estado endemoniado -al que había tenido a ‘Legión’- sentado, vestido y en su sano juicio; y les entró miedo. Los que lo habían presenciado les explicaron lo que había sucedido con el que había estado poseído por el demonio y con los cerdos. Y comenzaron a rogarle que se alejase de su región. En cuanto él subió a la barca, el que había estado endemoniado le suplicaba quedarse con él; pero no lo admitió, sino que le dijo: 

-Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales las grandes cosas que el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 

Se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban.

Jesús es Médico. No le resulta indiferente ninguna dolencia humana, ni material ni espiritual. Sus curaciones son signos de que la salvación de Dios está entre nosotros. Y, a la vez, nos envía a ti y a mí para anunciar esa salvación: «Vete a tu casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia».

Martes 2 de febrero

Evangelio (Lc 2, 22-40)

« Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar los padres con el niño Jesús, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:

— Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo
irse en paz,
según tu palabra:
porque mis ojos han visto tu salvación,  
la que has preparado
ante la faz de todos los pueblos:
luz para iluminar a los gentiles
y gloria de tu pueblo Israel.

Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían de él.

Simeón los bendijo y le dijo a María, su madre:

— Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción — y a tu misma alma la traspasará una espada — , a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento, alababa a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Cuando cumplieron todas las cosas mandadas en la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba en él.

La Presentación de Jesús en el Templo nos anticipa los claroscuros propios de la vida del Señor. Simeón, exultante, lo reconoce como “luz de las naciones” y “gloria de Israel”, pero también profetiza a María que su Hijo será “signo de contradicción”. Alegrías y tristezas, gozo y dolor: Cristo nos enseñó a vivir una vida como la nuestra… santamente.

Miércoles 3 de febrero

Evangelio (Mc 6, 1-6)

Salió de allí y se fue a su ciudad, y le seguían sus discípulos. Y cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que le oían decían admirados: 

-¿De dónde sabe éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es la que se le ha dado y estos milagros que se hacen por sus manos? ¿No es éste el artesano, el hijo de María, y hermano de Santiago y de José y de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? 

Y se escandalizaban de él. Y les decía Jesús: 

-No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. 

Y no podía hacer allí ningún milagro; solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. Y se asombraba por su incredulidad. Y recorría las aldeas de los contornos enseñando.

Manos de Jesús. Con ellas trabajó de carpintero. Con ellas curó a los enfermos. Con ellas bendijo a los niños. Tus manos, las mías, ¿son instrumento del Espíritu Santo? 

Jueves 4 de febrero

Evangelio (Mc 6,7-13)

Y llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles potestad sobre los espíritus impuros. Y les mandó que no llevasen nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón; y que fueran calzados con sandalias y que no llevaran dos túnicas. Y les decía: 

— Si entráis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os acogen ni os escuchan, al salir de allí sacudíos el polvo de los pies en testimonio contra ellos.
Se marcharon y predicaron que se convirtieran. Y expulsaban muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Jesús hace participar a sus discípulos de su ministerio de compasión y de curación. El cristiano comprometido adquiere hasta tal punto los sentimientos de Jesucristo que puede exclamar: «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí». 

Viernes 5 de febrero

Evangelio (Mc 6,14-29)

En aquel tiempo llegó esto a oídos del rey Herodes, pues su nombre se había hecho famoso, y decía:

— Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él unos poderes.

Otros decían:

— Es Elías.

Otros, en fin, decían:

— Es un profeta, igual que los demás profetas.

Pero cuando lo oyó Herodes decía:

— Éste es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.

En efecto, el propio Herodes había mandado apresar a Juan y le había encadenado en la cárcel a causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque se había casado con ella y Juan le decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías le odiaba y quería matarlo, pero no podía: porque Herodes tenía miedo de Juan, ya que se daba cuenta de que era un hombre justo y santo. Y le protegía y al oírlo le entraban muchas dudas; y le escuchaba con gusto.

Cuando llegó un día propicio, en el que Herodes por su cumpleaños dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea, entró la hija de la propia Herodías, bailó y gustó a Herodes y a los que con él estaban a la mesa. Le dijo el rey a la muchacha:

— Pídeme lo que quieras y te lo daré.

Y le juró varias veces:

— Cualquier cosa que me pidas te daré, aunque sea la mitad de mi reino.

Y, saliendo, le dijo a su madre:

— ¿Qué le pido?

— La cabeza de Juan el Bautista -contestó ella.

Y al instante, entrando deprisa donde estaba el rey, le pidió:

— Quiero que enseguida me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.

El rey se entristeció, pero por el juramento y por los comensales no quiso contrariarla. Y enseguida el rey envió a un verdugo con la orden de traer su cabeza. Éste se marchó, lo decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha y la muchacha la entregó a su madre. Cuando se enteraron sus discípulos, vinieron, tomaron su cuerpo muerto y lo pusieron en un sepulcro.

Juan el Bautista dio testimonio de Dios con su palabra, sus obras y su martirio. El auténtico misionero sabe que todo en su vida —e incluso su muerte— se puede convertir en ocasión de anunciar la alegría del Evangelio. 

Sábado 6 de febrero

Evangelio (Mc 6,30-34)

En aquel tiempo, reunidos los apóstoles con Jesús, le explicaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: 

— Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco. 

Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Y se marcharon en la barca a un lugar apartado ellos solos. Pero los vieron marchar, y muchos los reconocieron. Y desde todas las ciudades, salieron deprisa hacia allí por tierra y llegaron antes que ellos. Al desembarcar vio una gran multitud y se llenó de compasión por ella, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Los apóstoles llegan entusiasmados después de la misión: cuántas cosas han hecho y cuántas más quieren hacer… Jesús, feliz, les manda sin embargo a descansar. Y al que repuso que no hacía falta —alguna vez hemos sido tú y yo— le recuerda que no está el éxito en el mucho hacer, sino en la obediencia y docilidad al Buen Pastor.

Domingo 7 de febrero

En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles. Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era. De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración. Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron: 

—Todos te buscan. 

Y les dijo: 

—Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido. 

Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios.

Las palabras y obras de Jesús —sus predicaciones, viajes, curaciones…— brotan de su oración “en lo secreto”, de su diálogo íntimo y amoroso con el Padre. Los frutos de la acción dependen de las raíces de la contemplación. 

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