Sagrada Escritura

Resucitó Cristo, mi Esperanza

El tiempo pascual el más especial del año. La carta apostólica de san Pablo VI, Mysterii paschali, sobre las normas generales del año litúrgico, n. 22, recuerda que todos los días de la Pascua deberían celebrarse como si fueran uno solo. 

Bernardo Estrada·25 de mayo de 2023·Tiempo de lectura: 3 minutos
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El tiempo pascual el más especial del año. La carta apostólica de san Pablo VI, Mysterii paschali, sobre las normas generales del año litúrgico, n. 22, recuerda que todos los días de la Pascua deberían celebrarse como si fueran uno solo. En ellos también se repite la secuencia pascual Victimæ paschali, donde, al final, se dice: “Resucitó Cristo, mi Esperanza”.

Siempre se ha hablado de la resurrección como de un misterio de fe, como Lc 24,34: “¡En verdad [realmente: óntôs]! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”. Siguiendo la enseñanza de Pablo a los corintios, se enfatiza esa realidad en un estilo semítico: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1Cor 15, 12-17).

Verdadera naturaleza humana

Se nota aquí una reacción ante la tendencia gnóstica (dualidad mal-bien, materia-espíritu, con un proceso de salvación mediante conocimiento y no mediante la Redención de Cristo en la Cruz) que comenzaba a perfilarse en el primer siglo de nuestra era, y que se consolidó en el segundo. Ya Ignacio de Antioquía combatió vivamente el docetismo (Jesucristo habría tenido un cuerpo aparente), que como la doctrina gnóstica no reconocía en Jesús una verdadera naturaleza humana, subrayando al mismo tiempo su ser de Dios y hombre. A finales del siglo san Ireneo subrayaba de nuevo este misterio frente a los gnósticos.

Se entiende entonces el énfasis de la teología en resaltar la resurrección real de Jesucristo, con el mismo cuerpo que tuvo durante su vida en la tierra, aunque con características distintas, a juzgar por algunos pasajes del evangelio en el que los discípulos no lo reconocen (cfr. Lc 24, 16; Jn 21, 4). En palabras de Benedicto XVI, “el sepulcro vacío no puede, de por sí, demostrar la resurrección; esto es cierto. Pero cabe también la pregunta inversa: ¿Es compatible la resurrección con la permanencia del cuerpo en el sepulcro? ¿Puede haber resucitado Jesús si yace en el sepulcro? ¿Qué tipo de resurrección sería ésta?”; y añadía: “Si bien el sepulcro vacío de por sí no puede probar la resurrección, sigue siendo un presupuesto necesario para la fe en la resurrección, puesto que ésta se refiere precisamente al cuerpo y, por él, a la persona en su totalidad” (Jesús de Nazaret II, Encuentro, Madrid, 312).

En efecto, la fe en el misterio de la Resurrección del Hijo de Dios presupone la confesión de la Encarnación según la enseñanza de Calcedonia verus Deus, verus homo, verdadero Dios y verdadero hombre. Otro tipo de teorías llevaría, es cierto a determinadas doctrinas, hoy en boga, como la reencarnación, o el regreso a una vida distinta, la apokatástasis, de la que ya hablaba Orígenes.

Fundamento de la esperanza

Mirando de cerca el inicio del capítulo 11 de la Carta a los Hebreos, encontramos la afirmación: “La fe es garantía [hypóstasis] de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”. El vocablo griego que nos presenta el autor de la carta se refiere al fundamento, a aquello en lo que se apoya todo lo que un cristiano puede esperar. 

Pensando de nuevo en el misterio pascual, la consecuencia lógica, según este razonamiento, es que la fe en la resurrección será el fundamento de nuestra esperanza cristiana. Así lo dice san Pedro: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1 Pe 1, 3-9).

Este himno litúrgico que nos presenta el Apóstol Pedro, parte de una doxología unida a una acción de gracias, expresando el motivo que lo ha llevado a esa alabanza, y terminando con una exhortación a alcanzar la meta de nuestra fe, la salvación. No pocos piensan que se trata de un texto litúrgico dentro de una catequesis bautismal, al hablar en un primer momento de la regeneración que se alcanza mediante la resurrección de Cristo, al participar, por medio del bautismo, en su muerte (inmersión) y en su resurrección (emersión), adquiriendo una vida divina que servirá como prenda de la resurrección futura. Por eso Pedro habla de una heredad aphthartos, que nada en la tierra puede corromper; amíantos, que no puede ser contaminada por ninguna realidad terrena que le sea contraria, y amárantos, inmarcesible, que conserva su brillo y su fuerza durante toda la vida del cristiano. De ahí que el misterio de la resurrección suscite de modo particular la esperanza, que es el verdadero motor de la vida cristiana Se trata de una esperanza que se afianza en el bautismo, como dice la 1 carta de san Pedro, sacramento que nos abre las puertas a todos los dones y gracias de la salvación.

El autorBernardo Estrada

Doctor en Filología Bíblica y en Teología Bíblica

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