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“Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos”

En este artículo, se analiza el pasaje evangélico Jn 20, 9: "Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos”.

Rafael Sanz Carrera·9 de abril de 2024·Tiempo de lectura: 9 minutos

Vidriera que representa el sepulcro vacío de Cristo ©OSV

Después de relatar los eventos relacionados con la resurrección (Juan 20, 1-9), Juan se siente compelido a disculparse por su incredulidad, y concluye con una explicación: «Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9). Con estas palabras el evangelista explica por qué, sólo ahora, en vista del sepulcro vacío y los lienzos doblados, ambos discípulos (“habían”: en plural: Pedro y Juan), creen en la resurrección de Jesús. Esta noción se encontraba ya anticipada en Jn 2, 22: “Cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado”.

La idea no es exclusiva de Juan, como vemos por las palabras de Jesús a los discípulos de Emaús: “Entonces él les dijo: ‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?’. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras […]. Y les dijo: ‘Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí’. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: ‘Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día’… ” (Lucas 24, 25-27. 44-46).

La misma necesidad de comprender las Escrituras para interpretar adecuadamente la muerte y resurrección de Cristo, la encontramos en Pablo: “Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1 Corintios 15, 3-4).

Sin embargo, en el Evangelio de Juan no se menciona ningún pasaje de las Escrituras del que se deduzca que el Señor debía resucitar de entre los muertos. Así que hemos de buscar esas referencias en los otros pasajes que hablan de la resurrección en el Nuevo Testamento. Así encontramos:

  • El Salmo 2, 7 citado en Hechos 13, 32-37: sobre la Resurrección y el reinado eterno de David. En la exégesis de estos dos textos, Jesús emerge como el rey mesiánico prometido, el Hijo de Dios, cuya resurrección da cumplimiento a las promesas divinas, especialmente en lo que respecta al reinado eterno y universal de su Hijo.
  • El Salmo 16, 10 citado en Hechos 2, 27ss y Hechos 13, 35: sobre la incorruptibilidad del cuerpo resucitado. Estos pasajes están interconectados para relacionar la resurrección de Jesús con la incorruptibilidad del cuerpo del Mesías.
  • El Salmo 110, 1.4 mencionado en Hebreos 6, 20: sobre la resurrección y el sacerdocio eterno de Melquisedec. Ambos pasajes bíblicos están relacionados con la resurrección de Jesús y su papel de Sumo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec.
  • En Isaías 53, 10-12 referido en Romanos 4, 25: sobre la Resurrección de Jesús y su significado salvífico universal. Estos pasajes de Isaías 53 y Romanos 4 están relacionados en la comprensión cristiana de la resurrección de Jesús y su significado para la salvación de la humanidad.
  • En Mateo 16, 21; 17, 23; 20, 19 (y par.) encontramos las predicciones de Jesús sobre su resurrección. Se trata de las predicciones que Jesús mismo hizo sobre su muerte y su resurrección.

Antes de empezar a estudiar con detalle cada pasaje, es relevante resaltar dos aspectos cruciales sobre estos textos del Antiguo Testamento en relación con la resurrección de Jesús.

1º Escasez y oscuridad de las citas. Encontramos pocas referencias del Antiguo Testamento que respalden la resurrección de Jesús en el Nuevo Testamento. Estos pasajes, además de no ser abundantes, resultan oscuros y no parecen estar relacionados con la resurrección a primera vista. De hecho, para el dr. William Lane Craig, esta misma dificultad fue lo que llevó a muchos estudiosos a rechazar la opinión del siglo XIX según la cual los discípulos llegaron a creer que Jesús había resucitado al leer dichos pasajes del Antiguo Testamento. En realidad el recorrido de los discípulos fue al revés: desde la evidencia de la resurrección hacia la comprensión más profunda de las Escrituras.

2º Perspectiva innovadora. No obstante, aquí se presenta una paradoja interesante: antes de creer en la resurrección de Jesús, nadie habría interpretado estos textos del Antiguo Testamento de esa manera. Fue sólo después de verificar la autenticidad de la resurrección, que los discípulos recurrieron al Antiguo Testamento en busca de textos que la respaldasen. Esto implicó leer los pasajes de una manera innovadora, con una perspectiva que no habrían considerado legítima sin la convicción de que Jesús había resucitado. Así, la resurrección de Jesús transformó la interpretación de los textos antiguos: se convirtió en la clave hermenéutica que ilumina todo el Antiguo Testamento.

Una última aclaración importante: aunque las referencias a las Escrituras sobre la resurrección de Jesucristo sean escasas y poco claras, los cuatro temas principales que abordan -el reinado eterno de David, la incorruptibilidad y la victoria sobre la muerte, el sacerdocio eterno de Melquisedec y la justificación a través de su sacrificio- nos proporcionan una clave hermenéutica para entender toda la Escritura. Estos cuatro temas, de alguna manera, funcionan como herramientas interpretativas para cientos de pasajes del Antiguo Testamento. Veámoslos brevemente.

La Resurrección y el reinado eterno de David

Por un lado tenemos el Salmo 2, donde se dibuja el ungimiento de un rey mesiánico, es decir, destinado a reinar sobre las naciones. En este contexto, el versículo 7 dice: “Voy a proclamar el decreto del Señor; él me ha dicho: ‘Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy’”. La coronación y unción de un rey en Israel era un evento solemne y significativo, pues su investidura establecía el reconocimiento divino de su autoridad.

En el Salmo 2 están presentes dos grandes promesas mesiánicas: el reinado universal y la filiación divina que lo sustenta. Estas promesas, aunque se referirán a la dinastía de David, sólo alcanzarán su cumplimiento por la resurrección de Jesucristo. Así lo entienden Pablo y Bernabé, que en su predicación en Antioquía vinculan el Salmo 2 con Jesucristo y su resurrección: “Os anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo: ‘Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy’. Y que lo resucitó de la muerte para nunca volver a la corrupción, lo tiene expresado así: ‘Os cumpliré las promesas santas y seguras hechas a David’ [Is 55, 3]. Por eso dice en otro lugar: ‘No dejarás que tu santo experimente la corrupción’ [Sal 16, 10]. David … experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó no experimentó la corrupción” (Hechos 13, 32-37). Argumentan que la resurrección de Jesús representa el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a David de darle un trono para siempre (Hechos 13, 36-37). Y por eso, al cumplirse en Jesús estas promesas, se erige como el verdadero heredero del trono de David; el verdadero Rey, Hijo de Dios, del Salmo 2.

Las promesas divinas de otorgar un linaje perpetuo al rey David las encontramos en muchos lugares del Antiguo Testamento Así comprobamos cómo la resurrección de Jesús es un evento que conecta el Antiguo y el Nuevo Testamento, revelando la fidelidad de Dios a sus promesas y su plan redentor para la humanidad por medio de Jesucristo.

La incorruptibilidad del cuerpo resucitado

Los pasajes del Salmo 16 y de Hechos 2 y 13 están interconectados para resaltar cómo la resurrección da cumplimiento a las profecías acerca de la no corrupción del cuerpo del Mesías.

El Salmo 16, 10 proclama: “Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción”. Este versículo es citado dos veces en Hechos 2, 27.31, para enfatizar que Dios no permitirá que su Santo experimente corrupción: “Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro. Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero, como era profeta y sabía que Dios le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonará en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción” (Hechos 2 ,27-31). Pedro concluye que -como el patriarca David, murió y fue sepultado-, el salmo está profetizando sobre la resurrección del Mesías.

Es importante advertir que, aunque el Salmo en sí mismo no trata de la resurrección sino de evitar la muerte, Pedro da al salmo una interpretación novedosa al decir que profetizaba la resurrección del Mesías. Esta interpretación innovadora sólo es posible tras el acontecimiento de la resurrección; antes no hubiera sido legítima.

También existe otra referencia al Salmo 16, 10 en Hechos 13, 35-37, -ya lo vimos- donde se argumenta de modo parecido de la resurrección como requisito para la no corrupción del cuerpo. En definitiva, la incorruptibilidad del cuerpo de Jesús y su victoria sobre la muerte está intrínsecamente ligada a su resurrección.

La resurrección y el sacerdocio eterno de Melquisedec

Tanto el Salmo 110 como Hebreos 6 están relacionados con la figura de Jesús y su papel como Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

El Salmo 110 comienza con una invitación divina: “Oráculo del Señor a mi Señor: ‘Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies’”. Aquí, el Señor (Dios Padre) invita al Mesías (Cristo) a ocupar un lugar de honor y autoridad a su diestra. Esta posición simboliza la exaltación y el poder del Mesías sobre todas las cosas. Se trata pues de un Salmo real y mesiánico.

Más adelante en el v. 4 dice: “El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: ‘Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”. Acaba de hablar de la autoridad del Mesías como Rey (v. 1) y ahora de su papel como sacerdote. La combinación de ambas funciones es significativa, pues afirma que el Mesías será un “sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”, un personaje misterioso, que el Antiguo Testamento describe como sacerdote del Dios Altísimo y rey de Salem (Jerusalén). Esta referencia resulta crucial porque ejerce funciones sacerdotales antes de la institución del sacerdocio levítico.

Hebreos 6, 20 se refiere a Jesús como el Sumo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Esto tiene profundas implicaciones. Cuando Jesús resucita y asciende al cielo, entra en el santuario celestial no hecho por manos humanas. Lleva consigo su propia sangre como sacrificio por el pecado, similar al papel del sumo sacerdote en el Antiguo Testamento durante el Día de la Expiación. La mención del “rito de Melquisedec” indica que Jesús al resucitar ejerce su sacerdocio de una manera superior y eterna, que trasciende el sistema levítico. Su sacrificio es perfecto y completo. Tanto en su autoridad como Rey como en su función sacerdotal según el orden de Melquisedec se despliega su divinidad y se revela su papel central en la redención de la humanidad.

La Resurrección de Jesús y su significado salvífico universal

Isaías 53, 10-12 dice: “El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”. En este pasaje se nos descubre dos cosas. Por un lado, Isaías profetiza aquí sobre el Siervo Sufriente, figura mesiánica -que enseguida fue asociada con Jesús-, y que sufrirá y entregará su vida como expiación por los pecados del pueblo. Y por otro lado, la poderosa idea de que a pesar de exponer su vida a la muerte y ser contado entre los pecadores, será exaltado: “Verá la luz… prolongará sus años”: esto simboliza la resurrección como triunfo sobre la muerte y la garantía de vida eterna.

Por su lado Romanos 4, 24-25 dice: “Nosotros, los que creemos en el que resucitó de entre los muertos a Jesucristo nuestro Señor, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.”. Aquí el apóstol Pablo conecta magistralmente la resurrección de Jesús con nuestra justificación. Jesús fue entregado por nuestros pecados, pero resucitó para nuestra justificación. Es decir, su resurrección corrobora su obra redentora y su papel como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

La relación entre ambos pasajes reside en que ambos hablan del sufrimiento, muerte y exaltación del Siervo (Jesús). La resurrección de Jesús no sólo valida su identidad como el Siervo Sufriente de Isaías, sino que también es una confirmación del cumplimiento de su misión salvadora. En efecto, la ofrenda de Jesús -como Sumo Sacerdote eterno-, ha sido aceptada por el Padre, como sacrificio perfecto por nuestros pecados.

Las predicciones de Jesús sobre su resurrección

Mateo, en particular, nos proporciona tres momentos cruciales en los cuales Jesús anunció su destino y resurrección, y cómo los discípulos reaccionaron ante estas predicciones.

En Mateo 16, 21, Jesús comienza a desvelar -de camino hacia Jerusalén-, que enfrentará sufrimiento, ejecución y resurrección al tercer día. Esta primera predicción, aunque clara en sus términos, parece haber confundido a los discípulos, pues la idea de sufrimiento y resurrección no logra abrirse paso en sus mentes.

La confusión persiste incluso después de la segunda predicción, narrada en Mateo 17, 23. Después del maravilloso evento revelador del monte de la Transfiguración, Jesús repite su destino inminente, pero a pesar de estar más familiarizados con la idea, ni siquiera los tres más cercanos la comprenden.

En la tercera predicción -Mateo 20, 19-, Jesús añade detalles específicos sobre su entrega a los gentiles y su destino en la cruz. Sin embargo, incluso con esta clarificación adicional, los discípulos siguen sin entender la realidad de lo que Jesús les está anunciando.

Por eso, Juan nos dice: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura, que él había de resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9). En efecto, los discípulos no comprendieron las Escrituras ni las predicciones de Jesús sobre su resurrección hasta después de los eventos de la resurrección misma. A pesar de las claras predicciones de Jesús, los discípulos no llegaron a entender plenamente su significado hasta después de la resurrección. Solo entonces comenzaron a comprender cómo la Escritura estaba alineada con las predicciones de Jesús sobre la resurrección.

Conclusión

La resurrección de Jesús se convierte en la clave hermenéutica que ilumina toda la Escritura. Esta perspectiva interpretativa innovadora surge tras el acontecimiento de la resurrección, que llevó a los discípulos a buscar textos de la Escritura que la respaldaran. Además, aunque las referencias a la resurrección sean escasas, los temas que tratan -el reinado eterno de David, la incorruptibilidad, el sacerdocio eterno de Melquisedec y la justificación- proporcionan herramientas interpretativas, de modo que actúan como claves para comprender numerosos pasajes del Antiguo Testamento.

El autorRafael Sanz Carrera

Doctor en Derecho Canónico

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