Enseñanzas del Papa

El Papa en mayo. Comunicadores de la verdad y transmisores de la fe

En las enseñanzas de Francisco durante el mes de mayo destacamos su mensaje para la 55ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales y la institución del ministerio de los catequistas, verdaderos comunicadores y transmisores de la fe.

Ramiro Pellitero·1 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 5 minutos

La Jornada de las Comunicaciones Sociales se celebró el 16 de mayo, y el documento que instituye el ministerio laical de los catequistas data del día 10 del mismo mes.

Comunicar encontrando a las personas

Ven y lo verás” (Jn 1, 46). Comunicar encontrando a las personas donde están y como son, es el Mensaje para Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2021 (que había sido publicado el 23 de enero pasado).

Toda comunicación auténtica tiene que ver con la vida de las personas. Esto vale tanto para el periodismo como para la comunicación política o social, y también para la predicación y el apostolado cristiano. Comunicar requiere, observa el Papa, “ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto”.

La información periodística, sigue señalando, exige “desgastar las suelas de los zapatos”, si no quiere limitarse a ser una copia de noticias preconfeccionadas, sino afrontar “la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas”. Todos hemos oído hablar de periodistas que van donde nadie va, arriesgando su vida para denunciar las condiciones difíciles de minorías perseguidas, los abusos e injusticias contra la creación, las guerras olvidadas. 

Y así también sucede con la pandemia y con las vacunas. Porque “existe el riesgo de contar la pandemia, y cada crisis, sólo desde los ojos del mundo más rico, de tener una ‘doble contabilidad’”; de modo que “las diferencias sociales y económicas a nivel planetario corren el riesgo de marcar el orden de la distribución de las vacunas contra el Covid”. 

Comunicar con responsabilidad

Incluso la tecnología digital, que nos permite una información de primera mano, comparte los riesgos de “una comunicación social carente de controles”; de manera que se expone a la manipulación por diversos motivos. Y no se trata de demonizar ese gran instrumento, sino más bien de fomentar “una mayor capacidad de discernimiento y un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos”. 

Y como todos somos no solo usuarios sino también protagonistas de la comunicación, “todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas. Todos estamos llamados a ser testigos de la verdad: a ir, ver y compartir”.

El apostolado cristiano: comunicación de una “buena noticia”

También así se inició la fe cristiana, con aquella respuesta-sugerencia de Jesús a quienes le preguntan dónde vive: “Venid y lo veréis” (Jn 1, 39). Así se comunica la fe: “como un conocimiento directo, nacido de la experiencia, no de oídas” (cfr. Jn 4, 39-42).

De esta manera la enseñanza de Francisco se abre, desde la consideración antropológica y ética de la comunicación hasta la teología de la comunicación. En efecto, porque en Jesús, Palabra (Logos) de Dios hecha carne, Dios se nos comunicó de la manera más profunda, real y humana posible. Jesús comunicaba porque atraía, ante todo con la verdad de su predicación.

Pero al mismo tiempo “la eficacia de lo que decía era inseparable de su mirada, de sus actitudes y también de sus silencios”. “Los discípulos no escuchaban sólo sus palabras, lo miraban hablar”. En Él el Dios invisible se dejó ver, oír y tocar (cfr. 1 Jn, 1, 1-3). 

Y esto nos devuelve luces para nuestra comunicación y testimonio de la verdad. “La palabra es eficaz solamente si se ‘ve’, sólo si te involucra en una experiencia, en un diálogo. Por este motivo el ‘ven y lo verás’ era y es esencial”. Si queremos comunicar, testimoniar la verdad, hemos de hacerla visible en nuestra propia vida.

Así lo han vivido siempre los cristianos y lo han enseñado desde san Pablo de Tarso y san Agustín hasta Shakespeare y san John H. Newman. También hoy –apunta el Papa Francisco– “el Evangelio se repite hoy cada vez que recibimos el testimonio límpido de personas cuya vida ha cambiado por el encuentro con Jesús”.

Una cadena de encuentros personales

La transmisión de la fe se ha producido, en efecto, desde hace más de dos mil años, en “una cadena de encuentros que comunica la fascinación de la aventura cristiana”. 

Y así la verdadera comunicación, antropológica y socialmente hablando, pero también considerada teológicamente, requiere el “tú a tú” del diálogo y de la amistad, de la cercanía y del don esforzado de sí ante las necesidades de los demás: “El desafío que nos espera es, por lo tanto, el de comunicar encontrando a las personas donde están y como son”. 

Pero, atención, esta comunicación evangelizadora pide también, como señala el Papa en su oración final, una serie de condiciones: salir de nosotros mismos; buscar la verdad; ir a ver, también donde nadie quiere ir o mirar; escuchar, prestando atención a lo esencial y sin dejarnos distraer por lo superfluo y engañoso; desechar los prejuicios y las conclusiones apresuradas; reconocer dónde sigue “morando” Jesús en el mundo; contar con honestidad lo que hemos visto. 

Los catequistas, transmisores de la fe 

Con el motu proprio Antiquum ministerium (10-V-2021) el Papa ha establecido el ministerio de los catequistas. Si bien no todos los catequistas requieren ser “instituidos” para su tarea, la existencia de este “ministerio” o función eclesial facilitará la organización y la formación de los catequistas en todo el mundo. 

La catequesis es un servicio imprescindible en la Iglesia desde los primeros siglos. Si bien es necesaria particularmente para la educación en la fe de los niños y jóvenes, hoy como siempre sigue siendo necesaria también para los demás cristianos. Todos necesitamos que se nos anuncie el mensaje del evangelio y que se nos prepare para recibir y aprovechar cada día mejor los sacramentos. De modo que nuestra vida dé frutos al servicio de la Iglesia y de la sociedad.  

Esta tarea está pensada fundamentalmente para los fieles laicos. Ciertamente, no cambia la condición de estos fieles bautizados, que son la mayoría del pueblo de Dios. Ellos están llamados a santificarse en las realidades temporales con las que se entreteje su existencia: el trabajo y la familia, la cultura y la política, etc. (cfr. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 31). Al mismo tiempo, “recibir un ministerio laical como el de catequista da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización” (Antiquum ministerium, 7).

La Iglesia desea, en definitiva, dar aún más importancia al catequista, cuya tarea puede considerarse como una vocación en la Iglesia, apoyada en la realidad de un carisma, y dentro del amplio marco de la vocación laical (cfr. n. 2). 

La catequesis está llamada a renovarse teniendo en cuenta las circunstancias actuales: una renovada conciencia de la misión evangelizadora de toda la Iglesia (nueva evangelización), una cultura globalizada y la necesidad de una renovada metodología y creatividad, especialmente en la formación de las nuevas generaciones (cfr. n. 5). 

El documento establece que corresponde a las conferencias episcopales preparar los cauces para que los obispos en cada diócesis organicen a los catequistas instituidos de un modo “estable” en cada Iglesia local. 

 Los catequistas han de ser “hombres y mujeres de profunda fe y madurez humana, que participen activamente en la vida de la comunidad cristiana, que puedan ser acogedores, generosos y vivan en comunión fraterna, que reciban la debida formación bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis”.

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