¿Qué tienen en común los artistas, los voluntarios y las vocaciones eclesiales? Que buscan sin conformarse, que caminan sin cansarse, que son llamados a responder con algo o mucho de la propia vida.
Entre las enseñanzas que Francisco ha seguido proponiendo en estas semanas desde el hospital Gemelli, hemos seleccionado tres apelaciones a grupos de personas especialmente queridas por el Papa: los artistas, el voluntariado y las vocaciones.
Custodios de las bienaventuranzas y de la belleza
En el Jubileo de los artistas y del mundo de la cultura (16-II-2025), el cardenal José Tolentino de Mendonça (prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación) leyó la homilía que el Papa había preparado.
El Evangelio del día proclamaba las Bienaventuranzas (“bienaventurados vosotros…”) en la versión de san Lucas (cfr. Lc 6, 20-21). Aunque las hemos escuchado muchas veces, decía Francisco, no dejan de sorprendernos, porque “invierten la lógica del mundo y nos invitan a mirar la realidad con ojos nuevos, con la mirada de Dios, que ve más allá de las apariencias y reconoce la belleza, aun en la fragilidad y en el sufrimiento”.
Además, están acompañadas de una segunda parte (“ay de vosotros…”) que contiene palabras duras y de advertencia contra los que se consuelan con sus riquezas, los satisfechos, los que ríen en su horizonte meramente terrenal, aquellos de los que todos hablan bien.
En ese marco, el Papa se dirigía a los artistas y personas de cultura, para decirles que están “llamados a ser testigos de la visión revolucionaria de las Bienaventuranzas”. Tienen una misión que “no sólo es crear belleza, sino revelar la verdad, la bondad y la belleza escondidas en los pliegues de la historia, de dar voz a quien no tiene voz, de transformar el dolor en esperanza”.
Trazó el Obispo de Roma para ellos el marco de esa tarea: “Vivimos un tiempo de crisis compleja, que es económica y social y, ante todo, es crisis del alma, crisis de significado”.
Indicadores de la esperanza
Muchos se plantean cuestiones sobre el tiempo y la orientación. Hay quienes son peregrinos o son errantes, quienes tienen una meta o van simplemente deambulando. Pues bien: “El artista es aquel o aquella que tiene la tarea de ayudar a la humanidad a no perder la dirección, a no extraviar el horizonte de la esperanza”.
Pero, atención, no una esperanza fácil, superficial, desencarnada. “La verdadera esperanza se entrelaza con el drama de la existencia humana. No es un refugio cómodo, sino un fuego que arde e ilumina, como la Palabra de Dios”.
Y por eso, “el arte auténtico es siempre un encuentro con el misterio, con la belleza que nos supera, con el dolor que nos interroga, con la verdad que nos llama”.
Francisco ve en los artistas “unos custodios de la belleza que saben inclinarse ante las heridas del mundo, que saben escuchar el grito de los pobres, de los que sufren, de los heridos, de los presos, de los perseguidos, de los refugiados. (…). Unos custodios de las Bienaventuranzas”.
Heraldos de un mundo nuevo
Por eso los artistas son necesarios, imprescindibles: “El arte no es un lujo, sino una necesidad del espíritu. No es huida, sino responsabilidad, invitación a la acción, llamada, grito”.
El artista educa en la belleza y sostiene la esperanza: “Educar en la belleza significa educar en la esperanza. Y la esperanza nunca está separada del drama de la existencia; atraviesa la lucha cotidiana, las fatigas de la vida, los desafíos de nuestro tiempo”.
Las bienaventuranzas corresponden a una lógica contraria a la lógica mundana, a una revolución de la perspectiva. Y el arte está llamado a participar de esta revolución. “El mundo tiene necesidad de artistas proféticos, de intelectuales valientes, de creadores de cultura”. Les desea el Papa que su arte sea “anuncio de un mundo nuevo” y que su poesía nos lo haga ver.
“No dejen nunca de buscar, de interrogar, de arriesgar. Porque el verdadero arte nunca es cómodo, ofrece la paz de la inquietud”. Y les pide que recuerden: “la esperanza no es una ilusión; la belleza no es una utopía; el don que tienen no es una casualidad, es una llamada. Respondan con generosidad, con pasión, con amor”.
El itinerario de las tentaciones
En el Jubileo del mundo del voluntariado (9-III-2025, primer domingo de cuaresma), la homilía del Papa fue leída por el cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral.
El comienzo de la cuaresma está señalado cada año por el pasaje de las tentaciones que sufrió Jesús en el desierto: “El lugar del silencio se convierte en ámbito de escucha. Una escucha que pone a prueba, porque se hace necesario elegir a quién prestar atención entre dos voces totalmente contrarias”.
Al proponernos este ejercicio –señala el Papa– el Evangelio atestigua que el camino de Jesús comienza con un acto de obediencia: es el Espíritu Santo, la misma fuerza de Dios, quien lo conduce a donde nada bueno crece de la tierra ni llueve del cielo. “En el desierto, el hombre experimenta su propia indigencia material y espiritual, su necesidad de pan y de palabra”.
Francisco se fija, ante todo, en el inicio de la tentación que sufre Jesús, que “es querida”: “El Señor va al desierto no por arrogancia, para demostrar lo fuerte que es, sino por su filial disponibilidad al Espíritu del Padre, a cuya guía se confía con prontitud”. En eso se distingue de nuestra tentación, que nos es impuesta, atacando y corrompiendo nuestra libertad con la mentira (cfr. Jn 8, 22; Gn 3, 1-5). Pero “El Señor está con nosotros y nos cuida, sobre todo en el lugar de la prueba y del recelo”.
En segundo lugar, es notable el modo en que Cristo es tentado, concretamente en la relación con Dios, su Padre. El diablo quiere destruir nuestra relación filial con Dios, haciendo de Jesús un privilegiado, que puede manifestar su extraordinario poder.
“Frente a estas tentaciones Jesús, el Hijo de Dios, decide de qué modo ser hijo. En el Espíritu que lo guía, su decisión revela cómo quiere vivir su relación filial con el Padre”. El Señor, con su conducta decide que ese vínculo único y exclusivo con el Padre, de quien es el Hijo unigénito, se convierta en una relación que nos abarca a todos sin exclusión. “La relación con el Padre es el don que Jesús comparte en el mundo para nuestra salvación, no un tesoro que guarda celosamente (cfr. Flp 2, 6), del que presume para conseguir éxito y atraer seguidores”.
También nosotros, argumenta el Papa, somos tentados en esa relación con Dios, pero de manera opuesta. Nos quiere convencer de que Dios no es nuestro Padre, y de que nos quedaremos hambrientos y desesperados bajo los poderes del mundo.
Pero lo cierto es que “Dios se acerca aún más a nosotros, dando su vida para la redención del mundo”.
Por fin, en el desenlace de las tentaciones, Jesús, el Cristo de Dios, vence al mal. Y el diablo se aleja hasta otra ocasión, cuando volverá a tentarlo durante la pasión (cfr. Mt 27, 40; Lc 23, 35). “En el desierto el tentador es derrotado, pero la victoria de Cristo aún no es definitiva; lo será en su Pascua de muerte y resurrección”.
En nuestro caso, a veces caemos en la tentación, pues todos somos pecadores. Pero nuestra derrota no es definitiva.
“Nuestra prueba, por tanto, no termina con un fracaso, porque en Cristo somos redimidos del mal. Atravesando el desierto con Él, recorremos un camino donde no había trazado ninguno. Jesús mismo abre para nosotros esa nueva vía de liberación y de rescate. Siguiendo con fe al Señor, de vagabundos nos convertimos en peregrinos”.
Finalmente, Francisco se dirigió a los voluntarios, presentes para la peregrinación jubilar en representación de todos los voluntarios del mundo. Les agradeció que, siguiendo el ejemplo de Jesús, sirvan al prójimo sin servirse del prójimo. “Por las calles y en las casas, junto a los enfermos, a los que sufren, a los presos, con los jóvenes y con los ancianos, su entrega infunde esperanza en toda la sociedad”.
Y concluyó con una bella imagen que podría servir como lema para todo cristiano: “En los desiertos de la pobreza y de la soledad, tantos pequeños gestos de servicio gratuito hacen germinar brotes de una nueva humanidad; ese jardín que Dios ha soñado y que sigue soñando para todos nosotros”.
Las vocaciones, semilla de esperanza
El 19 de marzo, solemnidad de san José, día en que se celebraban los 12 años del comienzo oficial del pontificado de Francisco, se publicó el mensaje del Papa para la 62 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el próximo 11 de mayo. El mensaje, firmado ese día en el policlínico Gemelli, se titula: Peregrinos de esperanza: el don de la vida.
Comienza apreciando la vocación como un don que Dios siembra en el corazón, para que salgamos de nosotros mismos a recorrer un camino de amor y servicio. Y por ello: “Cada vocación en la Iglesia —sea laical, al ministerio ordenado o a la vida consagrada— es un signo de la esperanza que Dios pone en el mundo y en cada uno de sus hijos”.
Mirando a la realidad de nuestro tiempo, vemos cómo muchos jóvenes se sienten perdidos ante su futuro, están bloqueados por una crisis que tiene muchos apellidos: “una crisis de identidad, que es también una crisis de sentido y de valores, y que la confusión del mundo digital hace aún más difícil de atravesar”.
A los miembros adultos en la Iglesia –especialmente los pastores– “se nos pide acoger, discernir y acompañar el camino vocacional de las nuevas generaciones”.
En cuanto a los jóvenes, “están llamados a ser los protagonistas de su vocación o, mejor aún, coprotagonistas junto con el Espíritu Santo”, quien suscita en ellos el deseo de hacer de su vida un don de amor.
La vida no es un “mientras tanto”
El sucesor de Pedro les interpela de modo incisivo, elevando su mirada: “La vida de ustedes no es un ‘mientras tanto’. Ustedes son el ahora de Dios” (Exhortación apostólica Christus vivit, 178).
Como el de tantos otros jóvenes –entre ellos los beatos Carlos Acutis y Pier Giorgio Frassati que pronto serán canonizados–, el camino de la vocación es “un camino hacia la felicidad plena, en la relación con Jesús vivo”.
La llamada de Dios en el corazón (cfr. Lc 24, 32) “hace surgir la respuesta como un impulso interior hacia el amor y el servicio; como fuente de esperanza y caridad, y no como una búsqueda de autoafirmación”.
Y, situando la vocación en la perspectiva de este jubileo de la esperanza, afirma el sucesor de Pedro: “Vocación y esperanza están entrelazadas en el proyecto divino para la alegría de cada hombre y de cada mujer, porque todos estamos llamados a ofrecer nuestra vida por los demás (cfr. Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 268)”; sea en el sacerdocio, la vida consagrada, la vocación al matrimonio y a la vida familiar, o la vocación al compromiso por el bien común y al testimonio de fe entre compañeros y amigos. “Los fieles laicos” –dirá más adelante–, “en particular, están llamados a ser sal, luz y levadura del Reino de Dios a través del compromiso social y profesional”.
Preguntarle a Dios por sus sueños
“Toda vocación está animada por la esperanza, que se traduce como confianza en la Providencia”. Y la esperanza se apoya en la fe
Para discernir el propio camino vocacional, Francisco les anima a detenerse, a escuchar en su interior y “preguntarle a Dios qué sueña para ustedes”.