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Orientaciones pastorales para las JMJ en las Iglesias particulares

El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida ha hecho público las orientaciones pastorales para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en las diversas Iglesias particulares.

David Fernández Alonso·18 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 17 minutos
orientaciones pastorales jmj

Foto: ©2021 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops.

Orientaciones pastorales para la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud en las Iglesias particulares por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida

1. Las Jornadas Mundiales de la Juventud

La institución de las Jornadas Mundiales de la Juventud ha sido, sin duda, una gran intuición profética de san Juan Pablo II, que explicó así su decisión: «Todos los jóvenes deben sentirse atendidos por la Iglesia: por eso, que toda la Iglesia, en unión con el Sucesor de Pedro, se sienta cada vez más comprometida, a nivel mundial, con los jóvenes, con sus inquietudes y preocupaciones, con sus aperturas y esperanzas, para corresponder a sus expectativas, comunicando la certeza que es Cristo, la Verdad que es Cristo, el amor que es Cristo….».[1]

El papa Benedicto XVI recogió el testigo de su predecesor y, en varias ocasiones, no ha dejado de destacar cómo estos acontecimientos representan un don providencial para la Iglesia y los calificó de “medicina contra el cansancio del creer”, “un modo nuevo, rejuvenecido de ser cristiano”, “una nueva evangelización vivida”.[2]

También para el papa Francisco, las Jornadas Mundiales de la Juventud constituyen un impulso misionero de extraordinaria fuerza para toda la Iglesia y, en particular, para las generaciones más jóvenes. Apenas unos meses después de su elección, inauguró su pontificado con la JMJ de Río de Janeiro en julio de 2013, al final de la cual dijo que esa JMJ había sido «una nueva etapa en la peregrinación de los jóvenes con la Cruz de Cristo por los continentes. No debemos olvidar nunca que las Jornadas Mundiales de la Juventud no son “fuegos artificiales”, momentos de entusiasmo fines en sí mismos; son etapas de un largo camino, iniciado en 1985, por iniciativa del papa Juan Pablo II».[3] Seguidamente aclaró un punto central: «Recordemos siempre: los jóvenes no siguen al Papa, siguen a Jesucristo, cargando su Cruz. El Papa los guía y los acompaña en este camino de fe y de esperanza».[4]

Como es sabido, las celebraciones internacionales del evento suelen tener lugar cada tres años en diferentes países con la participación del Santo Padre. La celebración ordinaria de la Jornada, en cambio, tiene lugar cada año en las Iglesias particulares, que se encargan de organizar en forma autónoma tal evento.

2. Las JMJ en las Iglesias particulares

La Jornada Mundial de la Juventud que se celebra en cada Iglesia particular tiene un gran significado y valor no solo para los jóvenes que viven en esa región concreta, sino para toda la comunidad eclesial local.

Algunos jóvenes, a causa de objetivas dificultades de estudio, trabajo o económicas, no tienen la posibilidad de participar en las celebraciones internacionales de estas Jornadas, por lo que es bueno que cada Iglesia particular les ofrezca la posibilidad de vivir en primera persona, aunque sea a nivel local, una “fiesta de la fe”, un fuerte acontecimiento de testimonio, comunión y oración similar a los internacionales, que han marcado profundamente la existencia de tantos jóvenes en todas las partes del mundo.

Al mismo tiempo, la Jornada Mundial de la Juventud celebrada a nivel local tiene un significado muy importante para cada Iglesia particular. Sirve para sensibilizar y formar a toda la comunidad eclesial – laicos, sacerdotes, personas consagradas, familias, adultos y personas mayores – para que sea cada vez más consciente de su misión de transmitir la fe a las nuevas generaciones. La Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre el tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” (2018) recordó que toda la Iglesia, universal y particular y cada uno de sus miembros, debe sentirse responsable de los jóvenes y estar disponible para dejarse interpelar por sus preguntas, sus deseos y sus dificultades. La celebración de estas Jornadas de los jóvenes a nivel local, por tanto, es sumamente útil para mantener viva en la conciencia eclesial la urgencia de caminar con los jóvenes, acogiéndolos y escuchándolos con paciencia, anunciándoles la Palabra de Dios con afecto y energía.[5]

En relación con la celebración de la JMJ a nivel local, este Dicasterio, en el marco de sus competencias,[6] ha elaborado unas Orientaciones Pastorales para las conferencias episcopales, los sínodos de las Iglesias patriarcales y arzobispales mayores, las diócesis/eparquías, los movimientos y asociaciones eclesiales, como también para los jóvenes de todo el mundo, para que la “JMJ diocesana/eparquial” se viva plenamente como un momento de celebración “para los jóvenes” y “con los jóvenes”.

Estas Orientaciones Pastorales pretenden animar a las Iglesias particulares a que aprovechen cada vez más la celebración diocesana de la JMJ y a que la consideren una ocasión propicia para planificar y llevar a cabo de forma creativa iniciativas que muestren que la Iglesia considera su misión con los jóvenes «una prioridad pastoral histórica, en la que invertir tiempo, energías y recursos».[7] Es necesario asegurar que las generaciones más jóvenes se sientan en el centro de la atención y la preocupación pastoral de la Iglesia. Los jóvenes, en efecto, quieren participar y ser apreciados, sentirse coprotagonistas de la vida y la misión de la Iglesia.[8]

Las indicaciones que siguen tienen en cuenta principalmente las distintas diócesis, como ámbito propio de expresión de la Iglesia local. Pero, evidentemente, deben adaptarse a las diferentes situaciones que vive la Iglesia en diversas regiones del mundo, en los casos en que, por ejemplo, las diócesis/eparquías son pequeñas y con pocos recursos humanos y materiales a su disposición. En estos casos concretos, o cuando se considere pastoralmente conveniente, es posible que circunscripciones vecinas o superpuestas se unan para celebrar la Jornada de los jóvenes entre varias circunscripciones, o a nivel de región eclesiástica, o a nivel nacional.

3. La celebración de la JMJ a nivel local en la solemnidad de Cristo Rey

Al término de la celebración eucarística en la solemnidad de Cristo Rey, el 22 de noviembre de 2020, el papa Francisco quiso relanzar la celebración de la JMJ en las Iglesias particulares y anunció que, a partir de 2021, esta celebración, que tradicionalmente se vivía en el Domingo de Ramos, se celebrará en el domingo en el que tiene lugar la solemnidad de Cristo Rey.[9]

A este respecto, recordamos que san Juan Pablo II, en la solemnidad de Cristo Rey de 1984, convocó a los jóvenes a un encuentro con motivo del Año Internacional de la Juventud (1985), que -junto con la convocatoria del Jubileo de los Jóvenes en el Año de la Redención (1984) – marcó el inicio del largo camino de las JMJ: «En esta fiesta […] – dijo – la Iglesia anuncia el Reino de Cristo, ya presente, pero todavía en misterioso crecimiento hacia su plena manifestación. Vosotros, los jóvenes, sois portadores insustituibles de la dinámica del Reino de Dios, la esperanza de la Iglesia y del mundo». Esta fue, pues, la génesis de las JMJ: el día de Cristo Rey, se invitó a los jóvenes de todo el mundo «a venir a Roma para un encuentro con el Papa al comienzo de la Semana Santa, el sábado y el domingo de Ramos».[10]

De hecho, no es difícil ver el vínculo entre el Domingo de Ramos y Cristo Rey. En la celebración del Domingo de Ramos, se recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén como la de un «rey manso y montado sobre una asna» (Mt 21,5) y aclamado como Mesías por la multitud: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21,9). El evangelista Lucas añade explícitamente el título de “Rey” a la aclamación de la multitud de “el que viene”, subrayando así que el Mesías es también Rey, y que su entrada en Jerusalén representa en cierto sentido una entronización real: «¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor!» (Lc 19,38).

La dimensión real de Cristo es tan importante para Lucas, que aparece desde el principio hasta el final de la vida terrenal de Jesucristo y acompaña todo su ministerio. En la Anunciación, el ángel profetiza a María que el niño que ha concebido recibirá de Dios «el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33). Y en el momento dramático de la crucifixión, mientras los otros evangelistas se limitan a mencionar los insultos de los dos crucificados a ambos lados de Jesús, Lucas presenta la conmovedora figura del “buen ladrón” que desde el patíbulo de la cruz reza a Jesús diciendo: «Acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino» (Lc 23,42). Las palabras de acogida y de perdón que Jesús pronuncia en respuesta a esta súplica dejan claro que es un Rey venido a salvar: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).

Por lo tanto, el fuerte anuncio que debe dirigirse a los jóvenes y que debe estar en el centro de toda JMJ diocesana/eparquial que celebre el día de Cristo Rey es: ¡Acojan a Cristo! ¡Denle la bienvenida como Rey en sus vidas! Es un Rey que vino a salvar. Sin Él no hay verdadera paz, ni verdadera reconciliación interior, ni verdadera reconciliación con los demás hombres. Sin su Reino, incluso la sociedad pierde su rostro humano. Sin el Reino de Cristo desaparece toda verdadera fraternidad y toda auténtica cercanía a los que sufren.

El papa Francisco recordó que, en el centro de las dos celebraciones litúrgicas, Cristo Rey y el Domingo de Ramos, «permanece el Misterio de Jesucristo Redentor del hombre…».[11] El núcleo del mensaje, pues, sigue siendo que la grandeza del hombre proviene del amor que sabe entregarse a los demás “hasta el final”.

La invitación, por tanto, para cada diócesis/eparquía es celebrar la JMJ en la solemnidad de Cristo Rey. En efecto, el deseo del Santo Padre es que, en este día, la Iglesia universal ponga a los jóvenes en el centro de su atención pastoral, rece por ellos, realice gestos que hagan a los jóvenes protagonistas, promueva campañas de comunicación, etc. Lo ideal sería organizar un evento (diocesano/eparquial, regional o nacional) el mismo día de Cristo Rey. Sin embargo, por diversas razones, puede ser necesario celebrar el evento en otra fecha.

Esta celebración debe formar parte de un camino pastoral más amplio, en el que la JMJ es sólo una etapa.[12] No por casualidad, el Santo Padre hace hincapié que «la pastoral juvenil solo puede ser sinodal, es decir, conformando un caminar juntos».

4. Puntos clave de la JMJ

En el transcurso del Sínodo de los Obispos sobre el tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, varias intervenciones de los Padres Sinodales se refirieron a la Jornada Mundial de la Juventud. En este sentido, el Documento Final dice: «La Jornada Mundial de la Juventud – nacida de una intuición profética de san Juan Pablo II, quien sigue siendo un punto de referencia también para los jóvenes del tercer milenio –, así como los encuentros nacionales y diocesanos/eparquiales, desempeñan un rol importante en la vida de muchos jóvenes porque ofrecen una experiencia viva de fe y de comunión, que les ayuda a afrontar los grandes desafíos de la vida y a asumir responsablemente su puesto en la sociedad y en la comunidad eclesial».[14]

Subrayando que estas convocatorias se refieren «al acompañamiento pastoral ordinario de cada una de las comunidades, donde la acogida del Evangelio debe ser profundizada y concretada en decisiones para la vida»,[15] el Documento afirma que éstas «ofrecen la posibilidad de caminar en la lógica de la peregrinación, de hacer experiencia de una fraternidad con todos, de compartir con alegría la fe y de crecer en su pertenencia a la Iglesia».[16]

Exploremos algunos de estos “puntos clave”[17] que deben estar en el corazón de toda JMJ, incluso en su dimensión local, y que por tanto tienen un claro valor programático.

La Jornada de los jóvenes debe ser una “fiesta de la fe”

La celebración de la JMJ ofrece a los jóvenes una experiencia viva y alegre de fe y comunión, un espacio para experimentar la belleza del rostro del Señor.[18] En el corazón de la vida de fe está el encuentro con la persona de Jesucristo, por lo que es bueno que en cada JMJ resuene la invitación a cada joven a encontrarse con Cristo y a iniciar un diálogo personal con Él. «Es la fiesta de la fe, cuando juntos se alaba al Señor, se canta, se escucha la Palabra de Dios, se permanece en silencio de adoración: todo esto es el culmen de la JMJ».[19]

En este sentido, el programa de la JMJ internacional (dimensión kerigmática, formativa, testimonial, sacramental, artística, etc.) puede inspirar a las realidades locales, que podrán adaptarlo creativamente. Hay que prestar especial atención a los momentos de adoración silenciosa de la Eucaristía, como acto de fe por excelencia, y a las liturgias penitenciales, como lugar privilegiado de encuentro con la misericordia de Dios.

Además, hay que tener en cuenta que, en cada JMJ, el entusiasmo natural que tienen los jóvenes, el entusiasmo con el que abrazan las cosas que les implican y que caracteriza también el modo de vivir la fe, todo ello estimula y revigoriza la fe de todo el pueblo de Dios. Convencidos por el Evangelio e invitados a una experiencia con el Señor, los jóvenes se convierten a menudo en valientes testigos de la fe y esto hace que el evento de la JMJ sea siempre algo sorprendente y único.

La Jornada de los jóvenes debe ser una “experiencia de Iglesia”

Es importante que la celebración diocesana/eparquial de la JMJ se convierta en una ocasión en la que los jóvenes puedan experimentar la comunión eclesial y crecer en su conciencia de ser parte integrante de la Iglesia. La primera forma de participación de los jóvenes debe ser la escucha. En la preparación de la Jornada de la Juventud diocesana/eparquial, es necesario encontrar los momentos y las formas adecuadas para que la voz de los jóvenes sea escuchada dentro de las estructuras existentes de la comunión: consejos diocesanos/eparquiales e interdiocesanos/eparquiales, consejos presbiterales, consejos locales de obispos… No olvidemos que son el rostro joven de la Iglesia.

Junto a los jóvenes, los diversos carismas presentes en la circunscripción deben encontrar espacio. Es fundamental que la organización de la celebración diocesana/eparquial de la JMJ sea concorde, implicando a los distintos estados de vida, en una propuesta de trabajo sinodal, como ha querido el Santo Padre en Christus vivit: «Animados por este espíritu, podremos encaminarnos hacia una Iglesia participativa y corresponsable, capaz de valorizar la riqueza de la variedad que la compone, que acoja con gratitud el aporte de los fieles laicos, incluyendo a jóvenes y mujeres, la contribución de la vida consagrada masculina y femenina, la de los grupos, asociaciones y movimientos. No hay que excluir a nadie, ni dejar que nadie se autoexcluya».[20] De este modo, será posible reunir y coordinar todas las fuerzas vivas de la Iglesia particular, así como despertar a las que están “dormidas”.

En este contexto, la presencia del obispo local y su disposición a estar entre los jóvenes es, para los mismos jóvenes, un gran signo de amor y cercanía. No pocas veces, para varios jóvenes la celebración diocesana/eparquial de la JMJ se convierte en una oportunidad de encuentro y diálogo con su párroco. El papa Francisco alienta este estilo pastoral de proximidad, donde «el lenguaje del amor desinteresado, relacional y existencial que toca el corazón, llega a la vida, despierta esperanza y deseos».[21]

La Jornada de los jóvenes debe ser una “experiencia misionera”

La JMJ a nivel internacional ha demostrado ser una excelente oportunidad para que los jóvenes tengan una experiencia misionera. Este debería ser también el caso de la JMJ diocesana/eparquial. Como dice el papa Francisco «la pastoral juvenil debe ser siempre una pastoral misionera».[22]

En este sentido, se pueden organizar misiones en las que se invite a los jóvenes a visitar a las personas en sus casas, llevándoles un mensaje de esperanza, una palabra de consuelo o simplemente ofreciéndoles escuchar.[23] Aprovechando su entusiasmo, los jóvenes – siempre que sea posible – pueden ser también protagonistas de momentos de evangelización pública, con cantos, oración y testimonios, en aquellas calles y plazas de la ciudad donde se reúnen sus coetáneos, porque los jóvenes son los mejores evangelizadores de los jóvenes. Su sola presencia y su fe alegre constituyen ya un “anuncio vivo” de la Buena Nueva que atrae a otros jóvenes.

También hay que fomentar las actividades en las que los jóvenes experimentan el voluntariado, el servicio gratuito y la autogestión. No hay que olvidar que el domingo anterior a la solemnidad de Cristo Rey, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Pobres. Qué mejor ocasión para promover iniciativas en las que los jóvenes donen su tiempo, su fuerza a los más pobres, a los marginados, a los descartados por la sociedad. De este modo se ofrece a los jóvenes la posibilidad de convertirse en «protagonistas de la revolución de la caridad y del servicio, capaces de resistir las patologías del individualismo consumista y superficial».[24]

La Jornada de los jóvenes debe ser una “ocasión de discernimiento vocacional” y una “llamada a la santidad”

Dentro de una fuerte experiencia eclesial y misionera de la fe, se debe dar prioridad a la dimensión vocacional. Es un enfoque gradual que, en primer lugar, hace que los jóvenes comprendan que toda su vida está puesta ante Dios, que los ama y los llama. Dios los ha llamado ante todo a la vida, los llama continuamente a la felicidad, los llama a conocerlo y a escuchar su voz y, sobre todo, a aceptar a su Hijo Jesús como su maestro, su amigo, su Salvador. Reconocer y afrontar estas “vocaciones fundamentales” representa un primer gran reto para los jóvenes porque, cuando se toman en serio, estas primeras “llamadas” de Dios apuntan ya a opciones de vida exigentes: la aceptación de la existencia como un don de Dios, que debe vivirse, por tanto, en referencia a Él y no de forma autorreferencial; la elección de un estilo de vida cristiano, en los afectos y en las relaciones sociales; la elección del camino de los estudios, del compromiso laboral y de todo el futuro de uno de forma que esté en plena sintonía con la amistad con Dios que se ha abrazado y se quiere conservar; la elección de hacer de toda la existencia un don para los demás que debe vivirse en el servicio y el amor desinteresado. Se trata de opciones a menudo radicales, en respuesta a la llamada de Dios, que dan una orientación decisiva a toda la vida de los jóvenes. «La vida […] es el tiempo de las decisiones firmes, fundamentales, eternas. – aclaró el papa Francisco a los jóvenes – Elecciones banales conducen a una vida banal, elecciones grandes hacen grande la vida».[25]

Dentro de este “horizonte vocacional” más amplio, tampoco hay que tener miedo de proponer a los jóvenes la elección ineludible de aquel estado de vida que está de acuerdo con la llamada que Dios dirige a cada uno de ellos individualmente, ya sea el sacerdocio o la vida consagrada, incluso en forma monástica, o el matrimonio y la familia. En este sentido, puede ser de gran ayuda la implicación de los seminaristas, de las personas consagradas, de los matrimonios y de las familias, que con su presencia y su testimonio pueden contribuir a suscitar en los jóvenes las preguntas vocacionales adecuadas y el deseo de ponerse en marcha en busca del “gran proyecto” que Dios ha previsto para ellos. En el delicado proceso que debe llevarles a madurar estas opciones, los jóvenes deben ser acompañados e ilustrados con prudencia. Cuando llegue el momento, pues, hay que animarles a hacer su propia elección personal con decisión, confiando en la ayuda de Dios, sin permanecer en un estado perpetuo de indeterminación.

En la base de toda elección vocacional debe estar la llamada aún más fundamental a la santidad. La JMJ debe hacer resonar en los jóvenes la llamada a la santidad[26] como verdadero camino de felicidad y realización personal. Una santidad acorde con la historia y el carácter personal de cada joven, sin poner límites a los misteriosos caminos que Dios tiene reservados para cada uno y que pueden llevar a historias heroicas de santidad – como ha ocurrido y ocurre con muchos jóvenes – o a esa “santidad de al lado” de la que nadie está excluido. Conviene, pues, aprovechar el rico patrimonio de los santos de la Iglesia local y universal, hermanos mayores en la fe, cuyas historias nos confirman que el camino de la santidad no solo es posible y practicable, sino que da mucha alegría.

e. La Jornada de los jóvenes debe ser una “experiencia de peregrinación”

La JMJ ha sido, desde el principio, una gran peregrinación. Una peregrinación en el espacio – desde diferentes ciudades, países y continentes hasta el lugar elegido para el encuentro con el Papa y los demás jóvenes – y una peregrinación en el tiempo –de una generación de jóvenes a otra que ha “recogido el testigo” – que ha marcado profundamente los últimos treinta y cinco años de la vida de la Iglesia. Los jóvenes de la JMJ son, pues, un pueblo de peregrinos. No se trata de caminantes sin rumbo, sino de un pueblo unido, de peregrinos que “caminan juntos” hacia una meta, hacia el encuentro con Alguien, con Aquel que es capaz de dar sentido a su existencia, con el Dios hecho hombre que llama a cada joven a convertirse en su discípulo, a dejarlo todo y a “caminar tras él”. La lógica de la peregrinación exige esencialidad, invita a los jóvenes a dejar atrás las seguridades cómodas y vacías, a adoptar un estilo de viaje sobrio y acogedor, abierto a la Providencia y a las “sorpresas de Dios”, un estilo que educa a superarse y a afrontar los retos que surgen en el camino.

La celebración diocesana/eparquial de la JMJ, por lo tanto, puede proponer formas concretas para que los jóvenes tengan experiencias reales de peregrinación, es decir, experiencias que animen a los jóvenes a salir de sus casas y ponerse en camino, durante las cuales aprendan a conocer el sudor y el trabajo del viaje, la fatiga del cuerpo y la alegría del espíritu. A menudo, de hecho, a través de la peregrinación juntos se descubren nuevos amigos, se experimenta la emocionante coincidencia de ideales al mirar juntos el objetivo común, el apoyo mutuo en las dificultades, la alegría de compartir lo poco que se tiene. Todo esto es de vital importancia en los tiempos actuales, en los que muchos jóvenes corren el riesgo de aislarse en mundos virtuales e irreales, lejos del polvo de los “caminos del mundo”. Por lo tanto, se ven privados de esa profunda satisfacción que proviene de la conquista dura y paciente de la meta deseada, no con un simple clic, sino con la tenacidad y la perseverancia del cuerpo y del alma. En este sentido, la Jornada diocesana/eparquial de la juventud es una valiosa oportunidad para que las jóvenes generaciones descubran los santuarios locales u otros lugares significativos de la piedad popular, considerando que: «Las diversas manifestaciones de piedad popular, especialmente las peregrinaciones, atraen a gente joven que no suele insertarse fácilmente en las estructuras eclesiales, y son una expresión concreta de la confianza en Dios».[27]

f. La Jornada de los jóvenes debe ser una “experiencia de fraternidad universal”

La JMJ debe ser una ocasión de encuentro para los jóvenes, no solo para los jóvenes católicos: «Cada joven tiene algo que decir a los otros, tiene algo que decir a los adultos, tiene algo que decir a los sacerdotes, a las religiosas, a los obispos y al Papa».[28]

En este sentido, la celebración diocesana/eparquial de la JMJ puede ser un momento oportuno para que todos los jóvenes que viven en una zona determinada se reúnan y hablen entre sí, más allá de sus creencias, su visión de la vida y sus convicciones. Cada joven debe sentirse invitado a participar y acogido como hermano. Hay que construir «una pastoral juvenil capaz de crear espacios inclusivos, donde haya lugar para todo tipo de jóvenes y donde se manifieste realmente que somos una Iglesia de puertas abiertas».[29]

5. El protagonismo juvenil

Como ya se ha dicho, es importante que los agentes de pastoral juvenil estén cada vez más atentos a implicar a los jóvenes en todas las etapas de la planificación pastoral de la JMJ, según un estilo sinodal-misionero, valorando la creatividad, el lenguaje y los métodos propios de su edad. ¿Quién conoce más que ellos el lenguaje y los problemas de sus compañeros? ¿Quién es más capaz de llegar a ellos a través del arte, las redes sociales…?

El testimonio y la experiencia de los jóvenes que ya han participado en las JMJ internacionales merecen ser valorados en la preparación del evento diocesano/eparquial.

En algunas Iglesias particulares, después de su participación en las JMJ internacionales o de la organización de iniciativas dirigidas a los jóvenes a nivel nacional y diocesano/eparquial, los jóvenes, “veteranos” de tales experiencias emocionantes, se han implicado en la creación de equipos de pastoral juvenil en los más diversos ámbitos: parroquial, diocesano/eparquial, nacional, etc. Esto demuestra que cuando los jóvenes se convierten en protagonistas en primera persona de la realización de acontecimientos verdaderamente significativos, hacen suyos fácilmente los ideales que inspiraron esos acontecimientos, captan su importancia con la mente y el corazón, se apasionan por ellos y están dispuestos a dedicar tiempo y energía a compartirlos con los demás. De las fuertes experiencias de fe y de servicio surge a menudo la voluntad de comprometerse con la pastoral ordinaria de la propia Iglesia local.

Reiteramos, por tanto, que es necesario tener la valentía de implicar y confiar papeles activos a los jóvenes, tanto a los que provienen de las diferentes realidades pastorales presentes en la diócesis, como a los que no pertenecen a ninguna comunidad, grupo juvenil, asociación o movimiento. La JMJ diocesana/eparquial puede ser una hermosa oportunidad para resaltar la riqueza de la Iglesia local, evitando que los jóvenes menos presentes y menos “activos” en las estructuras pastorales establecidas se sientan excluidos. Todos deben sentirse “especialmente invitados”, todos deben sentirse esperados y acogidos, en su irrepetible singularidad y riqueza humana y espiritual. El evento diocesano/eparquial, por lo tanto, puede ser una ocasión propicia para estimular y acoger a todos aquellos jóvenes que quizás están buscando su lugar en la Iglesia y que aún no lo han encontrado.

6. Mensaje anual del Santo Padre para la JMJ

Cada año, en vista de la celebración diocesana/eparquial de la JMJ, el Santo Padre publica un Mensaje para los jóvenes. Por ello, sería conveniente que los encuentros preparatorios y la misma JMJ diocesana/eparquial se inspiren en las palabras que el Santo Padre ha dirigido a los jóvenes, en particular, en el pasaje bíblico que se propone en el Mensaje.

También sería importante que los jóvenes escuchen la Palabra de Dios y la palabra de la Iglesia de la voz viva de personas cercanas que conozcan a fondo su carácter, su historia, sus gustos, sus dificultades y luchas, sus expectativas y esperanzas y que, por tanto, sepan aplicar bien los textos bíblicos y magisteriales a las situaciones concretas de la vida que viven los jóvenes que tienen delante. Este trabajo de mediación, realizado en la catequesis y en el diálogo, ayudará también a los jóvenes a saber identificar formas concretas de dar testimonio de la Palabra de Dios que han escuchado y a vivirla en su vida cotidiana, a encarnarla en la familia, en los ambientes de trabajo o de estudio, entre los amigos.

La dirección propuesta por este Mensaje, destinada a acompañar el camino de la Iglesia universal con los jóvenes, podría por tanto declinarse con inteligencia y gran sensibilidad cultural, teniendo en cuenta la realidad local. También podría inspirar el camino de la pastoral juvenil de la Iglesia local, sin olvidar las dos grandes líneas de acción que ha indicado el papa Francisco: la búsqueda y el crecimiento.[30]

No hay que excluir que el Mensaje pueda ser transmitido también a través de diferentes expresiones artísticas o iniciativas de carácter social, como invitó el Santo Padre en su Mensaje para la XXXV JMJ: «[propongan] al mundo, a la Iglesia, a los otros jóvenes, algo hermoso en el campo espiritual, artístico, social».[31] Además, su contenido podría retomarse también en otros momentos significativos del año pastoral, como: el mes misionero, el mes dedicado a la Palabra de Dios o a las vocaciones, teniendo en cuenta las indicaciones de las distintas conferencias episcopales.

Por último, pero no por ello menos importante, el Mensaje del Santo Padre podría convertirse en el tema de otros encuentros para jóvenes, propuestos por los agentes de pastoral juvenil de la Iglesia local, por asociaciones o por movimientos eclesiales.

7. Conclusión

La celebración diocesana/eparquial de la JMJ es, sin duda, una etapa importante en la vida de cada Iglesia particular, un momento privilegiado de encuentro con las jóvenes generaciones, un instrumento de evangelización del mundo de los jóvenes y de diálogo con ellos. No olvidemos que: «La Iglesia tiene tantas cosas que decir a los jóvenes, los jóvenes tienen tantas cosas que decir a la Iglesia».[32]

Las Orientaciones Pastorales contenidas en estas páginas pretenden ser una guía que presente las motivaciones ideales y las posibles realizaciones prácticas, para que la JMJ diocesana/eparquial se convierta en una oportunidad que haga aflorar el potencial de bien, la generosidad, la sed de valores auténticos y los grandes ideales que cada joven lleva dentro. Por ello, reiteramos la importancia de que las Iglesias particulares dediquen una atención especial a la celebración de la Jornada diocesana/eparquial de los jóvenes, para que sea adecuadamente valorada. Invertir en los jóvenes significa invertir en el futuro de la Iglesia, significa promover las vocaciones, significa iniciar efectivamente la preparación remota de las familias del mañana. Es, por tanto, una tarea vital para cada Iglesia local, no una simple actividad añadida a otras.

Encomendemos a la Santísima Virgen María el camino de la pastoral juvenil en todo el mundo. María, como bien nos recuerda el papa Francisco en Christus vivit, «mira a este pueblo peregrino, pueblo de jóvenes querido por ella, que la busca haciendo silencio en el corazón, aunque en el camino haya mucho ruido, conversaciones y distracciones. Pero ante los ojos de la Madre sólo cabe el silencio esperanzado. Y así María ilumina de nuevo nuestra juventud».[33]

Su Santidad, el papa Francisco ha dado su aprobación para la publicación de este documento

Ciudad del Vaticano, 22 de abril de 2021
Aniversario de la entrega de la Cruz de la JMJ a los jóvenes

Cardenal Kevin Farrell Prefecto

P. Alexandre Awi Mello, I.Sch. Secretario

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