Evangelio

Comentario a las lecturas del domingo XIV del tiempo ordinario

Andrea Mardegan·30 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos

Ezequiel vive la experiencia de ser enviado por Dios “a los hijos de Israel, un pueblo rebelde que se ha revelado contra mí… También los hijos tienen dura la cerviz y el corazón obstinado; a ellos te envío para que les digas: ‘Esto dice el Señor’. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos”. La perspectiva para el profeta no tiene garantías de éxito, al contrario; lo importante es que vaya y que así la gente se dé cuenta de que existe un profeta. 

La experiencia de Pablo no es muy distinta. Muchos se han preguntado por la naturaleza de ese aguijón que Dios ha permitido para que no se engría. Posiblemente encontremos la respuesta en sus palabras: “Por eso, con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

El aguijón en la carne puede consistir precisamente en debilidades, ultrajes, dificultades, angustias, o en problemas de la Iglesia de Corinto que se mencionan a continuación: “Disputas, envidias, iras, rivalidades, calumnias, murmuraciones, engreimientos, sediciones”.

Por eso, Jesús en Nazaret puede citar la ley general: “Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre sus parientes y en su casa” y experimentar su amargura. Marcos habla de asombro, que refleja el de los nazarenos, que no pueden creer que el Mesías sea uno de ellos, un “vecino” del que conocen la genealogía y los parientes cercanos. Es el artesano del pueblo.

En el Evangelio más antiguo, el de Marcos, vemos que se le llama “el hijo de María”. Algunos autores señalan que no era habitual mencionar a la madre, sino al padre. Podría ser rastro de un rumor difamatorio según el cual Jesús era un hijo ilegítimo. A eso se refieren tanto Celso como Tertuliano, y ha llegado a escritos hebreos medievales. La hostilidad de los nazarenos es sorprendente, y quizás confirma esos rumores, que por su naturaleza hicieron que la noticia de Jesús como el Mesías fuera aún más difícil de aceptar para los aldeanos. Por eso Jesús sufrió realmente el desprecio, “en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. ¿Y cómo reacciona? “Y no podía hacer allí ningún milagro, solamente sanó a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos”. La frase es notable: primero dice “ningún milagro”, y luego en cambio se dice que curó “unos pocos enfermos”. Como para significar un pararse de Jesús, que luego fue superado. Jesús sigue su camino de curación, aunque sea con poca gente. Y sigue enseñando. No lo detiene la hostilidad de los nazarenos.

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