Evangelio

Comentario a las lecturas del domingo XXII del tiempo ordinario

Andrea Mardegan·25 de agosto de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos

El episodio de los fariseos y escribas que vienen de Jerusalén para preguntarle a Jesús por qué sus discípulos comen con las manos impuras, es precedido por este escenario: “Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron. Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían a los enfermos en camillas. Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos o en ciudades o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que lo tocaban quedaban sanos”. Poco antes había alimentado a cinco mil hombres, con cinco panes y dos peces. Qué contraste con los que tienen problemas con las abluciones y la observancia de las prescripciones externas. Como si de estas cosas dependiera la salvación. Jesús les aplica la profecía de Isaías: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de mí. Inútilmente me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos de hombres”. Es una profecía que siempre se puede aplicar a lo largo de la historia de la humanidad y de la Iglesia a todos los seguidores de formalismos, espiritualismos, legalismos. Su corazón está lejos de Dios. 

Jesús está muy interesado en aclarar estas verdades, y de hecho vuelve a llamar cerca de sí a la multitud que se había ido, porque no le importaban esas disputas farisaicas, que por cierto no atraían a las multitudes. En cambio, Jesús quiere hablar claramente a toda la multitud para que su enseñanza llegue a todos a lo largo de la historia y dice: “¡Escuchadme todos y entendedlo bien!”.

Estos dos verbos juntos -escuchad y entended-en la forma imperativa los utiliza solo en este episodio y en el pasaje paralelo de Mateo. Significa que es un tema que le urge y no quiere dejar pasar la oportunidad de aclararlo en voz alta. “Nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro”. Así hace puros todos los alimentos, explica Marcos más adelante, pero también se puede decir que recordó que todo lo creado por Dios es bueno y, en el caso del ser humano, es muy bueno. En cambio, “del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios…”.

¿Y cómo, entonces, puede purificarse el corazón de un hombre tan capaz de pecar? Benedicto XVI recuerda, en el capítulo Vosotros sois puros de su obra Jesús de Nazaret (II), que en otros pasajes del Nuevo Testamento se explica que somos purificados por la fe (Hch 15, 5-11), por la palabra que Jesús nos ha anunciado (Jn 15, 3), por su amor (Jn 13), por la verdad que es él mismo y en la que estamos inmersos (Jn 17, 17). También por la esperanza en Cristo que nos purifica, como él es puro (1 Jn 3, 3).

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