Evangelio

Comentario a las lecturas del domingo XXVI del tiempo ordinario (B)

Andrea Mardegan·22 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos

En los últimos acontecimientos, los discípulos pensaban haber dejado una mala impresión en Jesús. Para recuperar el valor a sus ojos, Juan cuenta que impidieron a un hombre que echara demonios en el nombre de Jesús, “porque no viene con nosotros”. No habían podido expulsar al diablo que atormentaba a aquel niño a los pies del monte. Un extraño, en cambio, lo lograba. La envidia y la exclusión se desatan, ocultas por la aparente buena razón de la pertenencia. Juan espera una alabanza del Señor, que no llega: “No se lo prohibáis… El que no está contra nosotros, con nosotros está”. Cualquiera puede obrar milagros en el nombre de Jesús, incluso si no es de los que le siguen. La tentación del orgullo colectivo, de un “nosotros” que se contrapone, de la envidia del bien hecho por otros que no son del propio grupo, está siempre al acecho en la sociedad civil y en la Iglesia. Es fácil caer en ella, hay que vigilar.

Jesús les ofrece antídotos contra ese orgullo colectivo, alimentado por saberse discípulos de Jesús y participar de cerca en sus milagros: Juan vio a la hija de Jairo volver a la vida y a Jesús transfigurado en el monte. Afirma que cualquiera, de cualquier pueblo, fe, cultura, si hace algo pequeño, como dar de beber un vaso de agua a los discípulos porque son de Cristo, tendrá su recompensa. En cambio, los discípulos deben estar atentos porque pueden escandalizar a los pequeños, que son los que tienen una fe débil, quizás inducirlos a abandonar el seguimiento de Cristo y de la Iglesia, por ejemplo con la actitud de exclusión que acaban de mostrar.

Además, el discípulo debe eliminar lo que es un obstáculo para él, en sí mismo. Una mano, un pie, el ojo. Algo muy personal, que hace tropezar. La mano de Adán tomó el fruto del árbol de la vida, y la mano de Caín se levantó contra Abel. Pero la mano de Abraham se elevó en oración, y la de Jesús resucitó a la hija de Jairo. La mano agarra para poseer, roba, mata; pero también trabaja, reza, acaricia, cura y dona. Jesús habla de una sola mano para cortar, porque la otra es signo de la posibilidad del bien, de la conversión que siempre es posible. El pie recuerda la orientación de la vida, la posesión de la tierra y el ejercicio del poder. “Sus pies corren a derramar sangre”, pero “qué hermosos los pies de los que traen buenas noticias” (Rom 3, 15, 10, 15). “El hombre de ojos envidiosos es maligno” (Sir 14, 8) pero “mis ojos han visto tu salvación” (Lc 2, 30). Los ojos dicen de la actitud del corazón hacia las criaturas. Jesús hace entender a sus discípulos que hay que seguirle (pie) y poner en práctica su palabra (mano), pero también tener el ojo limpio para amar a todas las personas que él ama.

Colabora

¿Quieres noticias independientes, veraces y relevantes?

Querido lector, Omnes informa con rigor y profundidad sobre la actualidad religiosa. Hacemos un trabajo de investigación que permita al lector adquirir criterio sobre los acontecimientos y las historias que suceden en el ámbito católico y la iglesia. Tenemos a firmas estrellas y corresponsales en Roma que nos ayudan a que la información de fondo sobresalga sobre el ruido mediático, con distancia ideológica e independencia.

Te necesitamos para afrontar los nuevos retos de un panorama mediático cambiante y una realidad que exige reflexión, necesitamos tu apoyo.

Colabora
Newsletter La Brújula

Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica