Evangelio

Comentario a las lecturas del domingo XXV del tiempo ordinario (B)

Andrea Mardegan·16 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos
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En su vida pública, Jesús viaja mucho. Su escuela es itinerante, signo de que la vida con él es un camino, y de que su discípulo tiene que seguirle. El Evangelio también habla de las mujeres que lo “habían seguido” y, por lo tanto, eran sus discípulas. Es sorprendente ver que Jesús no quiere que se sepa que pasa por Galilea. Era su tierra natal, la de su familia y la de la mayoría de sus discípulos. ¿Quizás porque no quiere interrupciones en su viaje? ¿O porque no quiere volver a sentirse profeta despreciado en su tierra? ¿O porque sabe que los suyos aún no han dado ese salto interior, no han entendido el primer anuncio de su derrota, muerte y resurrección, ni el reproche que le hizo a Pedro cuando se opuso: “Apártate de mí Satanás”, y quiere dedicarse a ellos?

Luego, por segunda vez anuncia el final de su misión, tan diferente a sus expectativas: “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”. Los discípulos siguen sin comprender nada de este misterio, tan distante de su perspectiva. 

Puesto que somos discípulos de Cristo, nos ayuda meditar a menudo sobre los modelos que nos presenta el Evangelio: no entendieron nada, discutieron sobre quién era el mayor, le traicionaron, le negaron, todos huyeron. Aquí también tienen miedo de interrogarlo, para no ser reprochados como Pedro. Es difícil hacerlo peor. Quizás la palabra de Dios nos dice estas cosas para animarnos, y los evangelistas no se esconden y no mienten. También nos consuela ver a Jesús que, con todo el poder de su palabra, no consigue entrar en esas cabezas duras. Confía en la intimidad de la casa de Cafarnaúm para intentar continuar el diálogo. Pero, incluso protegidos por los muros de su casa, los discípulos no tienen el valor de decir lo que estaban discutiendo en el camino. Pensaban en quién debería liderar su grupo cuando Jesús muriera, como ya les había predicho dos veces. Sienten que esa discusión no es buena y, por lo tanto, guardan silencio. Esta vez Jesús no regaña, sino que aprovecha para volver a enseñar. Con palabras tranquilas y lapidarias: si alguien quiere ser líder en la iglesia, en cualquier nivel, debe ser el último de todos y el servidor de todos.

E inmediatamente después, Marcos, como único entre los sinópticos, describe el gesto del abrazo de Jesús a un niño, al que muestra a los discípulos como objeto de su atención e indirectamente como modelo. Los anima a acoger a los niños en su nombre: porque así acogen a Jesús y al Padre que le envió. Cuidarlos les ayudará a olvidar el encanto del poder. Los niños eran parte de los últimos: también deben hacer así los que quieren ser los primeros entre los discípulos de Jesús.

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