Lecturas del domingo

«Pedro durmió tranquilo en la cárcel». Solemnidad de san Pedro y san Pablo

Comentario a las lecturas de la Solemnidad de san Pedro y san Pablo.

Andrea Mardegan·27 de junio de 2022·Tiempo de lectura: 2 minutos
pedro y pablo

Cuando leemos en los Hechos lo que sufrieron los apóstoles por su testimonio sobre Jesús, podemos centrarnos en lo bueno: el poder de la fe, la corona del martirio o, en el caso de Pedro capturado por Herodes, que todo acabó bien, que la Iglesia con su oración incesante y el ángel con su fuerza pudieron vencer la maldad del tirano. Pero es importante que también reflexionemos sobre la magnitud de las pruebas que han sufrido los apóstoles y los mártires de todas las épocas. Pensemos en ello: “El rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la Iglesia”. No es agradable sentirse perseguido, tener la incertidumbre de lo que puede pasar en la calle o saber que pueden entrar en tu casa para encarcelarte. Estar en peligro de muerte. Santiago, el hermano de Juan, es asesinado por la espada. Es el primero de los apóstoles que sigue a Jesús hasta la muerte. Lo había aceptado: le había dicho a Jesús que podía beber su propio cáliz, y Jesús le había asegurado: así será. 

Pedro fue arrestado para complacer a los judíos. Vigilado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Herodes temía que sus hermanos se levantaran en armas para asaltar la prisión y liberarlo. No sabía él que la única espada que Pedro tomó en la noche de la traición no le sirvió para nada. La única y torpe herida que produjo en la oreja del siervo del sumo sacerdote fue inmediatamente curada por Jesús. Pongámonos en la piel de Pedro para entender que no fue un momento agradable. Pero gracias a los tres actos de amor que curaron las tres negaciones, y al Espíritu Santo que le dio fuerza y consuelo, Pedro sintió la cercanía de Jesús, y de hecho durmió tranquilo en la cárcel. Soñó tranquilamente: incluso el ángel que lo liberó, le pareció un sueño o una visión. 

Esa noche le había ido bien. Una vez más había experimentado el poder de Dios. Ese recuerdo debió de ayudarle cuando no le fue posible bajar de la cruz, durante la persecución de Nerón, cuyo fatal desenlace celebramos hoy. Debió darse cuenta de que realmente había llegado el momento de que se cumpliera la profecía de Jesús: “Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”. En efecto, había llegado el momento de aceptar esa muerte con la que, como dice el evangelio de Juan, “iba a dar gloria a Dios”. Había llegado el momento de obedecer definitivamente a la última palabra que Jesús le dijo a orillas del lago: “Sígueme”. Esta vez ningún ángel vendría a liberarlo. Pidamos la intercesión de Pedro y Pablo para obtener de Dios la gracia de estar preparados, cuando llegue el momento de seguir también nosotros a Jesús con radicalidad por el camino de la cruz. Que podamos encontrar la mirada de María.

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