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Calvino y el mundo: ideas clave y difusión de la “segunda reforma”

¿Cuáles son los principales puntos de la doctrina calvinista?, ¿qué influjo tuvo en Europa y cómo se relaciona con otras confesiones? Son algunas de las cuestiones que aparecen en este artículo de fondo sobre la figura del reformador suizo. 

Pablo Blanco Sarto·4 de mayo de 2021·Tiempo de lectura: 9 minutos
John Calvin . Tiziano
Foto: Retrato de Calvino por Tiziano

Hace algo más de un año, la catedral de Ginebra, acogió la primera celebración eucarística después de cinco siglos ninguna ceremonia católica. Una celebración que volvió a poner sobre la mesa las ideas sobre la teología reformada. En este artículo nos referimos a aquellas comunidades que formaron parte de una «segunda reforma» protestante, auspiciada en tierras suizas por Zwinglio y Calvino. De allí se va a difundir por todo el mundo, hasta llegar a los 75 millones de cristianos pertenecientes a la Alianza reformada mundial.

La influencia en el mundo de las ideas y en la sociedad resulta todavía mayor. Reciben también a veces los nombres de puritanos, presbiterianos y congregacionalistas. El desarrollo de estas comunidades no solo en tierras helvéticas, sino también en Francia, Holanda, Escocia, Estados Unidos, Latinoamérica o Corea. El calvinismo se ha convertido así en un fenómeno mundial.

1.Los orígenes suizos

En la Suiza alemana, Ulrich Zwinglio (1484-1531) predicó un radicalismo disgustó al mismo Lutero. Este se enfrentó con el reformador suizo en la Disputa de Marburgo en 1529, quien defendía solo la dimensión simbólica de la eucaristía. Zwinglio pertenecía a la misma generación que Lutero, y por eso nunca quiso que le llamasen luterano, aunque aceptó la doctrina de la justificación por la sola fe. Además, Zwinglio veía en Cristo al maestro y al modelo, mientras para Lutero, Cristo era el Salvador que perdona y da la vida eterna por pura misericordia. La mentalidad de Lutero estaba siempre marcada por la teología de la cruz; la de Zwinglio, por la filosofía humanística con sus métodos, su lógica y su exigencia intelectualista. Las tendencias espiritualistas e intelectualistas propias del humanismo fueron exageradas: nada de imágenes ni sacramentos, sino sobre todo liturgia de la Palabra.

Juan Calvino (1509-1564) abrió nuevos caminos en el protestantismo. Había recibido una formación jurídica que va a influir en la exposición de la doctrina y en la organización civil y eclesial. Trabajador incansable, procura instaurar en Ginebra las condiciones de vida de la Iglesia primitiva. Así, todos los aspectos de la vida social resultaron regulados: no solo la predicación y los cantos religiosos, sino también castigando con la pena de muerte por blasfemia, adulterio u ofensa a los propios padres. Esta organización férrea a la que sometió a la ciudad tuvo algunas consecuencias positivas, como la mejora de la calefacción, la industria textil o la atención sanitaria. El mismo día de su muerte reunió a sus amigos en torno a su lecho para predicarles un sermón. Cuando murió el 27 de mayo de 1564, toda Ginebra lloró ante su féretro. Logró así una verdadera teocracia bajo el gobierno directo de la palabra de Dios.

Calvino tiene la misma concepción sobre la justificación que Lutero, e incluso la intensifica, con la «doctrina de la predestinación

Pablo Blanco

Calvino expuso su doctrina en el tratado llamado la Institución cristiana, una de las obras más influyentes de la literatura mundial, junto al Pequeño catecismo de Lutero. Calvino tiene la misma concepción sobre la justificación que Lutero, e incluso la intensifica, con la «doctrina de la predestinación». Escribe: «Lo que hay de más noble y laudable en nuestras almas no solo está herido y dañado, sino totalmente corrompido». Calvino identifica pecado original y concupiscencia, entendida como la oposición entre el hombre y Dios, entre el finito y el infinito, dirá después Karl Barth. El hombre nace empecatado y, después del Bautismo, lo sigue estando: «El hombre por sí mismo no es sino concupiscencia». Por tanto, a) el hombre no es libre, sino que está totalmente sometido al mal; b) todas las obras espirituales del hombre son pecado; c) las obras del justo son también pecado, aunque Cristo las conoce y las oculta; d) la justificación es la mera no imputación del pecado.

2. La teología calvinista

«Calvino tuvo una personalidad polifacética y genial, escribió Lortz. La doctrina por él enseñada, aunque acuse la influencia de Lutero, es un producto original». Tenía además una cabeza sistemática, propia de quien ha sido formado en la ciencia jurídica, pero tenía también un corazón tierno y delicado. «Además –escribe Gómez Heras−, Calvino supo imprimir a su protestantismo un carácter más universalista que Lutero», del que proceden el dinamismo misionero de los calvinistas, su amor al riesgo y a la aventura, e incluso su talante ecuménico. Teólogos como Zwinglio, Bucero, Bullinger, Laski y Knox han aportado un proprium a la fe reformada, que toma diversa fisonomía en cada comunidad eclesial. A pesar de todo, se presentan algunos elementos comunes, entre los que podemos destacar los siguientes, a modo de síntesis a partir de lo anteriormente expuesto:

a) En el ámbito reformado está vigente el principio sola Scriptura, y tiende a la interpretación literal de la Biblia. Junto a ella, las profesiones de fe son testimonios situados en el tiempo en los que la comunidad reconoce sus creencias. La tradición reformada ha producido numerosas confesiones de fe, como la Declaración teológica de Barmen (1934), los Fundamentos en perspectiva del Credo de la Iglesia reformada holandesa(1949) y la profesion de fe de la Iglesia unida presbiteriana de los Estados Unidos(1967).

Aunque estas no gozan de la autoridad que detentan los escritos confesionales del luteranismo (especialmente la Confesión de Augsburgo y los catecismos de Lutero). No hay pues ningún escrito confesional que sea vinculante para todas comunidades reformadas. El principio congregacionalista de la autonomía de cada comunidad prevé incluso el derecho de establecer los fundamentos de la propia fe.

El calvinismo está más pendiente que el luteranismo del concepto de santificación personal, que le lleva al cumplimiento de la ley y a la tarea de santificar el mundo.

Pablo Blanco

b) Es nuclear el concepto de elección de la persona en Cristo: la salvación humana no depende de la buena voluntad o propias disposiciones, sino tan solo en la fe: el que cree está predestinado. En Calvino se encuentra sin embargo –a diferencia de Lutero– una cierta subordinación de la divinidad de Cristo, con una cierta tendencia nestoriana. La enseñanza reformada clásica de la «doble predestinación» (a la salvación o a la condenación) tiene hoy escasa relevancia. Pero igualmente los temas de la fe y la santidad, la penitencia y la conversión son todavía fundamentales en la teología reformada. El calvinismo está más pendiente que el luteranismo del concepto de santificación personal, que le lleva al cumplimiento de la ley y a la tarea de santificar el mundo.

c) Resulta fundamental también la realidad del Dios vivo que se revela en la Escritura. La Revelación soberana y gratuita de Dios en Jesucristo fue explicada de modo incisivo por el más importante teólogo reformado de la época moderna, Karl Barth. Allí se muestra bien bien lo que significa el soli Deo gloria, pues al reformador suizo le interesaba solo la gloria de Dios, y no tanto la propia salvación, como a Lutero. Puede reconocerse esto en la enseñanza sobre la soberanía de Dios: Dios realiza en el mundo su voluntad de un solo modo, por la soberanía fundada en Jesucristo y ejercida por medio de él.

d) La «teología de la alianza» reformada desarrolla el pensamiento de la soberanía de Dios en la perspectiva de la historia de la salvación, y considera el Antiguo y el Nuevo Testamento como una unidad: la «alianza de obras» y «de gracia» están ordenadas la una a la otra. El valor del Antiguo Testamento en el cristianismo reformado encuentra aquí su fundamento. El compromiso del cristiano a la alianza establecida con Dios está en la base de la ética cristiana («ética de la alianza») como consecuencia de la soberanía de Dios en el mundo. Desde esta perspectiva positiva el cristianismo reformado encuentra fuerza para actuar en el mundo.

e) Los sacramentos –Bautismo y Cena− están unidos a la Palabra; son signos y sellos de la predicación de la gracia. El Bautismo no es necesario para la salvación, pero sí un serio mandamiento de Cristo, por lo que a veces se retrasa para la edad adulta según la propuesta anabaptista. La doctrina sobre la Cena –celebrada cuatro veces al año− se encuentra entre la de Lutero y Zwinglio. Las formas de la doctrina clásica (la presencia espiritual de Calvino y la con-sustanciación de Lutero) se entienden como intentos de comprensión de la misma fe eucarística, por lo que ya no se ve como fuente de división. Por eso practican la intercomunión o la llamada «hospitalidad eucarística» entre ellos. Si en la concepción luterana, la Eucaristía es el cuerpo de Cristo; en Calvino está; y en Zwinglio solo lo significa.

f) Frente a un cierto pesimismo antropológico propio del luteranismo, encontramos a un optimismo calvinista que entiende el mundo como tarea. En el calvinismo puede encontrarse una ética de la acción y del éxito, que le proporcionarán un gran éxito en su actividad misionera. No en vano, el sociólogo Max Weber formuló la teoría de la ética calvinista como fundamento del espíritu capitalista, si bien esta teoría ha sido profundamente discutida.

Si para Lutero la religión es algo fundamentalmente interior, en Calvino presentará una dimensión marcadamente social. Frente a un cierto quietismo luterano, encontramos con un activismo calvinista que propicia la estructura democrática: «el calvinista –afirma Algermissen− que actúa con éxito para gloria de Dios se siente como elegido, como predestinado». Este principio explicaría el desarrollo económico en países anglosajones, donde triunfó rápidamente el calvinismo. Aquí también existen diferencias con la visión católica, que procura combinar el éxito personal con el principio de solidaridad.

Si para Lutero la religión es algo fundamentalmente interior, en Calvino presentará una dimensión marcadamente social.

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El ideal calvinista está caracterizado, por una parte, por la simplicidad y la sobriedad de las costumbres y conducta y, por otro, por un interés vivo por las cuestiones sociales y políticas, por la ciencia y por el arte. Es la llamada «moral puritana», que tanto ha marcado –para bien y para mal- el desarrollo de algunos países. La ética es vista como obediencia y realización de un ordenamiento eclesial junto al social y político. Como veíamos, Calvino propugnó la colaboración entre la Iglesia y el Estado: son dos poderes distintos pero subordinados a la soberanía de Dios, que deben colaborar para el bien de la misma y única sociedad humana. El dualismo luterano que distingue entre el poder secular y el espiritual es ajeno al pensamiento reformado. El poder temporal casi se identifica con el religioso.

Frans Hogenberg. El motín iconoclasta calvinista del 20 de agosto de 1566

3. Iglesia y ecumenismo

Según Calvino, la Iglesia es la comunidad invisible de los predestinados, pero se hace visible en su misión de guiar a todos. El reinado de Cristo debe manifestarse e imponerse por medio de los ministerios eclesiales, y por eso la estructura eclesiástica cobra una importancia decisiva. La fe y la disciplina adquieren un carácter prioritario en la comunidad, y el Estado debe ayudar a la Iglesia. Esto constituye habitualmente Iglesias nacionales. Mientras en el luteranismo el poder temporal primaba sobre el espiritual, en el calvinismo será al contrario, hasta el punto de que a los disidentes en materia de religión se les ofrece el privigelium emigrandi.

Para Calvino, la fe y la disciplina adquieren un carácter prioritario en la comunidad, y el Estado debe ayudar a la Iglesia

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En lo que se refiere a la eclesiología, Calvino se interesó más que Lutero por la Iglesia visible, su doctrina, legislación y ordenamiento. En las exposiciones tardías subraya la importancia de la Iglesia invisible, pero lo hace para distinguirse de Roma: también para él es válida la idea de que existe una Iglesia invisible que reúne a los elegidos de todos los tiempos. Pero solo los miembros de la Iglesia visible pueden pertenecer a la Iglesia invisible, aunque no todos sus miembros visibles pertenecen a la invisible. Cristo construye su Iglesia con la Palabra y el sacramento, y la formación de los fieles para la santidad juega un papel fundamental, de manera que el ordenamiento eclesial es muy importante en su eclesiología.

De eclesiología trata casi la mitad de su Institutio de 1559, y en relación con el ministerio, sostiene lo que entiende ser testimonio neotestamentario; esto es, un ministerio de cuatro niveles: pastores doctores, ancianos y diáconos. El ministerio episcopal no es sin embargo necesario para la Iglesia, de ahí los posteriores desarrollos «presbiterianos» opuestos a los «episcopalianos» o anglicanos.

Esta enseñanza de Calvino se ha llevado a cabo de maneras diversas en los ordenamientos eclesiales reformados y el número de ministros ha sido modificado, quedándose en tres: el párroco o servidor de la Palabra, el presbítero (anciano o servidor de la Mesa) y el diácono o servidor de los pobres. Estos tres ministerios guían la comunidad en el presbiterio o consejo eclesial; pero la única cabeza de la Iglesia sigue siendo Cristo.

Sin embargo, la eclesiología cristológico-pneumatológica de los reformados reclama abandonar la estructura jerárquica, ya que los diversos ministerios se comprenden como elementos que se integran recíprocamente a partir del señorío de Cristo. Ningún ministerio está subordinado a los demás, y ninguna comunidad prevalece respecto a otras. Esto permite una «eclesiología abierta» y una estructuración más bien de tipo congregacionalista o presbítero-sinodal de tipo marcadamente participativo. No es este sin embargo un sistema de representación democrática de los fieles, sino expresión de la comunión espiritual de la comunidad fundada por Cristo en el Espíritu.

Ningún ministerio está subordinado a los demás, y ninguna comunidad prevalece respecto a otras. Esto permite una «eclesiología abierta» y una estructuración más bien de tipo congregacionalista

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Los sínodos, que originariamente eran reuniones de los ministros para tratar de temas comunes, conceden un gran peso a los «laicos» (los no-teólogos) y los presbiterios locales de los elders. Estos no son meros consejeros sino que tienen los mismos derechos y deberes en el gobierno central o comunitario. Con esta organización las comunidades reformadas han mantenido su identidad original y la independencia, especialmente donde -como en Holanda- no existía un gobierno eclesial regional. Han nacido así como movimientos de oposición a la reglamentación estatal o a la mayoría confesional, como en Escocia, Francia, Inglaterra y la Baja Renania. En relación con un magisterio vinculante, vale lo mismo que en las comunidades luteranas: los sínodos tienen un papel particular, y el carácter abierto de la eclesiología reformada ha provocado las primeras uniones del cristianismo reformado.

La teología ecuménica reformada es sobre todo de tipo federalista, pues busca la unión entre las distintas comunidades separadas al unirse entre ellas. Así, las «Iglesias unidas» (unierte Kirchen) en Alemania fueron las uniones promovidas por el Estado entre reformados y luteranos en el siglo XIX en territorios confesionales mixtos. Por su origen desde arriba, se distinguen de las «Iglesias de la Unión» (Unionskirchen) que surgieron como consecuencia del movimiento ecuménico nacido desde la base en el siglo XX. Aquellas alianzas, nacidas con la oposición popular y separadas de las comunidades luteranas, son uniones administrativas que han alcanzado la intercomunión eucarística entre las distintas denominaciones protestantes.

Así, las Iglesias reformadas en Europa dieron un paso esencial en la Concordia de Leuenberg de 1973, entre las que existe comunión doctrinal y eucarística. Por tanto, un calvinista puede comulgar en una Comunidad luterana, y viceversa. El teólogo luterano Oscar Cullmann (1902-1999) propuso por el contrario la fórmula de la «diversidad reconciliada», de gran aceptación en los círculos ecuménicos. Esta propuesta promueve la unidad, sin comprometer la propia identidad.

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