Teología del siglo XX

El caso Hans Küng

En la posteridad quedarán ligadas las figuras de dos teólogos casi coetáneos de lengua alemana: el bávaro Joseph Ratzinger (1927-) y el suizo Hans Küng (1928-2021).

Juan Luis Lorda·24 de noviembre de 2022·Tiempo de lectura: 8 minutos
Küng

Joseph Ratzinger y Hans Küng coincidieron como peritos en el Concilio Vaticano II (1962-1965) y como colegas en la Universidad de Tubinga (1966-1968); y recorrieron después caminos muy divergentes: Ratzinger hacia el papado y Küng hacia una sonada disidencia. “Una comparación de nuestras respectivas trayectorias vitales […] podría ofrecer análisis sumamente reveladores de la evolución de la teología y la Iglesia católica e incluso de la sociedad en general”, escribe Küng en el prólogo de su segundo volumen de memorias, Verdad comprometida, al tiempo que expresa su decepción de que Ratzinger haya llegado a ser Papa.

Un coche y una misión

Se suele recordar que, en Tubinga, Ratzinger circulaba en bicicleta y con boina negra, y Küng lo hacía con un Alfa Romeo rojo y atuendo deportivo. Una anécdota no retrata una persona. Pero cambiar su viejo Volkswagen escarabajo, habitual entre los curas, por un Alfa Romeo “rojo” (color llamativo entonces) algo dice. En oficios tan expuestos al público como sacerdote y profesor, estos detalles son muy significativos. Este, por lo menos, señala dos cosas. La primera que, al contrario de Ratzinger, Küng había decidido no pasar inadvertido. La segunda es su intención de romper con los clichés eclesiásticos y acomodarse al mundo moderno y democrático. 

Küng nunca simpatizó con la estética e ideas marxistas que entonces presionaban en la universidad y en la Iglesia. Pero amó el mundo y el mundo le amó. Ningún otro teólogo o eclesiástico ha recibido tanto apoyo en medios laicistas, y tal cantidad de doctorados honoris causa. Se premiaba su brillantez, pero también, o sobre todo, su crítica a la Iglesia. El mundo moderno occidental no ama a la Iglesia católica. A medida que pierde sus raíces cristianas, se siente incómodo con ella y quiere que cambie con él o desaparezca. Küng se impuso la tarea de superar lo inaceptable para poner el cristianismo a la altura de los tiempos. 

Formación y cátedra

Hans Küng nació en Sursee, una pequeña población del cantón suizo de Lucerna, donde su padre era zapatero. 

Tras los estudios secundarios, entró en el Colegio Germánico de Roma (1947-1954), y estudió filosofía y teología en la Universidad Gregoriana, con trabajos sobre Sartre y Barth: siete años que recordaría con aprecio. Los completaría en el Instituto Católico de París (1955-1957), con una tesis sobre la justificación en Barth, que le dirigió Louis Bouyer y se publicó con carta laudatoria de Barth.

En 1958, Juan XIII convocó el Concilio Vaticano II, que empezaría en 1962. Küng tenía muchas ideas sobre lo que había que mejorar. Entretanto, después de pasar por Münster, consiguió la cátedra de Teología Fundamental en Tubinga, donde permanecería casi toda su vida (1960-1996). 

El concilio y el posconcilio de Küng

Se adelantó escribiendo El Concilio y la unión de los cristianos (1960), que le produjo fama y críticas. Para cuando comenzó el Concilio (1962), ya había dado conferencias sobre el Concilio por media Europa, y publicó otro libro, Estructuras de la Iglesia (1962), con más fama y más críticas. Fue llamado como perito por Juan XXIII y se movió entre los obispos y ante los medios de comunicación, llegando a ser una de las caras más visibles. 

Pero, quizá por aquellas reticencias, no entró en la comisión teológica central ni jugó un papel relevante en la redacción. Enorme decepción, que le llevó a impulsar su reforma desde fuera. Así se inició un itinerario cada vez más crítico (y despectivo) con la “estructura”, que duraría toda su vida. Se convertiría en el mayor exponente del “espíritu del Concilio” para impulsar en paralelo la reforma que, en su opinión, el Concilio real no había logrado articular. Tuvo una inmensa influencia por su talento para la narrativa de las ideas, y porque la crítica interesaba.

Tras el Concilio, el trabajo de Küng se desarrolla en dos fases, una interna, de reforma crítica de la Iglesia y su mensaje; y la segunda, externa, de diálogo interreligioso con la propuesta subsiguiente de una ética mundial. Entre las dos fases, está la retirada de la venia como teólogo católico (1979). 

La reforma de Küng

Como después muchos otros, Küng asumió el rol (algo barthiano) del profeta puro que se enfrenta valientemente a la corrupción interesada de los impuros. Pero mientras Barth atacaba la desviación de los teólogos liberales, Küng encarnó de nuevo los “gravamina nationis germanicae”: las quejas históricas de la nación alemana (y de toda la historia) contra la autoridad de Roma. Küng duda de que Cristo quisiera fundar una Iglesia, y desde luego no la que existe. Le encantan las manifestaciones carismáticas de la primera época, pero ve el desarrollo de la jerarquía como ajeno y contrario a la voluntad de Cristo. Esto aparece en su libro La Iglesia (1967) y se desarrollará después. Cabe objetar que el despliegue de la estructura fue tan obra del Espíritu como lo demás. Así lo entendieron los primeros. Los errores históricos, consecuencia de una real “encarnación” del “Cuerpo de Cristo”, no desdicen esto. 

A continuación, va a revisar a fondo la figura de Cristo y desvestirla de los añadidos “helénicos” y “bizantinos”, expresados en el Credo. No le gusta la “Trinidad” ni sus “personas” y quiere volver al Cristo de los Evangelios, de la comunidad “judeocristiana”, un hombre justo elevado “a la derecha de Dios” (Hch 7, 56, Hb 10, 12), animado por el Espíritu, entendido como fuerza de Dios. También contesta la idea de una resurrección en sentido literal. Hay que decir que esa comunidad “judeocristiana”, además de creer en la resurrección física de Cristo, también creía en él como “imagen de la substancia divina” (Hb 1, 3), Verbo encarnado (Jn 1, 14), “de condición divina” (Flp 2, 6), “Imagen del Dios invisible… en quien fueron creadas todas las cosas… y que existe con anterioridad a todo” (Col 1, 15-17). Pero esto va a la papelera. Quiere un Cristo creíble para el mundo. En su libro más famoso y difundido, Ser cristiano (1974), reconstruye el cristianismo desde la reinterpretación de Cristo. Y, mucho más duro, en El cristianismo, esencia e historia (1994).

Por supuesto, de paso, en esta renovación cristiana se asumen todas las reivindicaciones típicas del mundo moderno frente a la Iglesia: ordenación de mujeres, dudas sobre el ministerio ordenado y el papel de los laicos, supresión del celibato y de la moral matrimonial, y, al final, la posibilidad de la eutanasia.

El “fundamento” exegético

Küng dice apoyarse en la opinión de “la mayoría de los exegetas”. Pero el problema de la exégesis “científica” es que apenas es “científica”, porque su base es muy estrecha. Casi no hay más datos para reconstruir los hechos que los textos del Nuevo Testamento. Por eso, depende de conjeturas; y éstas dependen de los propios prejuicios. Si no crees posible que Cristo sea realmente Hijo de Dios o que haya resucitado, tienes que explicarte cómo han podido llegar a creérselo los primeros. Pero esa reconstrucción inventada es solo una explicación de la fe sin fe. Mientras que la fe de la Iglesia, base de la teología, comparte la fe de los primeros, testimoniada en los textos.

En este contexto, se entiende el esfuerzo de Joseph Ratzinger en su Jesús de Nazaret, obra deseada toda su vida, para hacer una exégesis creyente (no reinventada) de la figura de Cristo.

Infalible

Todo esto hacía mucho ruido en la Iglesia. En distintos momentos, la jerarquía alemana y romana le pidió explicaciones que no quiso dar. En contraste con el descaro insultante de Küng, las objeciones de la autoridad eran notoriamente tímidas. El viejo Santo Oficio, convertido en Congregación para la Doctrina de la Fe, se veía atenazado tanto por los excesos de su celo en intervenciones antes del Concilio, que no quería repetir, como por la previsible tempestad mediática que desataría la más mínima intervención. 

La gota que colmó el vaso o, para ser más gráficos, el pastel que estalló ante las caras de todos, fue el libro de Küng, ¿Infalible? Una pregunta (1970). Era una revisión histórica provocativa del Concilio Vaticano I con un ataque directo a la autoridad del Papa en la Iglesia. Muchos teólogos de primera fila le hicieron serias objeciones (Rahner, Congar, Von Balthasar, Ratzinger, Scheffczyk…). Pero Küng se reafirmó: Falible, un balance (1973). Circuló entonces el chiste de que unos cardenales habían ido a ofrecer a Hans Küng que fuera Papa, pero él se disculpó argumentando que, si aceptaba, dejaría de ser infalible. 

La retirada de la venia docendi (1979)

Tras muchas dudas, ya con Juan Pablo II, se decidió retirarle la venia docendi que le habilitaba para enseñar como teólogo católico (15-XII-1979). Era lo mínimo. Contra lo que se suele repetir, todavía no estaba Ratzinger a la cabeza de la Congregación. Mientras la jerarquía alemana le transmitía, entre algodones, que quizá algunos aspectos no se acomodaban del todo a la doctrina, él denunciaba un corrompido, necio, constante e inquisitorial abuso de poder de una jerarquía ilegítima y sin fundamento en el Evangelio. Siempre fue pródigo en descalificaciones “proféticas” con los contrarios: en todas sus obras, en sus memorias y especialmente en sus entrevistas. Gustaba a sus fans y a los medios, aunque incomodaba a sus colegas académicos.

El efecto de aquella retirada fue simplemente que su Universidad trasladó su cátedra de la Facultad de teología a la de filosofía, con lo que no hacía falta venia; la prensa laicista montó un escándalo, lleno de elogios para él y denostaciones para la autoridad eclesiástica; el mundo le colmó de doctorados honoris causa; y así alcanzó una nueva fama mundial. 

Nuevos intereses 

“La retirada de la licencia eclesiástica […] fue para mí una experiencia profundamente deprimente. Pero al mismo tiempo significó el comienzo de una nueva etapa de mi vida. Pude ocuparme de toda una serie de temas […]: la mujer y el cristianismo, teología y literatura, religión y música, religión y ciencia de la naturaleza, el diálogo de las religiones y las culturas, la contribución de las religiones a la paz mundial y la necesidad de una ética común a toda la humanidad, de una ética mundial” (Humanidad vivida, prólogo; es el tercer y último volumen de memorias).

Dirigió, efectivamente, su atención hacia las religiones y escribió gruesos volúmenes bastante interesantes, como El judaísmo, pasado presente y futuro (1991), El Islam. Historia, presencia y futuro (2004), con su buena narrativa (aunque con alguna puya cuando se terciaba). También mantuvo una inteligente defensa de Dios ante el mundo moderno y las ciencias: El principio de todas las cosas. Ciencia y religión (2005).

Desde el diálogo interreligioso, se embarcó después en un proyecto de ética mundial, buscando unos mínimos éticos comunes. Creó la Fundación por una Ética Mundial (Stiftung Weltethos) que dirigió muy activamente (1995-2013), involucrando muchas celebridades y organismos internacionales. El proyecto no carece de interés, como destacó Benedicto XVI en la larga entrevista que mantuvieron en Castelgandolfo (24-IX-2005), donde, de común acuerdo, se centraron en esto y no en las dificultades doctrinales. 

Hemos empezado por Barth, y es difícil evitar darse cuenta de que hemos pasado de la fe cristiana a la ética. Es precisamente lo que Barth criticaba a la teología liberal protestante y Kierkegaard a la sociedad burguesa. Pero es inevitable si convertimos a Cristo solo en un hombre bueno elegido y encumbrado por Dios. Sin duda, Küng aprecia a ese Cristo “evangélico” y quiere asumirlo y proponerlo como modelo, pero si no es realmente Hijo de Dios, no se nos ha abierto Dios y se acaba la “teo”-logía. Apenas podemos hablar de Dios, como sucede en el judaísmo y en el islam. A Küng le gusta el último título de Dios en el islam: el desconocido o innombrable. Por contra: “A Dios nadie le ha visto nunca, el Hijo Unigénito que está en el seno del Padre nos lo ha revelado” (Jn 1, 18). Así podemos vivir en Él. Pero tampoco le gustaba a Küng el tema de la inhabitación y divinización: le parecía que ningún hombre moderno podía desear tal cosa…

¿Küng hereje?

Aparte de que el asunto necesita ser repensado, hoy es prácticamente imposible declarar a nadie hereje. Küng no lo es: no ha habido condena ni expulsión formal, ni siquiera suspensión a divinis. Küng ha comparado muchas veces el Magisterio y la curia romana con la Gestapo, pero el hecho es que hoy la Iglesia no tiene poder. Es mucho más víctima que verdugo; y quizá es mejor, porque así se parece más a Cristo. 

Desde luego, Küng representa una opción heterodoxa muy extendida en la Iglesia católica del siglo XX. Él mismo estaba seguro de no decir lo que la Iglesia dice sobre sí misma y sobre Jesucristo (y sobre la moral) por parecerle impresentable. Así logró el aprecio del mundo y el reconocimiento entusiasta del sector más progresista de la Iglesia, dominante entonces, aunque en los últimos decenios ha declinado mucho más rápido que la Iglesia misma (no puede uno aserrar sus fundamentos). Al final va quedando claro que la teología católica no puede seguir a Küng y que (el pobre) Ratzinger es mejor camino.

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