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Año de San José: buen padre

En el anterior artículo de esta serie, con motivo del año de San José convocado por el Papa Francisco, nos preguntábamos en qué consistía la grandeza de san José, y concluíamos que está en el hecho de ser esposo de María y padre de Jesús. Su esponsalidad ya la comentamos, ahora pasamos a referirnos a su paternidad.

Alejandro Vázquez-Dodero·21 de enero de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
año de san Jose

El santo patriarca –como también se le denomina– fue absolutamente consciente de la condición divina de Jesús, pues sabía que era hijo de Dios, nacido de María por obra del Espíritu Santo.

Obviamente san José fue conocedor de que Dios asumía la naturaleza humana, eligiendo a su esposa como madre, la cual fue siempre virgen: antes, durante y después del parto. 

Lejos de guardar distancias ante ese Niño engendrado por obra del Espíritu Santo, lo acogería como un buen padre, y le procuraría todo su cariño y enseñanzas. Tuvo la valentía, el coraje, de asumir su rol de padre –legal– de Jesús, una vez el ángel le reveló en sueños (Mt 1, 21) la procedencia divina del Niño y su misión salvadora.

Así pues, la paternidad de José tuvo su singularidad, pues tanto él como Jesús y María, sabían que se trataba del hijo de Dios. Pero ello no impidió que fuera auténtica paternidad –muy humana– y que para ser padre aprendiera “el oficio” –y beneficio– de serlo.

Jesús era reconocido por sus contemporáneos como el hijo de José, o del carpintero. Y no de cualquier otro modo. Así lo reflejan los santos Evangelios. Es decir, que lo relevante para los amigos y vecinos de la Sagrada Familia era esa relación paterno-filial, precisamente, como característica más evidente de ese Niño divino, hijo de sus conciudadanos Myriam y José.

Verdadero padre para su Hijo

¿Con qué amor amaría José a Jesús, sino con un amor pleno, como verdadero padre que se sabía de su hijo? 

Podemos entonces imaginar el dolor que supondría para José escuchar del ángel en sueños (Mt 2, 13) que Herodes buscaba al Niño, su hijo, para matarlo. Y, asimismo, el gozo que le produciría haberle salvado de ese asesinato refugiándose en Egipto hasta la muerte de aquel mandatario. O la desconsoladora búsqueda del Niño perdido (Lc 2, 44-45) hasta que lo hallaron, él y María, en el templo enseñando a los doctores de la ley. 

En todo caso, también como buen marido de María, iría con Ella contrastando todo lo que percibía de Dios y cuánto le afligiera. Una esposa como ninguna, en quien se apoyaría aquél que le fue confiado, a quien amaría incondicionalmente y de quien percibiría ese amor total. Una esposa en la que confiar, con la que caminar, para educar y amar ambos, bien unidos, al Hijo de Dios.

El amor que derrocharía José con su hijo estaría inspirado en las varias referencias a la ternura en la Sagrada Escritura (Sal 103, 13; Sal 145, 9) como pone de manifiesto el Santo Padre en la Patris Corde. La ternura propia de un padre, ésa es la que derrocharía José con Jesús. A la vez estaría, como se dice, “a las duras y a las maduras”, pues educar es gozoso y costoso al mismo tiempo, y ese gozo y coste no le serían ahorrados al santo patriarca.

La Sagrada Escritura (Lc 2, 52) destaca que Jesús crecía en estatura y sabiduría ante Dios y ante los hombres. Ello habría que agradecérselo a san José, quien ejerció responsablemente y a conciencia su paternidad, y enseñó al Niño todo cuanto estaba de su mano para formar ese Hombre que llevaría a cabo la misión del Hijo unigénito de Dios. Le introduciría en la experiencia de la vida; le formaría, a fin de cuentas, en libertad y responsabilidad.

Instrumento fiel

La “poquedad” que sentiría un sencillo carpintero o artesano ante la grandeza de la obra que Dios le confiaba –ser el padre legal de su Hijo, o sea ser el padre de Dios– haría que se confiase totalmente al Creador, quien había dispuesto que así fuera. 

Sólo abandonado en las manos de Dios podría llevar a cabo su misión. De ahí esa actitud suya de acogida generosa de la voluntad divina para cumplir el plan dispuesto; de ahí que en sueños escuchara atento lo que se le decía para poder desempeñarlo con la mayor fidelidad posible.

Un hombre humilde, casi ni mencionado en el Nuevo Testamento: en los pasajes de la Natividad del Señor y en la secuencia referida al momento en que Jesús se perdió y fue hallado por su padres en el templo predicando. Además, tampoco dejó rastro de su porvenir, pues no sabemos cuándo ni cómo murió.

No era rico, era uno más entre los suyos; sin duda con una personalidad fuerte y decidida para hacer lo que hizo, nada temoroso o asustado ante la vida, resolutivo ante las tareas que el Señor le iba encomendando.

Fiel y dedicado a su misión, no discutiría jamás la voluntad de Dios, que en ocasiones le llegó a través de los ángeles: obedeció. Y ello a pesar de lo costoso de los cambios de planes que implicaba, de la interrupción de lazos de amistad, del arraigo en distintos lugares, pues cada cambio de ciudad –Belén, Egipto, Nazaret…– supondría cortar con lo anterior y empezar todo de nuevo. ¡Pero siempre confiado en la providencia divina!

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