Evangelio

4 de abril. Vigilia de Pascua

Andrea Mardegan·31 de marzo de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos

En la Vigilia Pascual leemos la resurrección según Marcos. María de Magdala, María la madre de Santiago el menor, y Salomé, habían seguido y servido a Jesús desde Galilea, han visto su cruz y su sepultura. Los hombres se han escapado y están consternados. Las mujeres, portadoras de vida, van hacia donde les lleva el corazón, hacia el sepulcro, con la fuerza del amor que quieren manifestar hasta el final, con el deseo antiguo de toda la humanidad de llenar de afecto el cuerpo ya frío de una persona amada, con los aceites aromáticos comprados con anticipación, quién sabe cuándo. Con el ingenio del amor, que es más fuerte que la muerte. 

Pero la muerte hasta aquel día tenía la palabra definitiva. Habían observado a José de Arimatea que envolvía el cuerpo de Jesús en una sábana nueva, lo deponía en un sepulcro excavado en la roca y hacía rodar una piedra para cubrir su entrada. Habían memorizado todo. 

Van al amanecer: se citaron, se levantaron de noche y, en cuanto pudieron moverse, van. Fuertes por el amor a Jesús, y por la amistad entre ellas. No las detiene la imposibilidad física de mover la piedra, la imposibilidad de la humanidad de mover la certeza granítica de la muerte. Y así el gesto de su cuerpo “levantando la mirada” se convierte para los creyentes en un gesto de fe: si miras hacia arriba, verás que la piedra de la muerte ha sido destruida por este día de la resurrección. Entran sin miedo, es más, con el deseo de acariciar con el aceite aromático aquel cuerpo tan amado: son expertas en la muerte, como toda la humanidad. Y en lugar de un cadáver destrozado, encuentran a un joven, no tendido, sino sentado; no desnudo, sino vestido de gloria, y entonces les entra el miedo. 

Aquella voz joven de cielo sobre la tierra, las anima: “No tengáis miedo”. ¡El crucificado ha resucitado! Mirad su sepulcro, está vacío. Sed vosotras quienes los anunciéis a los discípulos y a Pedro, que es el jefe. No importa que haya renegado de él, porque Dios no echa el traidor, sino que lo perdona y rehabilita. Vosotras, mujeres, que no podéis ser testigos, sois las elegidas por Dios como testigos de la resurrección de su Hijo, delante de los jefes de la Iglesia. Jesús Nazareno os espera a todos en Galilea, donde ha iniciado este Evangelio. Recordad todo lo que ha hecho y dicho con la luz de esta mañana. En el evangelio de la Vigilia no se lee un versículo como el siguiente: “Ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nade, porque estaban atemorizadas”. Que nuestro miedo humano frente al misterio de la vida nueva en Cristo se convierta en valor, que el silencio se transforme en palabra, y que la fuga se cambie en regreso y cercanía. 

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