Evangelio

13 de junio. Domingo XI del Tiempo Ordinario

Andrea Mardegan·9 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 2 minutos

Jesús está en Cafarnaún, junto al lago, y va a enseñar junto al mar. La multitud es tan grande que tiene que subir a una barca, y desde allí cuenta parábolas que explican los misterios del reino de Dios. Leemos dos breves parábolas de este discurso, después de un pasaje de la segunda Carta a los Corintios donde Pablo repite dos veces la expresión “llenos de buen ánimo”: “Hermanos, siempre estamos llenos de buen ánimo, aun sabiendo que mientras moramos en el cuerpo estamos en destierro lejos del Señor […], llenos de buen ánimo”. Es la confianza en Dios la que nos da la gracia y siembra en nosotros el comienzo de su reino, y la que garantiza su crecimiento. 

La primera parábola es propia solo de Marcos. “El reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra”. Jesús habla de grandes misterios sobrenaturales utilizando simples imágenes humanas. Así entendemos que el reino de Dios está escondido en nuestra vida normal, y que en las realidades creadas descubrimos misterios sobrenaturales: creación y redención son obra de Dios. “La tierra produce espontáneamente primero el tallo, luego la espiga, luego trigo lleno en la espiga”: en griego, la palabra es automàtê, espontáneamente: la fuerza interior de la gracia divina que lleva al crecimiento. “Duerma o vele, noche y día, la semilla brota y crece. Cómo, él mismo no lo sabe”. Los agricultores que escuchan a Jesús se reconocen en sus palabras: de ellos fue el gesto del sembrar; luego, la semilla crece sin contar con ellos. 

Estas palabras pueden dar mucha paz y serenidad a quienes han recibido la semilla del bautismo. Parábola para memorizar y enseñar, superando el miedo a que sea demasiado suave o pueda favorecer el quietismo espiritual. Al revés, orienta a la confianza y al abandono en Dios. Puede ser un antídoto eficaz contra el pelagianismo espiritual, que siempre está al acecho. “Cuando el fruto está maduro, envía inmediatamente la guadaña, porque ha llegado la cosecha”: esta visión del fin de la vida o de la historia puede infundir mucha confianza. La llamada definitiva de la muerte llega cuando se ha producido la maduración, cuando estamos listos. 

La segunda parábola se centra en el contraste entre la pequeñez del principio -la semilla de mostaza, según la opinión popular de los rabinos, era “la más pequeña de todas las semillas de la tierra”- y el resultado del crecimiento: los oyentes de Jesús saben que la planta de mostaza a orillas del lago Tiberíades alcanza hasta tres metros de altura y las aves pueden anidar allí. Así es el Reino de Dios, la Iglesia, que Jesús está sembrando como una pequeña semilla, y así es la semilla del Reino en cada uno de los que lo escuchan. Crecerá, dará frutos y cobijará.

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