Parece que todas las fiestas de la temporada navideña son fiestas de revelación: desde el nacimiento de Cristo, hasta el encuentro de la Sagrada Familia con los pastores y los Magos, pasando por la Epifanía, y ahora con el Bautismo del Señor. Hoy la Iglesia celebra la Fiesta del Bautismo del Señor, que marca el cierre del tiempo litúrgico de Navidad. Hoy fijamos nuestra mirada en Jesús, mientras se acerca a ser bautizado por Juan en el río Jordán.
Esta fiesta es una extensión de la Epifanía: otro momento de manifestación, otra revelación de Cristo. La Epifanía que celebramos recientemente mostró a Cristo a las naciones y culturas del mundo. Sin embargo, el Bautismo del Señor revela algo aún más profundo: la verdad de su identidad como el Hijo amado del Padre. Al revelar quién es Cristo, esta fiesta también nos revela quiénes estamos llamados a ser.
La oración colecta de la Misa de hoy habla de Cristo como el Hijo amado y de nosotros como hijos de adopción, renacidos por el agua y el Espíritu Santo. Somos hijos en el Hijo. El Bautismo de Cristo nos invita a ser como Él: aquel en quien el Padre se complace. Nos recuerda nuestra identidad más profunda como hijos de Dios. Nos recuerda que somos amados eternamente, que las aguas del Bautismo nos han dado un nuevo nacimiento y que el Cielo se ha abierto para nosotros también. Después de que Jesús fue bautizado, los Cielos se abrieron sobre Él. Este signo de los Cielos abiertos revela que ahora tenemos acceso continuo al Padre; el canal de comunicación está abierto. El Papa Benedicto XVI escribe: “Sobre Jesús el Cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del. Padre, la “toda justicia” que cumple, abre el Cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios.”
Un segundo aspecto significativo de esta fiesta es la proclamación de la identidad de Jesús por parte del Padre. Esta proclamación no interpreta lo que Jesús hace, sino quién es: el Hijo amado en quien descansa el beneplácito de Dios.
El Evangelio nos dice lo que declara la voz del Cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. Este es el corazón de la fiesta de hoy, el aspecto más importante que revela lo esencial del Bautismo de Cristo como Revelación. La voz del Padre revela la verdad más profunda sobre Jesús y, por tensión, sobre nosotros mismos. Benedicto XVI explica cómo podemos identificarnos con esta verdad: “El hombre en que se complace es Jesús. Lo es porque vive totalmente orientado al Padre, vive con la mirada fija en él y en comunión de voluntad con él. Las personas de la complacencia son por tanto aquellas que tienen la actitud del Hijo, personas configuradas con Cristo”.
Conformarse a Cristo: este es el gran deseo y vocación de todos los hijos adoptivos de Dios. En ello, nuestra filiación divina encuentra su significado y gozo más pleno.




