Evangelización

Servir comunicando: la misión que transformó la vida de Susy Campoverde

En Guayaquil, ciudad de ritmo acelerado y comercio vibrante, Susy Campoverde ha encontrado, colaborando con su parroquia, un espacio donde el tiempo se mide de otra forma: a través de la gracia.

Juan Carlos Vasconez·14 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

Susy Campoverde, experta en márketing que conoce bien el mundo de la empresa, cambió las estrategias corporativas por las parroquias, descubriendo una vocación inesperada.

A veces, la propia Susy se asombra de la definición de su rol actual: “Me sorprende cuando uno de los sacerdotes con los que colaboro me presenta como ‘la encargada de la comunicación, la que nos mantiene al día con los eventos, actividades y, sobre todo, con las fiestas especiales’”. Aunque los presbíteros lo dicen con cariño, ella siente el peso de esas palabras. 

Para Susy, la comunicación eclesial no es técnica, es teológica: “En la Iglesia, comunicar bien es servir bien: un punto, una coma, una palabra, una foto o un video pueden acercar un corazón a Dios…, o dejarlo indiferente”

El retorno a casa de la mano de una hija

La historia de conversión de Susy tiene un detonante maternal. Su camino se reinició hace catorce años, impulsado por el deseo de bien para su hija mayor. “Yo trabajaba muchísimo y, aunque la amaba con el alma, sentía que no le estaba dando algo esencial: un espacio para crecer espiritualmente, para conocer a Dios”, recuerda con sinceridad sobre aquellos años de intensa actividad laboral.

Esa inquietud despertó en ella ecos de su propia niñez en Guayaquil. La memoria la llevó de vuelta a Guayalar, institución ligada a la labor del Opus Dei. Susy evoca con nostalgia que “allí recibíamos charlas, meditaciones, círculos y nos invitaban a retiros donde siempre se respiraba una calidez de hogar que marcó mi corazón”. Era esa sensación de sentirse “querida, acompañada, guiada” lo que anhelaba para su hija.

Aunque el matrimonio y la vida adulta la habían alejado “sin querer”, la búsqueda de formación para su hija se convirtió en su propio camino de Damasco. Al querer darle a la niña “ese ambiente donde una puede encontrar a Dios con naturalidad”, terminó encontrándolo ella misma. 

Una rutina anclada en la oración

Lejos de ser una mera administrativa, Susy vive su trabajo desde la espiritualidad. Su jornada arranca con una prioridad clara:“Me levanto, ofrezco mi día y hago un rato de oración en casa, antes de que empiece el movimiento de la familia y del trabajo”. Es tajante al afirmar la importancia de este momento: “Esa oración, breve o larga según el día, es lo que me sostiene”.

Su labor en las distintas parroquias con las que colabora va más allá de “tomar fotos o preparar material de comunicación”. Su objetivo es “convivir con la comunidad, escuchar, acompañar y sentir de cerca la vida parroquial”. Para ella, los sacramentos y la oración no son un añadido, sino el fundamento: “Esos momentos -la oración en casa, la Misa, la convivencia con la comunidad- son mi ancla diaria. Me recuerdan que mi trabajo no es solo un conjunto de tareas, sino una misión”.

Comunicar es transmitir vida

Su visión de la comunicación institucional en la Iglesia es profunda: “La comunicación parroquial es un puente delicado. No se trata solo de informar; se trata de transmitir vida”.

Esta conciencia es lo que la lleva a un perfeccionismo santo. “Un mensaje bien escrito puede animar; una imagen puede despertar fe”, asegura. En el trato directo, Susy evita el protagonismo. “No doy grandes consejos ni pretendo dirigir el camino espiritual de nadie”, aclara. Su método es más sencillo: “Simplemente trabajo con cariño y me acerco a las personas desde lo cotidiano”. Ha descubierto que la evangelización no siempre requiere grandes discursos, pues “Dios actúa sobre todo en esos gestos simples, en la cercanía y en el respeto con el que tratamos a los demás”.

Hay una anécdota que Susy guarda como un tesoro, y que ilustra perfectamente su misión. En su parroquia, a menudo le corresponde guiar el rezo del rosario, algo que hace “con cariño y también con un poco de pudor”. Un día, una señora mayor se le acercó al finalizar la Misa, le tomó la mano con delicadeza y le dijo: “Qué lindo cómo lleva el rosario…, he aprendido a rezarlo acompañándola”.

Ese comentario fue una revelación. “Sus palabras me conmovieron profundamente”, confiesa Susy. “Yo nunca imaginé que dirigir el rosario pudiera tocar el corazón de alguien. Para mí era un acto sencillo, casi cotidiano; pero para ella había sido una puerta abierta para acercarse más a Dios”.

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