Cultura

La catequesis que «esconde» la Sagrada Familia de Gaudí

En la tercera entrega de la serie «Arteología», Abel de Jesús nos guía por el corazón espiritual de la Sagrada Familia, mostrando cómo la cruz no es solo un símbolo, sino el origen mismo de la Iglesia.

Sonia Losada·27 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
sagrada familia

El arquitecto principal de la Sagrada Familia , Jordi Fauli, presentando la nueva cruz de la catedral. ©OSV News/Albert Gea, Reuters

Abel de Jesús, en su tercera intervención en el curso de Arteología quiso detenerse en el origen de la Iglesia. «Los Padres de la Iglesia, cuando piensan la Iglesia de Cristo, la piensan desde la cruz» explicó Abel. «Del costado abierto de Cristo brotan la sangre y el agua, signos del Bautismo y de la Eucaristía. Allí nace la Iglesia». No como una organización humana, sino como un cuerpo sostenido por el amor: la argamasa invisible que mantiene en pie el templo cuya misión es evangelizar y transmitir el acto salvífico de Cristo

Esta comprensión originaria ayuda a entender por qué el arte cristiano, cuando es fiel a su vocación, no adorna la fe, sino que la revela. Antoni Gaudí lo expresó de forma magistral al concebir el templo como un catecismo de piedra y luz. En la Sagrada Familia, la torre más alta no es la de María ni la de los apóstoles, sino la de Jesucristo, coronada por una cruz luminosa. Cristo aparece así como luz verdadera (cf. Jn 1,9) y como mediador supremo entre Dios y los hombres. Toda la arquitectura converge en ese punto: no hay cristianismo sin cruz, ni luz cristiana que no nazca de ella.

El escándalo de la cruz

Sin embargo, para el hombre de ayer y de hoy, la cruz resulta insoportable. San Juan de la Cruz advertía que muchos desean los bienes de la cruz, pero pocos quieren ser amigos de la cruz. En la noche oscura no abundan quienes aceptan vivir un misterio que es radicalmente incompatible con la seguridad humana. La cruz no se comprende desde ideologías ni desde sistemas cerrados, sino desde el abandono confiado al Padre y la entrega a todos.

El verdadero termómetro de nuestra vivencia del Evangelio es el perdón. Basta observar cómo una persona trata a sus enemigos, cómo reacciona ante una injusticia o una crítica inmerecida. Esa es la prueba de fuego. Solo el santo es capaz de aceptar con mansedumbre una crítica injusta; incluso las críticas justas suelen resultarnos difíciles. El perdón y la reconciliación están en el centro de lo que Jesús propone: una entrega por todos, llevada εἰς τέλος, hasta el extremo (cf. Jn 13,1).

Con frecuencia intentamos hacer más soportable el misterio de la cruz inventando atajos: devociones descentradas, búsquedas incesantes de consuelos espirituales, peregrinaciones sin fin tras signos extraordinarios. No es la devoción a los santos lo que se cuestiona, sino la reducción de la fe a fenómenos que amortiguan el escándalo de la cruz. San Juan de la Cruz denunciaba como una gran afrenta a Dios el afán por revelaciones particulares, como si la Revelación definitiva —Cristo mismo— no fuera suficiente. En la cruz, Dios lo ha dicho todo.

La cruz como plenitud de la revelación

No todas las teologías han asumido esta centralidad. Cuando se interpreta la realeza de Cristo en clave terrenal o política, se la pervierte. Cristo es rey, sí, pero su corona es de espinas, su cetro una caña con la que le golpean, su manto la púrpura de su propia sangre y su trono la cruz. Ante Pilato, cuando todos los atributos de la realeza están presentes, se revela sin ambigüedades la naturaleza de su reinado. El secreto mesiánico desaparece: este es el Rey que Jesús vino a anunciar.

Por eso el Evangelio no puede leerse al margen de la cruz. Palabras como las de Juan 6 —«el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»— solo se entienden a la luz de la entrega total de Cristo. Lo mismo ocurre con pasajes difíciles como «no he venido a traer paz, sino espada» (Mt 10,34). Arrancadas de la cruz, estas palabras pueden justificar la violencia; leídas desde ella, revelan que la fidelidad al Evangelio puede suscitar división y rechazo, pero nunca guerra santa. La cruz es la clave hermenéutica de toda la Escritura.

Falsas seguridades y verdadero Mesías

Los contemporáneos de Jesús tampoco comprendieron este misterio. Esperaban un salvador político. Fariseos, saduceos, zelotes y esenios pusieron su confianza en seguridades religiosas, sociales o ideológicas que la cruz vino a desbaratar. Jesús no encajaba en ninguna expectativa mesiánica. Su muerte en el madero —signo de maldición según el Deuteronomio— no fue solo un fracaso humano, sino una exclusión radical asumida por amor.

En la cruz, todos entregan a Jesús: el Padre, Judas, Pilato, la multitud que prefiere a Barrabás. Los discípulos huyen, vencidos por el miedo y la desesperanza. Todavía no saben que la Pascua está a punto de irrumpir.

Del fracaso a la gloria

El misterio del Crucificado solo se resuelve en la Resurrección, que libera a los apóstoles de los cálculos de éxito o fracaso. El icono del discípulo logrado no es el guerrillero, sino el mártir. No quien ocupa portadas, sino quien transforma el mundo de corazón a corazón. Las parábolas de Jesús apuntan siempre a lo pequeño: el grano de mostaza, la levadura, la luz discreta. La evangelización no nace de programas, sino de experiencias que se contagian en cercanía.

Por eso la torre de los apóstoles y los evangelistas en el templo de la  Sagrada familia no tiene una luz centralizada sino distribuida porque simboliza la misión de transmitir la luz al mundo. “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14)

La Iglesia nace así, en la cruz y en la entrega del amor hasta el extremo. Ese es su verdadero origen y su tradición más profunda. De ahí brota una comunidad enviada al mundo, sostenida por el Espíritu, que anuncia a judíos y gentiles que Jesús es el Señor y que el amor tiene la última palabra. Donde hay caridad y amor, allí está Dios.


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El autorSonia Losada

Periodista y poeta.

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