Evangelio

La prueba de la fe: elevando el listón. Domingo XX del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del Domingo XX del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 16 de agosto de 2026.

Vitus Ntube·13 de agosto de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy se nos presenta una escena evangélica que revela un aspecto de Jesús al que no estamos acostumbrados. A primera vista, puede sorprendernos e incluso desconcertarnos. Sin embargo, al reflexionar más profundamente, descubrimos una valiosa lección sobre la fe y sobre la apertura de Dios a todos los pueblos, razas y naciones.

El Evangelio relata la prueba de la fe de una mujer extranjera. Es como si Jesús fuera elevando progresivamente el listón para ver hasta dónde puede llegar su fe. La escena se asemeja a una competición de salto de altura: cada vez que el listón se eleva, el atleta logra superar la nueva marca. Eso es precisamente lo que sucede en el Evangelio de hoy.

Tres veces la mujer se encuentra con lo que parece ser un rechazo. Primero, es ignorada. Con respeto clama: “Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo”. Sin embargo, Jesús no le responde una sola palabra. Sin desanimarse, ella persevera. A través de los discípulos —que se convierten en intercesores a su favor— continúa suplicando. Pero, incluso la intervención de ellos recibe otra respuesta desalentadora: “Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”.

Llega entonces la prueba final, la más difícil de todas. Jesús le dice: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”. Muchos se habrían marchado heridos y ofendidos. Pero esta mujer se niega a rendirse. Con una humildad admirable responde: “Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. En ese momento supera el listón más alto. Ha pasado todas las pruebas de la fe. Su perseverancia, su humildad y su confianza conquistan el corazón de Cristo. No solo su hija queda curada, sino que además recibe uno de los mayores elogios pronunciados por Jesús: “Mujer, qué grande es tu fe”. Vemos así que Dios no es indiferente a nuestras necesidades ni a nuestras súplicas. El Evangelio nos anima a seguir pidiendo con humildad y perseverancia.

Lo que hace aún más impresionante la fe de esta mujer es que es extranjera: una cananea. Sin embargo, por medio de su fe deja de ser una extraña. Resulta interesante que la mujer cananea permanezca anónima. No conocemos su nombre. No podemos invocarla por su nombre como hacemos con María Magdalena, Marta o Verónica. Sin embargo, precisamente su anonimato dirige nuestra atención hacia lo que verdaderamente importa: la fe. Ella es recordada no por su condición social o sus logros, sino por su fe. En su fe contemplamos el don irrevocable de Dios, un don abierto a todos.

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica