Evangelio

La deuda del amor: la corrección fraterna. Domingo XXIII del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del Domingo XXIII del tiempo ordinario (A) correspondiente al día 6 de septiembre de 2026.

Vitus Ntube·3 de septiembre de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

La segunda lectura nos ofrece la clave para comprender tanto la primera lectura como el Evangelio. Es como el lomo de un libro, que mantiene unidas las distintas páginas de la liturgia de hoy en un solo mensaje. San Pablo escribe: “A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley”.

Todos estamos en deuda de amarnos unos a otros. El amor adopta muchas formas, y las lecturas de hoy nos invitan a abrazar una de sus expresiones más exigentes y hermosas: la corrección fraterna. Amamos a los demás no solo animándolos y sirviéndolos, sino también ayudándolos a crecer en santidad, a vencer sus defectos y a dejar atrás todo aquello que los separa de Dios.

La vida cristiana no está hecha para vivirse en aislamiento. Dios nos ha hecho responsables unos de otros. Cada uno de nosotros tiene debilidades y puntos ciegos que con frecuencia nos resulta difícil reconocer por nosotros mismos. Por auténtica caridad, Dios pone en nuestra vida a otras personas para ayudarnos a perseverar en el camino de la virtud.

Este es el mensaje del profeta Ezequiel en la primera lectura: “A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte”. Un centinela que ve acercarse el peligro y permanece en silencio no está cumpliendo su misión. Del mismo modo, el amor cristiano exige a veces que digamos una verdad difícil.

El Evangelio nos revela el propósito de esa corrección. Jesús dice: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. El objetivo no es demostrar que tenemos razón, exhibir una supuesta superioridad moral ni humillar a otra persona. El objetivo es salvar a un hermano o a una hermana. La verdadera corrección fraterna busca siempre el bien auténtico del otro.

Pero el deber de corregir a los demás implica también el deber de dejarnos corregir. Quien está dispuesto a practicar la corrección fraterna debe estar igualmente dispuesto a recibirla. De hecho, nuestra resistencia a corregir a los demás puede deberse, en ocasiones, a nuestra propia falta de disposición para aceptar la corrección. Dudamos en señalar los defectos ajenos porque nosotros mismos nos resistimos a que nos señalen los nuestros.

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