Evangelio

Cristo, plenitud de la Ley. VI domingo del tiempo ordinario (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas de la fiesta del VI Domingo del Tiempo Ordinario (A) correspondiente al día 15 de febrero de 2026.

Vitus Ntube·12 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

En la liturgia de este domingo volvemos a encontrar a Jesús sentado en la cátedra del monte. Continuamos la lectura del mismo capítulo de Mateo proclamado en los domingos anteriores, el gran “Sermón de la Montaña”. Después de anunciar las Bienaventuranzas y de revelar la identidad y la misión de los cristianos como sal de la tierra y luz del mundo, hoy encontramos a nuestro Señor hablando con la autoridad del mismo Legislador: “Habéis oído que se dijo a los antiguos … Pero yo os digo”.

Esta expresión decisiva -“Pero yo os digo”- revela la autoridad con la que Jesús enseña. Él no se limita a interpretar la ley; él es la ley. La conoce desde dentro y la conduce a su altura verdadera y definitiva. Jesús es el cumplimiento de la ley. En su propia persona, la ley alcanza su plenitud.

La ley dada por Dios al pueblo elegido por medio de Moisés y de los profetas fue un signo de la revelación amorosa de Dios, y la fidelidad a la ley expresaba la fidelidad de Israel a Él. La obediencia a la ley era, en su núcleo más profundo, un acto de amor. Ahora Jesús declara que él mismo es aquello hacia lo cual apuntaban la ley y los profetas. La relación de amor entre Dios y su pueblo queda ahora definitivamente vinculada a la persona de Cristo.

Desde el comienzo del sermón de la montaña, Jesús es claro: no ha venido a abolir la ley ni los profetas, sino a dar plenitud. ¿Qué significa, entonces, esta plenitud? No se trata de una sustracción, sino de un plus; no de un debilitamiento de la ley, sino de su profundización. Jesús nos conduce más allá de la mera observancia externa, hacia una adhesión interior del corazón. Por eso puede decir: “Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Este “mayor” no es una competencia, sino una llamada a una conformidad más radical con Cristo mismo y con el bien. La vocación cristiana va más allá de evitar el pecado o de cumplir solo lo mínimo. Estamos llamados a un crecimiento continuo en nuestra relación con Cristo, a una amistad más profunda con él, a una comunión interior que trasciende las observancias externas. Es una afirmación gozosa y positiva de seguir a Cristo más de cerca.

En el Evangelio de hoy, la expresión “pero yo os digo” se repite varias veces, y en cada ocasión Jesús eleva el nivel, exhortándonos a rechazar el pecado desde su raíz. Esto armoniza con la conclusión de la primera lectura del libro del Eclesiástico, que afirma que Dios no incita a nadie a pecar: “A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar”. Dios desea nuestra santidad y, por eso, nos revela con claridad aquello que nos separa de Él. Evitar el pecado es un acto de fidelidad, una respuesta agradecida al amor que Dios nos ha manifestado. El cristiano está llamado a rechazar toda forma de pecado, incluso los veniales, y a esforzarse por vivir las virtudes de manera heroica. Todo pecado, por pequeño que parezca, es una forma de infidelidad al amor que hemos recibido.

Finalmente, Jesús nos recuerda que el Reino de Dios está en juego en nuestra obediencia a la ley. Nuestra relación con el Señor, y en verdad nuestro destino eterno, se ven implicados en lo que pueden parecer cosas pequeñas. Nuestras acciones en esta vida resuenan en la eternidad. No identificarnos con la Ley -es decir, con Cristo mismo- es elegir la separación de Él. De ahí la gravedad de las palabras de Jesús: “Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”, y también: “más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna”.

La fidelidad a los mandamientos es fidelidad a Cristo mismo. Estamos llamados a vivir esta fidelidad plenamente -interior y exteriormente-, dejando que la ley, cumplida en Cristo, configure nuestra vida y nos conduzca al Reino de los cielos.

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