Serie
Jolanta es una médico felizmente casada y con varios hijos que vive en la Baja Silesia, en la Polonia comunista de 1970. Diariamente atiende a los pacientes del barrio en su propia clínica, pero le gustaría hacer el doctorado y ejercer en un hospital de prestigio. La vida de Jolanta dará un giro cuando descubra que unos niños aparentemente aquejados de anemia son atendidos de manera sospechosa por el personal sanitario de su ciudad; son decenas los niños que presentan esos mismos síntomas, y la causa parece ser el plomo de la fábrica regional. Pero las autoridades soviéticas no están dispuestas a permitir el cierre de la fábrica; ni tampoco los propios trabajadores, temerosos de perder su única fuente de ingresos.
Esta miniserie de seis episodios relata una historia basada en hechos reales: la batalla que emprendió Jolanta Wadowska-Król para que cerrase aquella fábrica y se atendiese dignamente a aquellos numerosos niños. El relato rebosa humanidad, una apuesta por la heroicidad y el sacrificio frente a la presión externa, y una manera muy delicada de mostrar el mal y el horror, sin resultar desagradable para el espectador. Jolanta permanece rodeada de personajes grises, que sin alinearse ideológicamente con el comunismo contribuyen a su consolidación, bien sea por miedo, por comodidad, por evitar problemas o por no plantearse cualquier otra alternativa. En este sentido, resulta interesante la amplia gama de personajes con los cuales se relaciona Jolanta, a quienes debe convencer y atraer para su causa; incluso, dentro de su propia familia.
La serie es un carrusel de situaciones y peripecias que avanza a un ritmo frenético. Jolanta está en continuo movimiento. Quizá esto perjudique un desarrollo más complejo de los personajes, así como más profundidad en el tratamiento de sus conflictos y de cuestiones complejas, pero no impide el disfrute de los acontecimientos. Es más, favorece el suspense por saber qué vendrá a continuación. De igual modo, en lo referido a su aspecto formal, Niños de plomo no resulta innovadora ni destaca por su tratamiento narrativo. Desde una posición muy clásica, cuenta su historia con el mayor de los convencionalismos. Se nos ha contado algo así muchas veces, con ese mismo estilo, y en esta ocasión también está bien narrado.




