7 minutos y 5 segundos.
Esto es lo que ha durado el aplauso de agradecimiento a Papa de los asistentes al histórico discurso de León XIV en las Cortes españolas.
7 minutos y 5 segundos.
Ni tan siquiera la proclamación de la princesa Leonor como heredera al trono de España, o la misma firma de la Constitución que hoy rige la nación española, habían acaparado más de 4 minutos y medio de aplausos.
León no había entrado al Congreso español como un líder político sino “como Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica”.
El Papa ha pronunciado, ante la llamada clase dirigente, uno de los discursos más claros y comprometidos de su pontificado (hasta ahora, evidentemente), y que ha pasado a ser, -como aquellas recordadas intervenciones de Juan Pablo II ante las Naciones Unidas-, parte del acervo de referencia del papel de la Iglesia en la sociedad, la defensa de la dignidad humana y la llamada a la responsabilidad política.
Las palabras del Papa no han dejado nada atrás: el papel de la Iglesia como voz de la dignidad respetando los poderes y ejercicios públicos, la defensa de la vida desde su concepción a su muerte natural, la necesidad de la libertad de elección de los padres a la educación de sus hijos y la libertad de la conciencia, el respeto al sigilo sacramental desde el Estado.
Ha abordado también el problema de las injerencias entre Iglesia y política; la dignidad de quienes buscan, en otros lugares, una nueva vida; y la paz. La paz no como “ausencia de guerra”, sino la paz nacida de la conciencia.
El Papa ha dibujado, con claridad, las líneas maestras del diálogo de la Iglesia con los poderes políticos en la actualidad. Pero también nos ha dejado, a quienes servimos a la sociedad desde otros puntos: la tienda de ropa, el bar, la cátedra o el medio de comunicación, la cuestión abierta de nuestro compromiso real con la dignidad de cada uno, con la paz “social”, con la construcción, no ya de un futuro, sino de un presente.
Quizás por eso, aunque pensemos que “habla por el otro”, podemos pensar que siempre seremos el “otro” de nuestro vecino.
Y quizás por eso, o a pesar de eso, también nos unimos a esos 7 minutos de aplauso que, cuando terminen, darán paso a los minutos, 7, o setenta veces siete, que tenemos para empezar a hacer estos deseos realidad.
Directora de Omnes. Licenciada en Comunicación, con más de 15 años de experiencia en comunicación de la Iglesia. Ha colaborado en medios como COPE o RNE.





