La liturgia de hoy está dominada por el tema de la presencia de Dios —el Dios que pasa— y por nuestra capacidad de reconocerlo. El Evangelio es una continuación del relato del domingo pasado sobre la multiplicación de los panes. Después de alimentar a la multitud, Jesús despide a la gente y envía a los discípulos por delante en una barca, mientras Él se queda atrás para orar. Durante la noche, mientras los discípulos luchan contra el viento contrario y las olas, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el mar, pero ellos no logran reconocerlo.
Cristo, que pasa junto a ellos, es confundido con un fantasma. Caminando majestuosamente sobre las olas, Jesús manifiesta su soberanía sobre las fuerzas de la naturaleza. A los discípulos atemorizados les dice: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Incluso invita a Pedro a participar de su poder llamándolo a caminar sobre las aguas.
La experiencia de los discípulos no está lejos de la nuestra. Apenas unas horas antes habían contemplado la alegría y la abundancia del milagro de los panes. Sin embargo, ahora se encuentra la barca “sacudida por las olas” y luchando contra el viento.
¿Cuántas veces sucede esto también en nuestra vida? En un momento experimentamos las bendiciones y la cercanía de Dios; al siguiente nos vemos abrumados por dificultades, angustias, decepciones o sufrimientos. La barca de nuestra vida parece estar a punto de naufragar. En esos momentos nos cuesta reconocer a Cristo que viene hacia nosotros. Confundimos su presencia con otra cosa.
La primera lectura nos ofrece una profunda lección sobre cómo reconocer la presencia de Dios. A Elías se le ordena: “Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor”. Llegó un huracán, un terremoto, un fuego, pero Dios no estaba en ninguno de ellos. Finalmente, Elías escucha el susurro de una brisa suave. Entonces se cubre el rostro, porque reconoce que el Señor está presente.
El Dios que se reveló en la tormenta es el mismo que se revela en un suave susurro. Corremos el riesgo de pensar que la presencia de Dios se encuentra únicamente en lo extraordinario, pero Dios también se deja encontrar en el silencio.
Hace falta silencio para escuchar un susurro. Encontramos a Dios en el silencio. Dios se hace presente cuando eliminamos las distracciones, los vientos y las olas de la cultura digital que nos desgastan física y mentalmente.
Como Pedro, deberíamos orar continuamente: “Señor, si eres tú…”. Y el Señor nos concederá la gracia de reconocerlo, confiar y avanzar hacia Él incluso en medio de las tormentas.





