La escena evangélica que la Liturgia de hoy nos ofrece para nuestra galería cuaresmal es la curación del hombre ciego de nacimiento. Desde sus primeras hasta sus últimas líneas, el tema que domina toda la narración es el de la vista y la ceguera.
La escena comienza de manera sencilla: “Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento”. Sigue un diálogo, y luego Jesús se revela como la Luz del mundo. Finalmente tiene lugar una curación dramática que implica tanto la iniciativa de Cristo como la cooperación del hombre. Jesús actúa, pero el hombre debe responder. Obedeciendo la orden del Señor: “Él fue, se lavó, y volvió con vista”.
Este hombre ciego de nacimiento es imagen de cada uno de nosotros. Fuimos concebidos en el pecado, pero la misericordia de Dios ha salido a nuestro encuentro. Como el ciego enviado a lavarse, nuestro camino cuaresmal nos recuerda nuestra constante necesidad de conversión. El pecado nos ciega, distorsiona nuestra visión y nos impide ver con claridad. Por eso necesitamos ser lavados una y otra vez para recuperar la vista. La llamada a una conversión permanente durante la Cuaresma se hace muy concreta en la celebración frecuente del sacramento de la reconciliación.
La verdadera conversión no es solo arrepentimiento del pecado, sino que también nos permite ver con los ojos de Dios, ver como Dios ve. La mirada de Dios va más allá de las apariencias y llega al corazón. Este tema de la vista es también central en la primera lectura. Cuando Samuel va a ungir a un rey entre los hijos de Jesé, se deja impresionar por la apariencia y la estatura. Pero el Señor lo corrige: “No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón”. Esta manera divina de ver se expresa bellamente en el prefacio de la Misa: “Por el misterio de la encarnación, condujo al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe”. Ese paso hacia la luz de la fe es la llamada que Dios nos dirige.
Ver como Dios ve requiere fe. La fe nos da la visión de Cristo; nos concede la mirada sobrenatural que tanto deseamos. El hombre ciego de nacimiento, después de recibir la vista corporal, todavía debía dar un paso más: el paso hacia la vista espiritual. Su visión recuperada le permitió encontrarse con Cristo y creer en Él. Esto contrasta fuertemente con los fariseos, que veían físicamente, pero se negaban a creer. Aunque afirmaban ver, permanecían espiritualmente ciegos. Por eso Jesús les dice: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece”.
La importancia de ver con los ojos de la fe se expresa en la pregunta decisiva que Jesús hace al hombre curado: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. Al reconocer lo que Jesús había hecho por él, el hombre pasa de la luz física a la luz de la fe y profesa: “Creo, Señor”. Este camino de crecimiento no puede decirse de los fariseos, que se consideran sanos y sin necesidad de curación.
A medida que nos acercamos a la celebración de la Pascua, somos invitados a lavar los ojos de nuestra fe, para poder ver como Cristo ve. Estamos llamados a quitar todo pecado que nuble nuestra visión y oscurezca nuestro corazón. Esto exige humildad, la humildad de reconocer que no somos perfectos y el coraje de arrepentirnos de nuestros pecados, de nuestras falsas seguridades, de nuestras ideologías y de nuestro egoísmo.




