El carisma de Juan Pablo, la profundidad de Benedicto, la cercanía de Francisco

Todos -cada uno con sus matices- vamos conformando en la Iglesia el rostro de Cristo, cuya cabeza visible en la tierra, “el dulce Cristo en la tierra” en palabras de Santa Catalina de Siena es, y será siempre, el Santo Padre.

12 de junio de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Foto: J.J. Guillén/EFE

Hace apenas un año, los medios de comunicación nos empeñábamos en perfilar cómo debería ser, -como si de nosotros dependiera-, el futuro Papa. 

Lo cierto es que cada pontífice se sale del guión, de un modo u otro. Pero los medios siempre intentamos dejar impreso nuestra opinión, para confirmar nuestras propias perspectivas aun haciendo filigranas verbales. Gracias a Dios, el Espíritu Santo no nos consulta. 

León XIV ha visitado España en lo que ha sido su primer viaje largo a un país europeo, mayormente católico. Y así ha parecido confirmarse porque, en cada acto, León XIV ha estado acompañado por decenas de miles de personas, llegando a más de 1 millón en la Santa Misa y procesión del Corpus Christi, que presidió en Madrid.

León XIV estaba “a gusto”, en familia. Se ha saltado el guión, se ha parado con niños y matrimonios, se ha dejado abrazar y se ha acercado él a quienes, por edad o condición tenían más difícil verle.

No han sido pocos los que decían que León XIV les recordaba a Juan Pablo II, o a Francisco, o incluso Benedicto XVI, en alguno de sus gestos.

El Pontífice se sabe un eslabón en la cadena de sucesión de San Pedro y quizá, por eso, nos recuerda quienes antes pastorearon la Iglesia. Como esos niños que cogen gestos de sus abuelos, o de sus hermanos mayores, casi sin saberlo, el Papa Prevost recordaba en algo a sus predecesores.

Lo que hemos podido ver, ha sido un Papa con un discurso profundo, reflexivo, de un amplio calado teológico que, en ciertos momentos, recordaba a las lúcidas palabras de Benedicto XVI.

Hemos visto a un Papa cercano, el Papa de los niños, de los bebés, que ha bendecido a más de dos centenares durante estos días.

Un Papa que como Juan Pablo II no ha dudado en salirse del guión haciendo unas animantes llamadas a descubrir la vocación, en cualquier estado de la vida, o a mirar más al Señor en la Eucaristía.

Un León XIV que ha sido joven en medio de los jóvenes, hablando su lenguaje y respondiendo a sus preguntas.

Y hemos visto a un Papa social, que llora con los que más sufren, con aquellos que lo han tenido que dejar todo, con los que han estado por una causa u otra, al borde de la muerte, con los que han desesperado, porque Dios no parecía responderles a sus gritos. 

León nos recordará siempre a Juan Pablo II, a Benedicto, a Francisco, a León XIII, o a Pablo VI,… O a Pedro. Porque, al final, la realidad es que todos -cada uno con sus matices- vamos conformando en la Iglesia el rostro de Cristo, cuya cabeza visible en la tierra, “el dulce Cristo en la tierra” en palabras de Santa Catalina de Siena es, y será siempre, el Santo Padre.

El autorMaria José Atienza

Directora de Omnes. Licenciada en Comunicación, con más de 15 años de experiencia en comunicación de la Iglesia. Ha colaborado en medios como COPE o RNE.

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