Evangelización

Nerea Castellanos tras superar un cáncer: «lo único que me calmó fue ofrecer el sufrimiento»

La joven alicantina, Nerea Castellanos, se enfrentó a un tumor cerebral del tamaño de una pelota de tenis. Superó el cáncer con optimismo, mucha fe y de la mano de su ángel de la guarda.

Teresa Aguado Peña·7 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
cáncer Nerea Castellanos

Nerea Castellanos ©Cortesía de la entrevistada

Durante años, Nerea Castellanos (Alicante, 1995) vivió con un tumor del tamaño de una pelota de tenis sin saberlo. Lo que comenzó en abril de 2023 como dolores de cabeza, vómitos y problemas de visión —atribuidos inicialmente a migrañas y a una contractura cervical— terminó en un diagnóstico que le cambió la vida: un astrocitoma de grado 3 en el lóbulo frontal derecho del cerebro. A pesar de dos cirugías, radioterapia y quimioterapia, Nerea afirma que compartía su testimonio en Instagram, entre otras cosas, porque quería recordar todo aquello.

Desde el principio tuvo una certeza que no la abandonó: «sabía que se iba a curar». Efectivamente, en apenas nueve meses, el 25 de enero de 2024 recibió la buena noticia: «no hay enfermedad». Lo primero que hizo fue rezar ante el sagrario del Hospital Universitario San Juan. Hoy mira hacia atrás todo aquello y da testimonio de la fe que la sostuvo y del sentido que tuvo su sufrimiento.

En esta entrevista, Nerea cuenta cómo afrontó su paso por el cáncer. Podemos vislumbrar su optimismo en pequeños gestos cotidianos, como la decisión de arreglarse y vestirse con colores alegres cada vez que acudía a oncología, una forma sencilla pero firme de plantar cara a un entorno marcado por la tristeza y el sufrimiento.

Cuando te dijeron que tenías un tumor cerebral, ¿cómo fue el primer impacto? ¿Qué papel jugó la fe?

Ha tenido todo el papel. A mí desde que me lo dijeron, yo pensaba «qué hay que hacer ahora». A lo mejor sin ser consciente, el Espíritu Santo y el Señor estaban en mí, porque en ningún momento tuve preocupación.

La gente me decía que mi actitud no era normal. Ahora soy todavía más consciente de que esa paz fue un don que el Señor me regaló en ese momento, y eso que yo siempre he sido muy positiva y muy risueña. De hecho, yo era como la que tenía que consolar a todo el mundo porque yo sabía que me iba a curar.

¿Por qué decidiste compartir tu testimonio en redes?

Estaba viviendo tantísimas cosas que no quería que nada se me olvidase: las anécdotas del hospital, mis hermanos viniendo del extranjero a verme, conversaciones profundas con mi familia… Me hice una segunda cuenta privada de Instagram a modo de diario para guardar todo ahí, pero nunca llegué a subir nada. Sentía que no tenía sentido separar un “Instagram bonito” del real.

En el fondo, lo único que me frenaba era el miedo a que pareciera que buscaba pena o atención. Al final pensé: «esta es mi realidad, quiero guardarla para mí y también compartirla por si a alguien le sirve o se siente identificado. Y si a alguien le molesta, siempre puede dejar de seguirme».

De hecho, cuando me diagnosticaron el tumor me leí el libro de Elena Huelva, la chica que falleció de cáncer. Su testimonio me ayudó muchísimo, porque sentía que, de alguna forma, estaba hablando con ella. Por mucho que hablara con mis amigas u otras personas, no era lo mismo. Ella describía pruebas, sensaciones y momentos por los que yo también estaba pasando, y me sentía muy identificada. Aunque no pudiera hablar directamente con ella, me acompañó mucho. Por eso pensé que quizá yo también podría ayudar a alguien contando mi historia, sobre todo porque el cáncer cerebral, como fue mi caso, asusta mucho, y no siempre tiene por qué acabar mal.

¿Has visto frutos tras compartir tu testimonio?

Sí. Ha habido algunos casos muy especiales. Uno de ellos es un padre al que tengo muchísimo cariño. Me contactó porque su hija de un añito tenía el mismo tumor que yo. De hecho, peor. Y es que le había llamado la atención cuando conté que lo único que me dio paz fue ofrecer el sufrimiento. Él quiso entender mejor esto.

Se sentía culpable, pensaba que la enfermedad de su hija era un castigo de Dios y hablamos sobre ello. Al final pude conocerlos en persona cuando vinieron a Alicante por el tratamiento. Pasé tiempo con la niña, jugando con ella, y fue un regalo. A día de hoy seguimos escribiéndonos.

¿Qué fue para ti ofrecer ese sufrimiento?

Lo que más saco en claro de todo lo que me ha pasado es el ofrecer el sufrimiento. Para mí fue una revelación.

Un día, después de decirme que ya habían quitado prácticamente todo el tumor, yo tenía la cabeza puesta en volver a casa. Pero, a última hora, me avisaron de que tenían que ponerme una inyección en la tripa. Puede parecer una tontería, pero me entró un ataque de pánico: sentía que ya no podía más, que no tenía fuerzas para nada más. Y, para colmo, me explicaron que tendría que ponérmela cada día durante al menos quince días.

Al día siguiente me desperté angustiada, esperando el momento en que alguien entrara por la puerta para pincharme. Lloraba, intentaba distraerme con música o dibujando, pero nada me calmaba. Hasta que algo hizo clic dentro de mí y pensé: “lo voy a ofrecer”.

Fue instantáneo. De repente el sufrimiento tenía sentido, me dio paz. Entendí que no era en vano, que podía ofrecerlo por alguien, por el Señor. Y eso lo cambió todo.

Antes de la primera operación, te dijeron que podías salir sin vida ¿Cómo enfrentaste la posibilidad de morir?

En ese momento estaba a solas con mi padre y empezamos a hablar sobre ello. Le dije: “Papá, si me muero, no me voy a enterar. No voy a sufrir, voy a estar dormida”. Además, le expliqué que si me moría, habría llegado a la meta, al mejor sitio en el que puedo estar, habría llegado al cielo con el Señor y que estaría mejor que aquí.

Él entendía lo que decía, aunque le doliera. Yo sabía que ellos lo iban a sufrir por el apego humano que tenemos, pero para mí era una paz muy real. No estaba haciéndome la fuerte: lo sentía de verdad. Ahora pienso que era el Espíritu Santo sosteniéndome, porque, si no, no se explica.

¿Has visto cómo en esa enfermedad se ha reforzado tu relación con Dios?

Sí, ahora soy más consciente de la confianza que tuve en Él y de la gracia que me dio. Veo su presencia en mi vida y estoy más agradecida.

Unos meses antes de todo esto yo ya estaba muy fortalecida en la fe. De hecho, una amiga incluso me dijo que parecía que el Señor me estaba preparando para ese momento. No voy sobrada de fe ni muchísimo menos, pero sí que ya entonces me veía con mucha fuerza.

También se reforzaron otros aspectos, como mi relación con mi ángel de la guarda. Antes de la operación, un sacerdote sugirió a mi padre que hablase mucho con mi ángel y con los ángeles de la guarda del quirófano, y lo hice así. Desde entonces lo tengo muchísimo más presente y hablo con él muchas veces al día.

¿Qué lugar ha ocupado la Virgen en ese proceso?

Yo dormía todas las noches en el hospital con el rosario enrollado en mi mano. Al fin y al cabo es mi madre, literalmente.

Todos los días mi madre de la tierra dormía conmigo y me daba la mano; casi siempre se quedaba ella. El día de la operación, sin embargo, tuve que pasar la noche en reanimación y allí no podía entrar.

Esa noche sentí de verdad que la Virgen estaba conmigo, como si me estuviera dando la mano. No podía ver bien ni usar el móvil, pero conseguí poner música y pasé toda la noche escuchando Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre de Atenas y Tranquilo de Luis Po. No dormí nada, pero esas canciones me sostuvieron, especialmente la de la Virgen, que dice algo así como: “estoy aquí, soy tu madre, no tengas miedo”.

Después de recibir la noticia de que no hay enfermedad, ¿qué sientes que te pide Dios?

Eso todavía lo sigo descubriendo. Pero sentía muy claro que quería hacer algo que ayudara de verdad, tanto a nivel laboral como personal. Tenía mucha incertidumbre, pero también la convicción de que el Señor me había salvado porque tenía un plan para mí. Yo se lo preguntaba constantemente: “Señor, ¿qué quieres de mí?”.

Con el tiempo me regaló el trabajo en el que estoy ahora, en una fundación para personas con problemas de salud mental, donde soy muy feliz. Allí también conocí a mi pareja, con quien me caso el año que viene, y lo vivo como un regalo de Dios.

Siento que me ha salvado para este plan y que seguiré descubriendo más cosas, pero tengo claro que no puedo dejar de hablar de Él ni de intentar ayudar y ser su instrumento.

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