“El sufrimiento es en cierto modo el destino del hombre, que nace sufriendo, pasa su vida en aflicciones y llega a su fin, a la eternidad, a través de la muerte, que es una gran purificación por la que todos hemos de pasar. De ahí la importancia de descubrir el sentido cristiano del sufrimiento humano”. Estas palabras de san Juan Pablo II, pronunciadas el 2 de febrero de 1985, no perderán nunca su actualidad. A primera vista, podría parecer que transmiten una mirada pesimista sobre el hombre y su existencia. Pero, si somos sinceros con la realidad que vivimos tantas veces, reconocemos que iluminan de modo certero una parte ineludible de nuestra experiencia humana.
Todos queremos ser felices, tener una vida grande y gozar de ella. Sin embargo, la experiencia del sufrimiento en la vida es inevitable, y hemos de hacer cuentas con ella constantemente. También decía en otro lugar el Papa polaco: “El sufrimiento y la muerte forman parte de la experiencia humana, y es vano, además de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos”. Y añadía: “Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo” (Evangelium Vitae, 97).
De modo que la perspectiva adecuada para situarnos en relación con esta realidad no es plantear cuestiones sobre el sufrimiento en sí mismo, o sobre si nos gustaría o no padecerlo, sino sobre los interrogantes profundos que se suscitan cuando lo experimentamos. Y estos, de un modo u otro, tienen que ver con la pregunta sobre su sentido. Como afirmaba Robert Spaemann: “El tema ‘sentido del sufrimiento’ es idéntico al tema: sentido de lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo”. La cuestión más bien se expresa de este modo: ¿qué buscamos realmente cuando nos preguntamos sobre el sentido del sufrimiento? La perspectiva adecuada, ante el misterio que supone para nosotros, no será tratar de dar con la solución a un problema, sino de abrirnos a una luz que se nos ha dado.
El carácter moral del sufrimiento
Para avanzar en esta perspectiva, puede ayudar ver la relación y la diferencia que existe entre dolor y sufrimiento. La vulnerabilidad constitutiva, propia de la persona, implica que la realidad nos “hiera”, nos afecte, y esto en todas las dimensiones y niveles de nuestro ser: biológico, afectivo, psicológico y espiritual. Pero no identificamos ni vivimos del mismo modo todas estas afecciones. En griego, para referirse al dolor físico se emplea la palabra αλγος (algos). De este término derivan gran variedad de palabras que actualmente son utilizadas en el ámbito médico relacionados con la semántica del dolor, como fibromialgia, neuralgia, lumbalgia, analgésico, etc. El término sufrimiento, por su parte, procede de παθος (pathos, en latín: passio), que abre el campo semántico relativo al padecer, a lo que identificamos como sufrir.
En otras palabras, dolor y sufrimiento expresan experiencias profundamente humanas, siempre relacionadas, pero también distinguibles. El primero implica la reacción fisiológica a estímulos dañinos, mientras que el segundo se considera una reacción como consecuencia de una experiencia que afecta a la persona e implica la pregunta por su sentido en quien la padece. Dolor físico y sufrimiento moral, como se han denominado en ocasiones, aúnan sensibilidad y afectividad, conduciendo a la persona que sufre de una fase biológica a una fase ética: “La entidad física inicial desenvuelve la afectividad moral que conduce al individuo hacia una interiorización del propio dolor que lleva al sufrimiento, como momento de libre y consciente re-actividad que implica la voluntad” (Zucchi-Honings). La clave para identificar el sufrimiento está en la configuración del ámbito afectivo y moral de la persona que sufre.
Sufrir supone un paso más allá del hecho en sí de experimentar dolor. No nos basta con encontrar las causas de nuestras dolencias. Es aquí donde vemos surgir el carácter moral de la experiencia del sufrimiento, al motivar preguntas que implican para quien sufre la cuestión del sentido de lo que vive y padece: “Allí donde no se acierta a integrar una determinada situación dentro de un contexto de sentido, allí comienza el sufrimiento” (Spaemann). El sufrimiento tiene un carácter moral de primer orden en la vida de las personas porque nos pone en juego en la búsqueda del significado y del “para qué” de lo que vivimos. No podemos ahogar los interrogantes que hacen surgir en nosotros estas experiencias: ¿quién soy yo que sufro? ¿Qué sentido tiene, para qué sufro? ¿Qué he de hacer cuando el sufrimiento se presenta en el camino de la vida?
La respuesta a la pregunta sobre el misterio del sufrimiento
Como afirmaba el profesor Livio Melina: “El ser humano puede incluso soportar el dolor; lo que no puede soportar es un sufrimiento privado de sentido. Y el hombre sufre cuando experimenta la desproporción en relación con su deseo de plenitud”. Pero ¿cómo encontrar este sentido y la respuesta a las preguntas que suscita? El camino se nos facilita al reconocer que la palabra que mejor acompaña a la realidad del sufrimiento es “misterio”.
Este término nos suele remitir a algo que no podemos llegar a conocer, algo inalcanzable para nuestra capacidad de entendimiento. Sin embargo, lo que expresa en relación con el sufrimiento es que nos encontramos ante una realidad cuyo sentido está oculto para nosotros, y nos tiene que ser desvelado: “La solución a esta dramática cuestión no podrá jamás ofrecerse solo a la luz del pensamiento humano, porque en el sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico que solo la Revelación de Dios nos puede desvelar” (Samaritanus Bonus, I).
Por tanto, no somos nosotros los que podemos desentrañar la respuesta a las preguntas que nos suscita la experiencia del sufrimiento, sino que más bien hemos de abrirnos a recibirla. Y desde la fe cristiana es posible ponerse a la escucha de esa respuesta que se nos ha dado a conocer en la persona de Jesucristo. Este es el camino para entrar en el sentido cristiano del sufrimiento humano, como expuso san Juan Pablo II en la Carta Apostólica Salvifici doloris (1984): “Cristo da la respuesta al interrogante sobre el sufrimiento y sobre el sentido del mismo, no sólo con sus enseñanzas, es decir, con la Buena Nueva, sino ante todo con su propio sufrimiento, el cual está integrado de una manera orgánica e indisoluble con las enseñanzas de la Buena Nueva. Esta es la palabra última y sintética de esta enseñanza: “la doctrina de la Cruz” (1 Corintios 1, 18)” (Salvifici Doloris, 18).
El núcleo de la redención no se encuentra en el sobrecogedor suceso de un dolor muy intenso o insoportable, sino que el punto esencial radica en quién es Jesús de Nazaret, y en el sentido salvífico y redentor que su padecer contiene. Jesucristo, siendo inocente, se acercó al mundo del sufrimiento humano zambulléndose voluntariamente en él de manera radical, hasta las últimas consecuencias. En la cruz, Cristo ha transfigurado el sufrimiento por su amor redentor. El misterio de su pasión y muerte está incluido en el misterio pascual. La elocuencia de la resurrección manifiesta la fuerza victoriosa de su entrega por amor, signo de la cual son las señales de la pasión que Jesús conserva en su cuerpo resucitado. La gloria, que en la cruz quedaba totalmente velada, brilla en plenitud por la resurrección, manifestando así “la fuerza victoriosa del sufrimiento” (Salvifici Doloris, 25).
El sufrimiento no ha desaparecido tras la resurrección de Cristo, pero ahora podemos vivirlo unidos a Él con un sentido redentor, hasta que lleguen los cielos y la tierra nuevos, donde no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido (cfr. Apocalipsis 21, 4). De esto modo: “Aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana, ni libera del sufrimiento toda la dimensión histórica de la existencia humana, sin embargo, sobre toda esa dimensión y sobre cada sufrimiento esta victoria proyecta una luz nueva, que es la luz de la salvación” (Salvifici Doloris, 15).
Hacer el bien a quien sufre
La respuesta de Dios al hombre sobre el sentido del sufrimiento nos hace partícipes de los sufrimientos de Cristo para la redención del mundo, y nos abre también un camino de acción en el don de sí mismo por amor a quien sufre. Tanto si somos los necesitados porque sufrimos, como si somos los llamados a no pasar de largo ante quien lo necesita, surge una dinámica de relacionalidad que nos implica en primera persona. Los tiempos de sufrimiento en la vida son también tiempos de relaciones, en los que surge una mirada nueva, la del “corazón que ve”, propia del Buen Samaritano (cfr. Samaritanus Bonus, II-III).
El sentido cristiano del sufrimiento humano hace posible esta mirada que descubre al mismo Jesucristo en aquel que sufre, como se indica en la conclusión de la carta Samaritanus Bonus: “Esta vocación al amor y al cuidado del otro, que lleva consigo ganancias de eternidad, se anuncia de manera explícita por el Señor de la vida en esta paráfrasis del juicio final: recibid en heredad el reino, porque estaba enfermo y me habéis visitado. ¿Cuándo, Señor? Todas las veces que habéis hecho esto con un hermano vuestro más pequeño, a un hermano vuestro que sufre, lo habéis hecho conmigo (cfr. Mt 25, 31-46)”.
La realidad del sufrimiento seguirá siempre envuelta en un cierto misterio para nosotros, pero a la luz de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se abre a un sentido y una esperanza nuevos a los que podemos abrirnos y de los que somos hechos partícipes. También inaugura un nuevo modo de actuar ante quien sufre. Es verdad que no se puede ocupar el lugar del que padece, pero sí podremos generar una relación de ayuda, escucha y consuelo, ofreciéndole todo el bien necesario para levantarlo de la herida de la desolación y abrir en su corazón hendiduras luminosas de esperanza.
Es lo que, de algún modo, expresó Sam Sagaz en un momento crítico del épico relato de Tolkien, al final de aquel largo camino recorrido junto a su amigo Frodo Bolsón, cuando ante el tremendo peso que éste portaba y que le impedía seguir adelante hundido en la oscuridad de un terrible sufrimiento, le dijo, movido por el profundo amor que le tenía: “¡Venga, Señor Frodo! No puedo llevarlo por usted, pero puedo llevarlo a usted junto con él. ¡Vamos, querido señor Frodo!” (J.R.R. Tolkien).
Facultad de Teología, Universidad de San Dámaso



