El obispo de Trondheim y escritor Erik Varden reflexionó este viernes sobre el sufrimiento humano y su sentido cristiano en una conferencia celebrada en el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo de Madrid, en el marco del Foro Omnes. Autor de obras como Castidad, Sobre la conversión cristiana o Heridas que sanan, Varden abordó una de las cuestiones que más escándalo provoca en la fe contemporánea: cómo puede concebirse a un Dios que sufre.
El porqué del sufrimiento
El obispo noruego subrayó que el porqué del sufrimiento humano no tiene una respuesta sencilla. “Muchos abandonan la Iglesia a causa del escándalo del sufrimiento”, afirmó, para añadir que el cristianismo no ofrece explicaciones que anulen el dolor, sino una profunda reverencia ante su misterio. La condición humana —recordó— es una condición dolorosa, pero no definitiva.
En este contexto, Varden explicó que el núcleo del misterio cristiano está en la encarnación: Dios, siendo absoluta trascendencia, entra en la condición humana para sanarla desde dentro. “La encarnación tiene lugar en vistas a la redención”, señaló, insistiendo en que el sufrimiento no es el final de la historia.
Erik Varden refleja en un sencillo ejemplo la posición del cristiano ante el sufrimiento. En Crimen y castigo, los hermanos hablan sobre el dolor injusto y uno de ellos acaba gritando de ira ante esta realidad gritando «no puede haber una respuesta para esto». Uno de ellos no intenta corregir la ira de su hermano ni refutar sus palabras sino que cuando el otro deja de hablar, él permanece en silencio y fija la mirada en la imagen de la cruz. Esa es la respuesta cristiana: no una explicación que anule el dolor, sino una presencia silenciosa ante el sufrimiento.
Dos respuestas actuales ante el sufrimiento
Varden señala dos tendencias ante el sufrimiento. Por un lado, mencionó la “tendencia de Instagram”, que empuja a proyectar una existencia ideal, invulnerable y perfecta. Por otro, señaló la creciente inclinación a la victimización y a la autovictimización, en la que las heridas personales se exponen públicamente exigiendo reconocimiento y reparación. Aunque reconoció que en ocasiones es necesario mostrar las heridas, advirtió del riesgo de convertirlas en identidad: “cuando decimos ‘mi herida soy yo’”.
Según Varden, quedarse atrapado entre estas dos dinámicas —la negación del dolor y su absolutización— destruye la perspectiva cristiana. En este sentido, invitó a reflexionar sobre el lugar histórico de los símbolos cristianos en la vida pública. Durante siglos —recordó— procesos de enseñanza, justicia y vida social han tenido lugar bajo la imagen del Cristo sufriente. Esa imagen se honra no por el dolor en sí, sino porque los cristianos saben lo que ocurrió al tercer día: el sufrimiento no tiene la última palabra.
La cruz y su libertad
La aspiración contemporánea a la perfección, añadió, revela una verdad profunda: el ser humano ha sido creado para la plenitud y la belleza. El problema surge cuando se intenta alcanzar esa perfección por las propias fuerzas, lo que conduce fácilmente a la frustración. Frente a ello, Varden defendió que no ser autosuficientes no implica no ser libres. “Para la libertad, Cristo nos ha liberado”, afirmó.
Al contemplar la cruz —con los clavos atravesando la carne y la movilidad anulada— puede parecer que estamos ante la negación absoluta de la libertad. Sin embargo, leída desde la fe, la cruz revela una libertad extrema: “Si es posible, que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad”. Para Varden, esta escena muestra que incluso cuando la libertad física está gravemente limitada, sigue siendo posible una respuesta interior plenamente libre.
La posición cristiana es que el hecho de no ser autosuficientes o autónomos no significa que no seamos libres. Para la libertad, cristo nos ha liberado. La fe nos enseña que podemos responder con perfecta libertad incluso cuando nos pasan cosas que restringen nuestra libertad física. La mera idea de los clavos atravesando la carne y de una persona que se asegura de quitarle movilidad es una imagen perversa y al mismo tiempo leída a la luz de la fe la cruz nos habla de una extrema libertad. Si es posible que pase de mi este cáliz pero que se haga tu voluntad. La cruz nos enseña que podemos responder con máxima libertad interior a acontecimientos que nos paralizarían.
Varden habla de sanar heridas
El obispo insistió también en que la sanación de las heridas no es instantánea. La conversión no elimina automáticamente el dolor ni hace que todo termine bien. Algunas fracturas, dijo, no desaparecerán, pero eso no las sitúa fuera del alcance de la gracia. La fe cristiana no proclama solo a un Dios omnipotente capaz de eliminar el sufrimiento, sino a un Dios que lo carga con nosotros y lo transforma en fuente de sanación y, en ocasiones, de salvación. “Por sus heridas hemos sido curados”, recordó, subrayando que los cristianos, como miembros del Cuerpo de Cristo, participan de esta realidad redentora.
La redención —afirmó— es un hecho histórico ya realizado, cuyos efectos siguen desplegándose en el tiempo hasta el final de los tiempos. En este sentido, citó la imagen de Cristo que permanece en la cruz, no como un episodio que deba descartarse, sino como la certeza de que todo sufrimiento puede ser confiado a un amor omnipotente. “Decir: ‘Señor, esto es tuyo’”, explicó, puede convertir las heridas en puentes de sanación. “Yo he visto esto”, añadió.
“Vivimos en este mundo como en un valle de lágrimas”, concluyó, “pero es un valle iluminado por la luz de Cristo”. Para el obispo, cada persona está llamada a descubrir e interpretar su propia “canción”, aquella para la que ha sido creada. Aunque existen ejemplos admirables de personas —con o sin fe— que afrontan el sufrimiento con valentía, cuando este está iluminado por la fe cristiana se vive con la convicción de que Dios está con nosotros y de que nosotros estamos hechos para vivir en Él. Así, cada experiencia humana, incluso la más dolorosa, puede convertirse en un camino de comunión con Dios.



