¿Qué hice frente al ICE?

Las imágenes del ICE disparando en la calle o deteniendo a un niño evidencian hasta qué punto el miedo ha sustituido a los valores cristianos que dieron forma a Occidente.

31 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
ICE

©OSV News /Seth Herald, Reuters

Las dramáticas imágenes de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EEUU (ICE) abatiendo a tiros a ciudadanos en mitad de la calle o deteniendo a un niño de cinco años son una nueva muestra del alejamiento de Occidente de sus raíces cristianas.

La polémica operación de control migratorio que lleva a cabo el Gobierno federal es fruto del miedo irracional al inmigrante, miedo que funciona muy bien como herramienta electoral en contextos de incertidumbre y crisis económica. Pero el miedo no ha sido nunca motor de nuestra civilización, esa que Trump dice defender.

El miedo no levantó catedrales ni universidades; el miedo no promovió los derechos humanos ni la creación de hospitales, escuelas e instituciones sociales; el miedo tampoco impulsó a nadie a lanzarse mar adentro a buscar nuevas rutas comerciales y ensanchar el mundo. Por el contrario, es el miedo el que nos lleva a temer a la vida humana y a promover el aborto y la eutanasia; es el miedo el que nos lleva a asustarnos de la precariedad y a promover una economía egoísta y excluyente; es el miedo el que nos lleva a temer las relaciones humanas y a rechazar la familia y preferir ciudades de «singles» en lugar de auténticos pueblos; es el miedo el que nos lleva a las guerras y a diseñar armas de destrucción masiva.

Algunos, sin embargo, tratan de azuzar el temor a las personas migrantes acusándolas de ser las culpables de acabar con nuestra cultura, cuando lo cierto es que son ellos, en muchas ocasiones, los que mantienen los valores que aquí hemos perdido. Valores como la familia, el cuidado de los mayores, la solidaridad o la práctica religiosa son firmemente defendidos por quienes vienen de fuera sirviendo de freno a la deriva secularista europea y norteamericana.

¡Tenemos tanto que aprender de los migrantes! ¡Tienen tanto que enseñarnos sobre no tener miedo! «En un mundo oscurecido por guerras e injusticias, incluso allí donde todo parece perdido –nos recordaba León XIV este verano– los migrantes y refugiados se erigen como mensajeros de esperanza. Su valentía y tenacidad son un testimonio heroico de una fe que ve más allá de lo que nuestros ojos pueden ver y que les da la fuerza para desafiar la muerte en las diferentes rutas migratorias contemporáneas».

Claro que hay que regular los flujos, claro que hay que defender el derecho a no migrar y combatir a las mafias que trafican con personas, claro que hay que proteger a las sociedades de quienes se aprovechan de la acogida de una comunidad para hacer el mal y claro que hay que exigir a los inmigrantes respeto por la cultura y las leyes del país que los acoge; de ahí los cuatro verbos que el Papa Francisco repetía: acoger, proteger, promover e integrar; pero nos seguiremos hundiendo en la miseria si no incorporamos gente con ganas de vivir, con esperanza e ilusión de abrir nuevos caminos, nuevas rutas, nuevos horizontes. Cerrándose el cielo, Occidente ha dejado de soñar con la tierra prometida, con la providencia de Dios en medio del desierto y ha preferido quedarse en Egipto comiendo cebollas. A la sociedad del bienestar le aterrorizan quienes no tienen llenos los graneros y sí que creen en el futuro, quienes sí se arriesgan por un mundo mejor, quienes son capaces de dejar atrás sus seguridades atravesando el desierto y se lanzan al vacío, solo confiando en Dios. ¡Aprovechemos esa riqueza que nos traen!

En España, el Gobierno ha anunciado la regularización extraordinaria de medio millón de inmigrantes. No han sido los partidos quienes han promovido esta medida, hay que recordarlo, sino el pueblo y las organizaciones sociales, entre ellas la Conferencia Episcopal Española, Cáritas o CONFER. La Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que ha acabado logrando esta medida extraordinaria ha sido firmada por nada menos que 600.000 ciudadanos y 900 entidades, lo que la convierte en la ILP con más apoyos de la historia. 

Es una muy buenísima noticia para Europa, porque los 500.000 inmigrantes que vivían en tierra de nadie, a pesar de evitar el derrumbe de nuestra tasa de natalidad, pagar impuestos para nosotros y mantener nuestro tejido productivo y de servicios, van a recuperar su dignidad humana y van a transmitirnos su esperanza, esa que hemos perdido por el camino. Y también es muy buena noticia porque en nuestro mundo polarizado, donde si eres de un bando no puedes ser del otro, esta ILP promovida por los obispos y aprobada finalmente, aunque de aquella manera, por la izquierda más radical, también supone un rayo de esperanza de que el diálogo y la búsqueda del bien común aún es posible. 

Y si a alguno le sigue moviendo el discurso del miedo, más miedo debería darles leer ese cimiento de nuestra civilización que es Mateo 25 con aquel señor que reprendía a los suyos diciendo: «tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”. Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna», hasta aquí la cita.

Y ahora, hagámonos esta pregunta: ¿Y yo? ¿Qué hice cuando el Señor fue forastero? ¿Qué hice frente al ICE?

El autorAntonio Moreno

Periodista. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Bachiller en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Delegación diocesana de Medios de Comunicación de Málaga. Sus numerosos "hilos" en Twitter sobre la fe y la vida cotidiana tienen una gran popularidad.

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