Vocaciones

Isidoro Zorzano, en la Escuela de Ingenieros de Madrid

Hace unos días, la Escuela de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid acogió la presentación de un libro sobre el ingeniero Isidoro Zorzano (Buenos Aires, 1902-Madrid, 1943). Enrique Muñiz, el autor, y Cristina, ingeniera en ciernes, conversaron sobre el que puede ser el primer laico varón del Opus Dei en ser canonizado. La primera mujer beatificada fue Guadalupe Ortiz de Landázuri (2019).

Francisco Otamendi·17 de octubre de 2022·Tiempo de lectura: 4 minutos
isidoro zorzano

Naturalmente, Isidoro Zorzano, fallecido en 1943 de un cáncer, no está en los altares todavía. Pero el Papa Francisco abrió la puerta en 2016, y el ingeniero argentino Zorzano es ya venerable, es decir, vivió las virtudes cristianas en grado heroico, según la Iglesia. Por delante de él en el Opus Dei sólo están san Josemaría Escrivá, el beato Álvaro del Portillo, y la chica catalana Montse Grases, también venerable desde 2016. 

Existe desde hace años una biografía completa de Isidoro Zorzano, escrita por José Miguel Pero-Sanz, ex director de Palabra y publicada en la editorial del mismo nombre, que va por la quinta edición. Ahora, Enrique Muñiz publica esta semblanza ilustrada de 175 páginas,’ Isidoro 100 %’, en original formato conversación con una joven, Cristina (22), que termina este año Industriales en la Escuela madrileña. Ambos reprodujeron una síntesis del libro en la presentación, ante decenas de estudiantes y algunos profesores de la Escuela, abiertos a preguntas de los asistentes.

Isidoro Zorzano nació en Buenos Aires en 1902. Era el tercero de cinco hijos de unos emigrantes españoles, y puede decirse con justicia que era migrante —tanto en Argentina, por ser hijo de españoles, como en España por haber nacido en Argentina—. Sus padres regresaron a España en 1905, aunque con la intención de volver a Argentina. Se establecieron en Logroño, donde Isidoro fue compañero de san Josemaría cuando ambos estudiaban el bachillerato en Logroño. Su familia se arruinó en 1924, tras las graves dificultades del Banco Español del Río de la Plata.

Luego, Zorzano fue el hombre de confianza del fundador en los inicios de la Obra, y el primero que perseveró en la vocación al Opus Dei que le planteó su amigo san Josemaría directamente en 1930. En los años siguientes, ayudaría con heroicidad al fundador y a fieles de la Obra, durante la guerra civil española.

259 testimonios, 2.000 páginas

Los capítulos de la semblanza atrapan, pero si hubiera que destacar subjetivamente alguno, sugeriría leer la breve introducción, titulada ‘El santo de mi puerta de enfrente’, que comienza con una referencia a la exhortación apostólica ‘Gaudete et exsultate’ del Papa Francisco; los capítulos 3 y 4   ̶ ‘Amigos’ y ‘La botella media llena’ ̶ ; el 6  ̶

‘El crucifijo de Isidoro’ ̶ ,  o el 10, cuyo encabezamiento, ‘Extraordinariamente ordinario’, es quizá una de las mayores aportaciones del libro. 

De hecho, así lo subrayó el autor cuando en el coloquio de la Escuela de Ingenieros comentó que la vida de Isidoro Zorzano estuvo “llena de cosas muy normales y de constantes detalles de servicio a los demás”, en la búsqueda de la santidad en lo ordinario.

En “Isidoro 100%” se recogen trazos significativos de los 259 testimonios, más de dos mil páginas, que se recogieron tras su fallecimiento, debido a un linfoma cuando estaba cerca de cumplir 41 años y trabajaba como ingeniero de ferrocarriles.

El ingeniero Rafael Escolá, que fundaría con el paso tiempo una conocida consultora, escuchó a san Josemaría decir de él: “Cumplió cada día las normas de piedad, trabajó mucho, estuvo siempre alegre, y se ocupó de los demás. Si esto no es ser santo, ¿qué es ser santo?” (p. 121).

No hablaba de sí mismo

El beato Álvaro del Portillo, que convivió con él en el centro de Villanueva antes de ser sacerdote, mencionó entre otros aspectos: “Nunca oí a Isidoro hablar de sí mismo, si no le preguntaba. Nunca escuché de él una réplica. Nunca se excusaba, ni echaba la culpa de algo que hubiera resultado menos bien a otro, aunque habitualmente pudiera hacerlo, pues ya he dicho que Isidoro procuraba hacer todo lo mejor que podía”.

Proseguía el beato Álvaro con una anécdota que refleja la humildad de Isidoro, y que pueden leer íntegra en las págs. 129 y 130: “¡Cuántas veces se habrá repetido la escena que voy a referir! Allá en un rincón de nuestra Secretaría, detrás de su mesa, sentado en un sillón, procurando pasar oculto, desaparecer, está Isidoro. Él es para todos, para mí, el modelo vivo de lealtad, de fidelidad al Padre y a la vocación, de generosidad, de perseverancia. Es el amigo de infancia del Padre, el más antiguo en la Obra. Yo le tenía interiormente un gran respeto. El Padre me había nombrado hace unos años Secretario General de la Obra. […]”.

“Trabajaba Isidoro como Administrador General de la Obra, en su rincón”  -añade el beato Álvaro-. “No se interrumpía el trabajo cuando otros de los que vivíamos en aquella casa habíamos de entrar en su despacho: seguía con naturalidad en lo suyo. Pero cuando no entraba otro conmigo, invariablemente, se ponía de pie. ¡Por Dios, Isidoro, por qué te levantas! “No, nada: si quieres algo”. Téngase en cuenta […] que esa jerarquía interna no era entonces sino una cosa incipiente, prácticamente irreal, que él era un hombre hecho y derecho, lleno de prestigio social, el más antiguo de la Obra…, y su interlocutor un estudiante, al que casi doblaba el número de años”.

“Cuando llegue al cielo, ¿qué quiere que pida?”

En el aula de la Escuela de Ingenieros, y en su semblanza, Enrique Muñiz explica que “Isidoro es una muestra de que la santidad no es una especie de arrebato digno de titanes, sino algo asequible, que se trabaja poco a poco, con esfuerzos ordinarios y una apertura constante a la gracia de Dios…”. En su investigación, el autor destaca que Zorzano “era cercano, amable, educado, superservicial, superingeniero, sencillo, humilde, y en su enfermedad mostró el valiente heroísmo con el que vivió toda su vida”.

Por ejemplo, “entre los que se quedan a pasar la noche en el sanatorio, hay varios testimonios encantadores de cómo Isidoro no pegaba ojo mientras se preocupaba de que ellos durmieran a gusto”, relata el autor.

La progresión fue in crescendo hasta el final de su vida, como refleja este suceso. En la última conversación que tuvo con san Josemaría, el día antes de morir escribió el beato Álvaro que Isidoro preguntó: “Padre, ¿de qué asuntos me tengo que preocupar en cuanto llegue al cielo. Por qué quiere que pida? Y el Padre le respondió “que pidiera, en primer lugar, por los sacerdotes; después por la sección femenina de la Obra, por la parte económica… Y cuando salió el Padre, con la emoción que se puede suponer, ante la reacción extraordinariamente sobrenatural de Isidoro, él se quedó lleno de alegría: ¡pronto iría al cielo y, desde allí, podría trabajar mucho por lo que más le preocupaba al Padre!”. (págs. 136-137).

Los restos mortales de Isidoro Zorzano reposan en la parroquia de San Alberto Magno, en Vallecas (Madrid), situada junto al colegio Tajamar. Allí se encuentran estampas y hojas informativas sobre Isidoro. El capítulo 12 de la semblanza, ‘Devoción’, recoge algunos favores y peticiones a Isidoro Zorzano, y sus devotos son variadísimos, señala el autor, que ha dejado escrito: “Ojalá la lectura de estas páginas sirva también para animar a alguien a pedir a Dios un milagro por la intercesión de Isidoro, que sirva para su beatificación…, y luego otro, si Dios quiere, para la canonización”.

El autorFrancisco Otamendi

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