Vocaciones

Sacerdotes santos: Santo Domingo de Guzmán

En 2021 se cumplen 800 años de la muerte de Santo Domingo de Guzmán, uno de los grandes sacerdotes santos de la Edad Media, un hombre de profunda oración que “sólo hablaba con Dios o de Dios“. Con él empezamos una serie que repasará algunos de los sacerdotes santos de la historia de la Iglesia.

Manuel Belda·13 de enero de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

Santo Domingo de Guzmán es uno de los grandes sacerdotes santos de la Edad Media. Nació hacia el año 1172 en Caleruega (Burgos). A los catorce años marchó a estudiar Artes liberales y Sagrada Escritura en la universidad de Palencia. Allí manifestó su caridad hacia los pobres, pues durante un periodo de terrible carestía, vendió sus libros para dar el dinero obtenido a los pobres. Esto suponía desprenderse de valiosos códices, reunidos con mucho trabajo durante años de estudio fatigoso, renunciando a un patrimonio que sería casi imposible reconstruir después.  

Sus inicios en el sacerdocio

Fue ordenado sacerdote a los 25 años, formando parte del capítulo de canónigos regulares de la catedral de Osma (Soria). En 1203 acompañó a su obispo, Diego de Acebes, en una misión delicada, pues se trataba de concertar el matrimonio del hijo del rey Alfonso VIII de Castilla con una princesa danesa. Al regreso de Dinamarca, en 1206, encuentran en la ciudad francesa de Montpellier a los legados pontificios, Pedro de Castelnau y Raúl de Fontroide, enviados por el Papa para reprimir la herejía de los cátaros o albigenses, y los convencen de que para que su predicación resulte eficaz, tienen que dar ejemplo de pobreza evangélica y renunciar al lujo ostentoso de que hacían gala. El obispo y Domingo se quedaron en el sur de Francia para predicar contra dicha herejía.

La Orden de Predicadores

El obispo Diego volvió pronto a su diócesis para reclutar nuevos predicadores y murió allí en 1207, por lo que Domingo tuvo que continuar él solo la tarea de predicación, pero poco después se le agregó un grupo de sacerdotes, atraídos por su ideal evangélico. En 1215 fundó su primera casa religiosa en Toulouse con sus dos primeros discípulos, que se unieron a él mediante la profesión religiosa para constituir una comunidad. El mismo año el obispo de la diócesis, Folco, la aprobó oficialmente, lo que representa el origen de la Orden de Predicadores. El paso sucesivo fue la obtención de la aprobación pontificia, pues en esa época los únicos predicadores institucionalizados eran los obispos. Con este fin acompañó al obispo Folco a Roma para el Concilio Lateranense IV (1215), y allí conoció al Papa Inocencio III, quien lo animó a poner en práctica su programa de vida religiosa y de pastoral. En 1216 volvió a Roma, donde el Papa Honorio III aprobó definitivamente la nueva Orden de Predicadores.

En 1218 se fundaron los dos principales conventos de la Orden, el de París y el de Bolonia, pues estas dos ciudades eran los principales centros de la cultura de la época. El Capítulo general de 1220 confirmó la elección de Domingo como Superior general, que en los dominicos es llamado “Maestro de la Orden”, cargo que desempeñó hasta pocos meses antes de su muerte. El último año de su vida lo dedicó, por encargo del Papa a organizar dos conventos en Roma, un para monjas, San Sixto, y otro para frailes, Santa Sabina, que luego fue la casa generalicia de la Orden. 

Muerte y legado espiritual

Murió el 6 de agosto de 1221 en Bolonia. Poco antes de morir dijo a sus hijos espirituales: “No lloréis; os seré más útil y daré más fruto para vosotros después de mi muerte, que con todo lo que hecho en mi vida”. Fue canonizado por Gregorio IX en 1234. Sus contemporáneos presentan a santo Domingo como un hombre de profunda oración, con una frase que se ha hecho clásica: “Sólo hablaba con Dios o de Dios”.

No se ha conservado ninguna obra suya. De su correspondencia, que debió de ser numerosa, sólo ha llegado hasta nosotros una carta en latín a las monjas dominicas de Madrid. 

La espiritualidad personal de santo Domingo se transmite mediante su carisma fundacional a la Orden de los Predicadores. Como escribe George Bernanos: “Si pudiésemos elevar una mirada única y pura sobre las obras de Dios, esta Orden nos aparecería como la caridad misma de santo Domingo, realizada en el espacio y en el tiempo, como si su oración se hubiera hecho visible”.

El afán por la salvación de las almas

Esta espiritualidad se caracteriza por el fin común, que consiste en el afán por la salvación de las almas. Para ello se precisa un fin específico, la predicación, subordinado al anterior. El predicador da a los demás el tesoro que ha acumulado en la contemplación. Ésta es la diferencia fundamental entre la Orden de los Predicadores y las anteriores Órdenes monásticas, que “hablaban a Dios” y a menudo “de Dios”, pero no tenían una orientación directamente apostólica, sino que su fin específico era la vida contemplativa. En cambio, en la Orden de Predicadores el fin apostólico está situado al mismo nivel que el fin contemplativo. Más tarde santo Tomás de Aquino sintetizará este hecho con la frase: Contemplata aliis tradere, entregar a los demás el fruto de la propia contemplación.

Si el fin común de la Orden de Predicadores es la salvación de las almas y su fin específico es la predicación, el medio indispensable para alcanzar ambos fines es el estudio asiduo de las Ciencias Sagradas, lo cual sustituía al trabajo manual de los monjes en las Órdenes anteriores a la de santo Domingo. El estudio constituye la pasión dominante de esta Orden. La liturgia define al santo como Doctor Veritatis, Veritas es el lema de la Orden de Predicadores.

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