Familia

Sanar los amores heridos

La meta del acompañamiento pastoral consiste en integrar en la vida plena de Jesús y de su Iglesia, mediante un camino o proceso de purificación, a través de ayudas concretas y eficaces que se adecuen a las distintas situaciones familiares. 

José Miguel Granados·9 de junio de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
corazon roto

Una familia rota

 “Repartos con la firma de Dombey e hijo: venta al por mayor, venta al por menor y para la exportación” (Dombey & son): es el título completo y significativo de una de las historias más tristes del genial novelista Charles Dickens. Mr. Paul Dombey vive con la pretensión obsesiva del prestigio basado en su renombre social y en el éxito de su empresa. Supedita a todos los miembros de su familia a dicha intención ególatra, hasta el punto de hacerse lamentablemente incapaz de amar, provocando graves heridas en las personas de su entorno -en su hija Florence, en su mujer Edith- y en sí mismo.

Sólo cuando su vida y su familia se halle rota y arruinada reconocerá sus graves errores. Al final, tras mucho sufrimiento, la compasión y la ternura sin límites de su hija será capaz de ofrecer consuelo y paz a su padre y a su esposa.

Dombey e hijo

Autor: Charles Dickens
Año: 1846-1848

El arte de acompañar

El Papa Francisco afirma en la exhortación Amoris laetitiae que “la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad” (AL, n. 291).

La Iglesia es madre, maestra y educadora, y también actúa como casa de salud y “hospital de campaña”. La acción evangelizadora se refiere, principalmente, a la construcción y rehabilitación de las personas y de las comunidades, con las muchas herramientas que el Señor nos ha dejado para que tengamos vida abundante.

El acompañamiento personal y eclesial constituye un arte y una virtud. Requiere la adquisición de un conjunto de destrezas humanas y cristianas: ciencia, sabiduría, amor, prudencia, confianza, humildad, fe, esperanza, paciencia, etc. Como toda relación de ayuda, la atención pastoral exige reconocer la dignidad de cada persona, pues nadie debe ser discriminado por su condición o su conducta. Acompañar significa ponerse con solicitud al lado del que sufre, hacerse cargo de su situación, de sus rupturas, de sus anhelos.

Se ha de tener en cuenta la normal gradualidad en las etapas de crecimiento, sanación y reconstrucción. En este proceso paulatino de maduración humana y cristiana se trata de que las personas lleguen a descubrir y aceptar -por sí mismas, con la ayuda del Espíritu Santo- la luz de la verdad revelada: que comprendan el sentido de la donación y de la fidelidad como algo que está dentro de cada uno: la realización soñada de su proyecto matrimonial y familiar, la promesa divina escondida en sus deseos más hondos. La meta del acompañamiento pastoral consiste en integrar en la vida plena de Jesús y de su Iglesia, mediante un camino o proceso de purificación, de formación y de santificación.

Se han de ofrecer ayudas concretas y eficaces. Resulta imprescindible que las personas encuentren todos los apoyos eclesiales para rehacer su vida conforme al evangelio: diversos grupos de vida de fe y pastores asequibles, cordiales, con sentido humano y sobrenatural; familias cristianas acogedoras y abiertas; centros de la Iglesia especializados en la atención a la familia. Se trata de recorrer un camino, paso a paso, junto a la persona que necesita la ayuda humana y eclesial; incluyendo -cuando sea necesaria- la atención especializada de profesionales de la psicología, el derecho, la medicina, la asistencia social, etc., que posean recto criterio eclesial.

El amor verdadero, descrito en el bello himno paulino a la caridad (cf. 1 Cor 12,31-13,13), aparece como fundamental clave de interpretación de la acción evangelizadora en el ámbito del matrimonio y de la familia (cf. AL, nn. 89-119). La auténtica misericordia lleva a una vida según la alianza cristiana, conforme a la justicia de los vínculos y los compromisos, de los derechos y los deberes que brotan de la identidad y de la condición personal y familiar.

Pedagogía de la gracia

La ley moral, inscrita en la conciencia, enseñada en el evangelio y transmitida por la Iglesia, es un don de Dios que indica el camino para la vida plena. En verdad, con la ayuda de la gracia se pueden observar los mandamientos, cuya cima es el mandato nuevo del amor cristiano. La evangelización ha de acoger la grandeza del hombre redimido en Cristo, llamado a la santidad en todos los estados y circunstancias de vida. Por ello, se ha de afirmar: “Es posible, porque es lo que pide el evangelio” (cf. AL, 102).

Francisco propone la fórmula de dar “pequeños pasos” en el “camino de la gracia y del crecimiento”. Poco a poco, la persona que ora, escucha la Palabra de Dios, convive en la comunidad cristiana, ejercita las obras de caridad y misericordia, se forma en la fe de la Iglesia, etc., va entendiendo la verdad del evangelio como buena nueva, se capacita para vivirla, crece su deseo de comunión, sintoniza con la mente de Cristo y con su corazón.

Este proceso consiste en llevar suavemente, como en un plano inclinado, hacia la connaturalidad virtuosa con el bien. Se ha tener en cuenta la situación de la persona concreta; acompañarla –por usar un símil- en el ascenso de los peldaños hacia una vida más elevada; hacer amable el camino del cristiano; mostrar el atractivo y la alegría de la vida evangélica. Esta forma pastoral constituye una auténtica pedagogía humana y cristiana.

Familias evangelizadoras, portadoras de esperanza

Es toda la Iglesia la que acompaña a las personas en situaciones familiares precarias. La fórmula pastoral siempre válida que proponía san Pablo consiste en ejercitar “la caridad en la verdad” (cf. Ef 4,15). Se ha de ayudar a las personas que han sufrido rupturas familiares a convencerse de que su vida, con sus circunstancias concretas, es también espacio de gracia, historia de amor y de salvación: que pueden hacer mucho bien manteniéndose firmes en la fe en el puesto que les toca ocupar; que su perseverancia es un referente y un tesoro para los hijos y para toda la Iglesia; que su dolor es salvífico y fecundo; que pueden mejorar; que la esperanza humana y sobrenatural puede siempre renacer.

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