Ecología integral

La tentación de divinizar el universo

El universo siempre ha sido, desde muy antiguo, motivo de debate sobre la afirmación o negación de Dios.

Juan Arana·23 de octubre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
telescopio polo sur
Foto: Telescopio del Polo Sur, Biceps2 fotografiado en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur. ©2021 Catholic News Service / U.S. Conference of Catholic Bishops.

Desde muy antiguo la consideración del universo ha servido como antesala de la afirmación de Dios… o de su negación. La oportunidad o el conflicto no se plantearon ciertamente entre los griegos ni en ninguna de las culturas que les antecedieron, porque a nuestros más remotos abuelos muy raramente se les ocurrió la idea de que todo lo visible (la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas) pudiera haber sido creado por una divinidad. La dificultad principal no estaba en admitir que una cosa tan inmensa hubiera podido ser sacada de la nada, sino que Algo o Alguien, por muy excelso que resultara, pudiera situarse más allá de sus fronteras. 

A pesar de que algunos de los primeros filósofos fueron acusados de impiedad y ateísmo, ciertamente no lo fue porque negaran la existencia y poder de Dios, sino más bien porque desafiaban las creencias dominantes. Su desafío no era por otro lado sorprendente, ya que la religión griega había decaído tras siglos de refundiciones sincréticas. Perdida la confianza en unas tradiciones que se habían vuelto inasumibles, aquellos hombres se apoyaron en el báculo de la razón para reconstruir un credo que no violentara la inteligencia de lo verdadero ni la conciencia de lo justo.

Una religión filosófica

Así crearon lo que Varrón denominó una religión filosófica, frente a las formas hasta entonces conocidas de devoción: la mítica y la civil. Lo extraordinario de esta historia es que, viéndose en la necesidad de elegir entre esas tres alternativas, san Agustín no dudó en ubicar la cristiana junto a la de los filósofos, como recordaba el entonces cardenal Joseph Ratzinger en su discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Navarra. Por tanto, no era tan mala la estrategia que Hecateo, Jenófanes, Anaxágoras o Platón escogieron para buscar la verdadera religión, la única capaz de saciar la sed de Dios que tenemos todos los hombres. 

La hipoteca que condicionó el intento de los filósofos griegos era que las nociones que manejaban no daban para tanto. La que resultó más lastrada por su modo de pensar probablemente fue la de espíritu. Para concebir tanto a Dios como al alma humana acudían a torpes remedos semicorpóreos, como soplos de aire, fuegos fatuos, desvaídos simulacros y cosas por el estilo.

Tras muchas batallas, en las que los primeros filósofos cristianos ocuparon un glorioso puesto de vanguardia, la cosa empezó a quedar clara: Dios no era un astro, ni el principio inmanente que mueve el cosmos, ni su “cielo” es el que recorren los planetas. Estaba más allá del tiempo y del espacio, más allá de los dóndes y los cuándos, y su realidad desbordaba con mucho lo que se puede tocar, ver, oler o escuchar. Otra cosa era que su vastísima sabiduría y poder, así como su extraordinaria bondad, encontrasen los medios para hacer tangible su elidida presencia en el mundo que habitamos, el único con el que estamos familiarizados. 

Paradójicamente podría decirse que el universo físico sólo pudo empezar a ser concebido como tal, como mundo físico sin más, desde el mismo momento que los últimos filósofos griegos, ya cristianizados, sacaron a Dios de él, y empezaron concebirlo tan sólo como su obra, su creación, dotada de una consistencia propia, sólida, perfectamente reglamentada y cognoscible.

El desencantamiento del mundo

A primera vista paradójico, nada más lógico: la cosmología sólo fue posible como ciencia cuando Dios dejó de ser concebido como inquilino del cosmos para reconocerlo como su autor. El desencantamiento del mundo físico obligó a dejar de buscar almas y duendes por doquier, para indagar en su lugar los hechos y leyes que manifiestan la acción de una Causa poderosa, sabia y buena ajena al propio universo. 

Sin embargo, la tentación de recaer en la confusión ha sido constante desde entonces. Volver a identificar Dios con la naturaleza fue siempre la gran tentación, en la que una y otra vez cayeron poetas y filósofos, especialmente desde que Benito de Spinoza se convirtió en su portavoz más representativo. La elemental consideración de que una Presencia tan desbordante no resultaría avasalladora sólo para las criaturas, sino también para la propia realidad cósmica, fue desoída una y otra vez. No importaba tener que sacrificar la libertad del hombre o convertir en meras apariencias los males y limitaciones que aparecen por doquier.

Cuando el cosmólogo Lemaître le hizo ver a Einstein que era mucho más coherente con su teoría de la relatividad un universo en expansión (por tanto, resultante de una singularidad física), sólo le supo responder: “¡No, eso no! ¡Eso se parece demasiado a la creación!”.Dejando a un lado los detalles de este debate y de otros que le siguieron (como los intentos de preservar la eternidad temporal en los modelos de universo estacionario, o la infinitud espacial en las especulaciones sobre multiversos) el objetivo siempre ha sido el mismo: adornar con algún rasgo divino la realidad mundana, aun a costa de sacrificar su armonía, belleza, o incluso de volverla rigurosamente inconcebible. Diríase que no solo el pueblo judío es de dura cerviz; parece que fuera la humanidad entera la que porfía en seguir dando coces contra el aguijón. 

El autor

Juan Arana

Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, académico numerario de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, profesor visitante en Maguncia, Münster y París VI –La Sorbona–, director de la revista de filosofía Naturaleza y Libertad y autor de numerosos libros, artículos y colaboraciones en obras colectivas.

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