Evangelización

¿Homilías aburridas? Indiana Jones y el templo perdido

Existe toda una selva de sucesos intrascendentes, ideas propias, elementos coyunturales y otras especies que hay que atravesar hasta llegar al núcleo perdido del Evangelio para llevárselo a nuestros hermanos.

Javier Sánchez Cervera·3 de noviembre de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
aventura
Foto: Dan Cook / Unsplash

Me contaba un sacerdote amigo su plan para preparar la homilía del domingo: Los lunes se leía los comentarios de los padres de la Iglesia sobre el Evangelio, los martes las catequesis del Papa, el miércoles acudía a la Biblia interlineal griega y el jueves a varios comentarios. No recuerdo, ni quiero recordar, cómo sigue porque a mí, sinceramente me supera.

Lo cierto es que hasta llegar a ese núcleo de la Palabra de Dios que debemos transmitir hay que hacer algo, no se si tanto, pero algo. Es una aventura al estilo de Indiana Jones y el Templo Perdido: Toda una selva de sucesos intrascendentes, ideas propias, elementos coyunturales y otras especies que hay que atravesar hasta llegar al núcleo perdido del Evangelio, ese núcleo que hemos de abrazar y sacar de la Palabra de Dios para llevársela a nuestros hermanos.

En el siglo XII Dom Güigo, el noveno de los priores de la Gran Cartuja, escribió una carta pequeña y sustanciosa llamada la La escala de los monjes sobre la vida contemplativa. Esta carta es, quizá, el primer análisis sistemático de lo que ahora llamamos Lectio Divina es decir la lectura orante de la Biblia. La Lectio Divina pone en el centro de la oración la Palabra de Dios con su fuerza.

En los últimos siglos, sin embargo, este modo de leer la Biblia se ha hecho muy minoritario. Con frecuencia, en cambio, utilizamos la Palabra de Dios para apoyar, incluso en la oración, un discurso que es más ascético que otra cosa. A veces nos servimos de la Palabra de Dios para ambientarnos y facilitar un diálogo con Dios en una determinada escena del Evangelio como si fuéramos un personaje más. Las dos son formas preciosas de rezar.

No obstante, si queremos llegar al núcleo de la Palabra de Dios que leemos y que hemos de transmitir deberemos ir a la Palabra misma y leerla con el mismo espíritu con la qeu fue escrita: El Espíritu Santo. La Lectio Divina nos enseña a hacerlo. Por eso el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, nº 25, dice:

«Es necesario que todos conserven un contacto continuo con la Sagrada Escritura a través de la «lectio divina»…, a través de una meditación atenta y que recuerden que la lectura debe ir acompañada de la oración. Es ciertamente el Espíritu Santo el que ha querido que esta forma de escucha y de oración sobre la Biblia no se pierda a través de los siglos.»

El método de la Lectio Divina es descrita por Dom Güido como una escala de cuatro escalones que vamos subiendo progresivamente en la oración:

La “lectura” es la inspección cuidadosa de las Escrituras, realizada con espíritu atento.

La “meditación” es el trabajo de la mente estudiosa que, con la ayuda de la propia razón, investiga la verdad oculta.

La “oración” es el impulso devoto del corazón hacia Dios pidiéndole que aleje los males y conceda los bienes.

La “contemplación” es como una elevación sobre sí misma de la mente que, suspendida en Dios, saborea las alegrías de la eterna dulzura.

Subida esta escala y llegados a la cima, sumergidos en contemplación, nos llenamos de ese Dios que ahora podemos transmitir –Contemplata aliis tradere– a través nuestra Predicación. Dom Güido describe cada paso:

La lectura aparece en primer lugar, como el fundamento. Ella proporciona la materia y nos lleva a la meditación.

La meditación, busca atentamente qué es aquello que debe ser deseado. Cavando, descubre un tesoro, y lo muestra, pero no puede alcanzarlo por sí misma, y nos remite a la oración.

La oración, alzándose con todas sus fuerzas hacia Dios, le pide el deseado tesoro: la suavidad de la contemplación.

Esta, cuando llega, recompensa el esfuerzo de las tres anteriores, embriagando el alma sedienta con la dulzura del rocío celestial.

Te dejo aquí la carta para que puedas descargártela en tu móvil.

Y ahora, con el tesoro entre las manos -en el corazón-, debemos salir de esa Palabra en la que nos hemos sumergido para atravesar otra vez la maraña de ideas, sucesos y elementos coyunturales hasta llevarle el Tesoro a nuestros hermanos. Éste camino, distinto del anterior y tan importante como ése, es el que tenemos que describir en los siguientes artículos.

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