Evangelización

¿Homilías aburridas? En aquel tiempo… aprovechemos el tiempo

El efecto «vengo a hablar de mi libro» suele ser recurrente en algunas homilías de domingo. Vale la pena hacer examen de conciencia y creernos de veras que la Palabra De Dios está viva y es locuaz.

Javier Sánchez Cervera·9 de abril de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos

En aquel tiempo… aprovechemos el tiempo. Con estas palabras resumíamos el otro día un grupo de sacerdotes esa tentación que tenemos algunos de hacer decir al Evangelio lo que a mí me parece. Y cuando digo “lo que me parece” me refiero a un desahogo por un problema personal, a un tema en el que me siento cómodo sin pensar más, a un artículo que leí́ en el despacho, a un folleto que compré en Paulinas, o a cualquier otra cosa. 

aprovechemos el tiempo

El efecto “vengo a hablar de mi libro” se verifica una y otra vez cuando tengo mi tema -generalmente mi mono-tema- y da igual lo que digan las lecturas, la liturgia, la gente o la momia de Tutankamón, que no me salgo de ahí y empujo, estrujo y zarandeo la Palabra de Dios lo que haga falta para que termine apoyando mis movidas. 

En estos casos se nos podrían aplicar con toda propiedad las palabras del Evangelio: “¿Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros: ‘Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado; hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo’. Porque ha venido Juan, que no come ni bebe, y dicen: ‘Tiene un demonio’. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Mirad un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores’” (Mt 11, 16-19).

El problema que tiene el Evangelio es que no se queja. Lo puedes utilizar como pisapapeles, o puedes manipularlo para golpear -literal o figuradamente- al personal. De todos modos el problema no sería, en cualquier caso, del Evangelio, sino de quien lo manipula ya que, como dice el Apocalipsis: “Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro” (Ap 22, 18-19).

Lo que viene a recalcar esta última advertencia contenida en la Biblia es que nosotros somos servidores de la Palabra de Dios y no propietarios y, por lo tanto, se nos pide una actitud de desprendimiento de las propias ideas, neuras, y argumentarios que, con el paso de los años, inevitablemente vamos acumulando para, en cambio, arrodillarnos ante Dios que nos habla para entregarnos una verdad eterna, íntima, necesaria para conocerle a Él y a nosotros mismos. 

El requisito previo es, claro está, un acto de fe: creernos de veras que es la Palabra de Dios la que es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo” (Hb 4, 12-13) y no es nuestra palabra, ni nuestra elocuencia, la que convence y transforma al personal. Creída de veras esta afirmación, lo que resta es que el predicador se ponga él mismo a la escucha para poder transmitir lo que ha contemplado. En palabras de Santo Tomás: “Contemplata aliis tradere”, brillar para iluminar, contemplar para comunicar (STh, II-II, q.188, a.6, c), ser, en definitiva, transparentes para que -como le gustaba decir a san Josemaría- solo Él se luzca. 

Por eso aquí tenemos, hermano predicador, un punto para nuestro examen de conciencia. Cuánto de mí hay en mis predicaciones y cuánto de Cristo y cómo hacer para que “Él crezca y yo disminuya” (Jn 3, 30), para que mi sermón de las siete palabras no se conviertan en siete mil, de las cuales seis mil novecientas noventa y tres son mías.

Que sí, que Bartimeo era ciego y Cristo le curó, pero no sé yo si el mensaje es que por eso hay que comprar más lotería de la ONCE…; y Lázaro salió del sepulcro después de varios días, pero de ahí́ a hacer una defensa a machete de la necesidad de cuidar el cementerio parroquial… Tú me entiendes. 

Se trata de dejar a un lado -de momento- nuestras ideas, nuestra sensibilidad, nuestros gustos y sumergirse en lo eterno de la Palabra de Dios, cribando en ella lo coyuntural y anecdótico hasta encontrar, cual pepita de oro en la batea, el mensaje que el Señor quiere comunicarnos en la predicación de cada día. 

Creo que un buen mecanismo -el más antiguo de todos- para este bateo de la Palabra de Dios es la Lectio Divina, aunque de ella hablaremos en la próxima publicación. 

¡Feliz Pascua!

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