Evangelización

Vías de evangelización: la luz de la Palabra divina

El autor reflexiona sobre la importancia de leer con asiduidad la Sagrada Escritura, que ilumina nuestro caminar y nos orienta hacia el Cielo.

José Miguel Granados·24 de abril de 2021·Tiempo de lectura: 3 minutos
sagrada escritura
Foto: Sixteen Miles Out / Unsplash

La Escritura, luz para el camino

“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119, 105). La Palabra de Dios ilumina nuestro caminar, orienta las situaciones de nuestra existencia, nos enseña el bien que hemos de realizar y nos orienta hacia el cielo. “La vía maestra para descubrir nuestro camino es la lectura frecuente de las Escrituras inspiradas por Dios”, decía san Basilio el Grande. 

Por desgracia, muchos se tambalean confundidos por el humo tóxico de ideologías falsas, pero los que se fundamentan en la Palabra de Dios participan de la consistencia del Dios eterno. Pues, como aseguró Cristo, “el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca”(Mt 7, 28); “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35; cfr. Is 40, 8).

Fuente de vida

El evangelio de Jesucristo es Palabra de vida y de esperanza, Palabra luminosa y llena de fuerza, Palabra de verdad y de sabiduría, Palabra de amor que mueve a la caridad fraterna, Palabra de salvación plena. “Jesucristo es la fuente de la vida; por eso nos invita a sí como a una fuente (cf. Jn 7, 37-38); bebe de él quien lo ama, bebe de él quien se alimenta de su Palabra. Si estás sediento, bebe de esta fuente de vida” (san Columbano). 

Quien no lee y medita con asiduidad la Palabra de Dios se mundaniza irremediablemente, se queda a oscuras, con una perspectiva falsa, materialista y reductiva; pierde la visión de fe, que nos otorga la misma mirada del Señor, y se queda sin energía para el combate espiritual. Es lo que ocurre a tantos bautizados que dejan de acudir a las asambleas litúrgicas y se separan de la Sagrada Escritura. Sin la divina Palabra, que es alimento del alma, ésta languidece y se agosta. Pues “no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; cf. Dt 8,3).

Dones del Espíritu Santo

Al mismo tiempo, la meditación de la Palabra de Dios proporciona diversos dones del Espíritu Santo: la alegría y la dulzura (cfr. Sal 119, 103; Ez 3, 3), la paz y el consuelo (cfr. Rm 15, 4), la pureza de corazón (cfr. Jn 15, 3), la fortaleza (cfr. Pr 30, 5), la salvación (cfr. 1 Pe 2, 2-3), la sabiduría (cfr. Pr 4, 5), la verdad (cfr. Jn 17, 17), la fe (cfr. Rm 10, 17), la caridad (cfr. Lc 16, 29; Jn 13, 34-35; 1 Jn 2, 2-10) y la esperanza (cfr. Rm 15, 4; 1 Pe 3, 15-16).

Para la evangelización

San Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a aprovechar el conocimiento de las Sagradas Escrituras, que confieren la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús; además, le anima a enseñar la sana doctrina (cfr. 2 Tm 3,10-4,5). Por ello, la caridad de Cristo nos urge a evangelizar (cfr. 2 Cor 5, 14). El anuncio y el testimonio de la Palabra de Dios constituye el corazón de la evangelización.

Sólo la Palabra de Dios -como semilla divina (cfr. Mt 13, 1-9; Mc 4, 1-9; Lc 8, 4-8), empapada en la sangre de Cristo y en la gracia del Espíritu Santo- es capaz de fecundar las culturas de los pueblos, sólo ella puede hacer brotar un auténtico humanismo, una verdadera civilización del amor.

El fin del anuncio del evangelio, centro de la revelación divina, es la confesión de fe en Cristo Jesús y la adhesión plena a él, para obtener la salvación y la vida eterna que él nos ofrece. La acogida de la Palabra de Dios en la comunión de su cuerpo eclesial constituye un elemento fundamental, imprescindible para vivir en Cristo.

Por todo ello, la Iglesia, madre y maestra, encarece a todos para que adquieran una mayor familiaridad con la Palabra de Dios, buscando a través de ella encontrarse con el Señor. “Exploremos este magnífico jardín de la Sagrada Escritura, un jardín que es oloroso, suave, lleno de flores, que alegra nuestros oídos con el canto de múltiples aves espirituales, llenas de Dios; que toca nuestro corazón y lo consuela cuando se halla triste, lo calma cuando se irrita, lo llena de eterna alegría” (san Juan Damasceno).

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