Evangelización

Caminando con Ignacio de Loyola, el peregrino de la vida interior

El “Camino Ignaciano”, pasa por Logroño, Tudela, Alagón, Zaragoza, Fraga, Lleida, Cervera, Igualada, hasta Montserrat y Manresa. Un itinerario con gran significado espiritual que se realiza también en la vida interior de la mano del gran santo y fundador de la Compañía de Jesús. 

Francesc Riera i Figueras, S. I.·28 de julio de 2021·Tiempo de lectura: 7 minutos
san ignacio de loyola

Foto: Ignatius the Pilgrim. Loyola House, Ignatius Jesuit Centre

Cabalgando en una mula sale de Loyola ataviado con sus vestiduras nobiliarias. El itinerario, el “Camino Ignaciano”, pasa por Logroño, Tudela, Alagón, Zaragoza, Fraga, Lleida, Cervera, Igualada, hasta Montserrat y Manresa

1. Montserrat, unos breves días

Es fácil descubrir al Peregrino, cautivado, subiendo las rocas de la Montaña, respirando el buen olor «d’eixos penyals coberts de romaní”, cuando despunta la primavera. La Naturaleza se ha convertido en trono de la que es ahora su única y verdadera Reina. En medio de la ufana belleza del macizo, el Peregrino vivirá tres acciones «iniciáticas».

a) En primer lugar, reconcilia su vida. (¡Cuántos desearían poder reconciliar la vida…!). Una vida que arrastraría múltiples contradicciones, corrupciones por el afán de prestigio y poder. Él mismo dice en su ancianidad: “Hasta los 26 años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo”. Fueron tres intensos días de repasar todos los rincones «oscuros» de su historia, de ponerlos con infinita tristeza en las manos misericordiosas de Dios y recibir «sacramentalmente» la reconciliación de manos del monje que la atendió, Juan Chanon. Pudo librarse de sus lúgubres pozos y llorar amargamente, pero en paz, el conjunto de absurdos, que a menudo habían herido a terceras personas. ¡Quien experimenta así liberación interior, nace de nuevo!

b) Despojado de la irracionalidad de tales vestiduras interiores, le son incómodas y contraindicadas las vestimentas exteriores nobiliarias, las ropas del «prestigio» que buscaban aparentar una nobleza interior que no tenía. Refugiándose en el mayor secreto se acerca a un mendigo, se despoja del vestuario de prestigio y con él viste de honorabilidad al “último”, al rechazado por el mundo. Por su parte, con una paz interior inenarrable, se viste con una «tela de la que suelen hacer sacos…, y tiene muchas púas… larga hasta los pies». Ha tomado los vestidos de la pobreza que lo sitúan entre los que en el mundo no cuentan.

c) Se debería encontrar caricaturesco con una espada, él un «pobre», un hombre reconciliado, sin enemigos, sin ningún afán por conquistar nada. Ya no se ha de defender de nada, no necesita la espada agresiva. Con esta sorprendente libertad interior que ha alcanzado, se «des-armará» caballero, en un acto de connotaciones «contraculturales», con el estilo de su «imaginario» caballeresco. La víspera de la fiesta de la Anunciación, pasa la noche en vela de oración, arrodillado ante el altar de nuestra Señora. Se desarma, deja la espada a los pies de la Moreneta. Ha cambiado de paradigmas, de intereses, de futuro…, de Señor. El Peregrino se encontraría reflejado en las palabras que el Virolai canta a Nuestra Señora: «Amb vostre nom comença nostra història».

2. Bajando la Montaña

Al amanecer, lo imaginamos bajando por los senderos salvajes de la montaña con una felicidad que nunca había experimentado. Cojeando, con un deje de dolor por la pierna herida, pero desbordando una extraña libertad nunca experimentada tan hondamente.

A la altura de la Ermita de los Apóstoles unas mujeres le sugieren un hospital de pobres en Manresa donde alojarse unos pocos días. Necesita saborear reposadamente las experiencias montserratinas y anotarlas en el cuaderno que desde Loyola guarda con todo cuidado.

Repentinamente un gendarme interrumpe el plácido caminar del Peregrino: «¿regalaste un lujoso vestido señorial a un mendigo?» Al peregrino se le escapan, ante la autoridad, unas lágrimas por el miserable a quien hizo mal sin preverlo, al entregarle sus ropas aristocráticas para vestirse él de pobreza.

Solo diez meses atrás el Peregrino formaba parte de la autoridad. Ahora sorprendemos al fogoso luchador de Pamplona con lágrimas en los ojos. La convalecencia en Loyola, el largo silencio del camino hasta Montserrat, sus experiencias fundantes en la Montaña han ido agrietando durezas externas e internas de su personalidad.

3. Manresa, primer período

Liberado felizmente de su vida pasada, con “grande ánimo y liberalidad”, pretende conquistar la santidad

Se hospeda en el hospital de pobres donde vivirá fundamentalmente todo el tiempo de los once meses manresanos. En su deseo de mayor soledad, no sabemos cuándo, encontró un lugar desértico y poco accesible: la Cueva.

La Cueva es una de las grutas excavadas en el Terciario por la erosión del río. No era de acceso fácil. Ignacio llegaría atravesando una senda entre malezas, zarzas y ortigas. Un balcón sobre el río, con la brillante vista de Montserrat, más o menos tamizada por espesas hierbas y arbustos, que producirían un efecto de soledad y quietud. En este balcón, bajo la mirada de la Virgen Morena, tuvo muchas horas de silencio profundo. Hizo «callar» muchas cosas… Y pudo «escuchar» el fondo de su corazón y encontrar el latido del corazón de Dios. Y desde el corazón de Dios, se fue descubriendo «enviado» a los demás.

Un estilo de vida contracultural

«Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo de hacer. San Francisco hizo esto, pues yo lo tengo de hacer». Los primeros pasos del Ignacio manresano le conducirán por los caminos de esta santa e ingenua emulación.

Pocos meses atrás solo buscaba honores, sobresalir…, con una preocupación increíble por su imagen. Ahora se despreocupará de su apariencia física, dejará crecer pelo y uñas (antaño tan cuidadosamente tratados), irá desgreñado, con poca higiene personal, como nunca hubiera sospechado pocos meses atrás. Ha cruzado «líneas rojas», se está autodemostrando que ha cambiado de bando, que se ha situado al otro lado de la historia, con los últimos y con Jesús.

Hace siete horas de oración al día. Vive feliz, en plenitud, con su silencio interior ante Dios. Se preocupa de los pobres del Hospital, su hacer rezuma caridad y amistad por los últimos. Su estado es de tranquilidad, de alegría, sintiendo gran consuelo en esta nueva forma de hacer y ser.

Ignacio llega a Manresa con un profundo deseo de conquistar la santidad, la honorabilidad, con el deseo de servir a su nuevo Señor (el Rey Eternal), con más intensidad aún que la que había tenido en el servicio de los «reyes temporales». Toda su vida había sido un “conquistador” de su estatus. Todavía durante la convalecencia en Loyola se deleitaba pensando en las proezas que haría en servicio de grandes señores o de una princesa de “altísima dignidad” a la que pretendía en sus ensueños.

Llega «ignorante de las cosas de Dios», sin capacidad de discernimiento, con un fuerte deseo de «hacer» cosas grandes por el Señor. En el fondo rezuma todavía autocentramiento, narcisismo. Necesita «mirarse al espejo» y descubrirse honorable, con la nueva honorabilidad que ahora sueña, tan diferente de la que había vivido en las cortes castellanas. Él mismo continúa siendo el «tema», su imagen «honorable». Todavía cree que la podrá conquistar con sus fuerzas, con las propias capacidades y posibilidades.

Los cuatro primeros meses son de gran fervor y serenidad espiritual, de gran equilibrio y magnanimidad. Pero pronto descubrirá que no “conquista” la santidad, que lo que ha conquistado es la amargura de sus pozos oscuros interiores, a los que ha ido descendiendo, y que creía haber reconciliado en Montserrat. De alguna manera, es todavía el fariseo de la parábola, debe pasar a autocomprenderse como publicano, y sin embargo aceptado y abrazado por Dios. Ignacio está haciendo sus “Ejercicios Espirituales”.

4. Segundo período. La fragilidad de Ignacio

De la euforia adolescente del neoconverso, a encajar las propias roturas interiores

“Le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como si le dijeran dentro del alma: ‘¿Y cómo podrás tu sufrir esta vida 70 años que has de vivir?’. Mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerza…: ‘¡Oh miserable! ¿Me puedes tú prometer una hora de vida?’”.

El bravo defensor de Pamplona dispuesto a seguir un perrito

La etapa primera que acabamos de presentar se podría resumir con dos palabras: «hacer» (grandes penitencias, cosas grandes) y «más» (más que los otros, más que los santos). Un fervor desatinado, aunque revele inmensa generosidad. Ignacio está espiritualizando su vanidad de caballero, ahora el caballero se entrega a su nuevo Señor de la manera más heroica que pueda imaginar, con penitencias, oraciones y gestas para “señalarse más que nadie”. Busca conquistar a su nuevo Señor con «obras».

Pocos meses atrás vivía solo para conquistar honores, fama, puestos significativos en la administración del reino de Castilla, ahora ha de descubrir que la «santidad» no es una «conquista». Comprueba, desconcertado, que justamente lo que ha conquistado son sus “sombras”, las aguas oscuras de su interior «reconciliado» tan solo superficialmente en Montserrat.

Se le hace añicos la paz que había recibido ante la Virgen de Montserrat. La memoria empieza a golpearlo escrupulosamente, le va recordando momentos de su vida que creía haber dejado enterrados en Montserrat. Cae en profunda desolación y, acosado por los escrúpulos, busca un confesor a quien repetir una y otra vez sus pecados; pero no consigue la reconciliación «consigo mismo», y piensa que tampoco con Dios.

Ha experimentado la propia limitación, la insuficiencia radical para concederse a sí mismo el perdón, la resistencia para ponerse plenamente en manos de Dios y soltar el volante de su vida, que siempre había conducido él.

En la desolación repite a Dios que estaría dispuesto a seguir incluso a un perrillo, si éste le mostrara el camino para encontrar a Dios. El momento más significativo de esta época es la desesperada «tentación de suicidio» cuando está hospedado en una estancia del Convento de los Dominicos. Quien estaba acostumbrado a ir por el mundo de conquistador, experimentará que la honorabilidad, la integridad, la reconciliación, la felicidad, la santidad… no se conquistan, sino que se «reciben»: “todo es gracia”. Será el gran descubrimiento ignaciano de Manresa.

5. Tercer período. Todo es gracia

Cuando ha asumido que no lo "controla" todo, empieza a ser inundado de luz inesperada y plenamente "gratuita"

Rendición ya no de la fortaleza de Pamplona, ​​sino de su fortaleza interior, ya no se trata de entregar «armas exteriores» sino las «armas internas» (la autosuficiencia, «yo llevo el volante de mi vida»…). Son sus Ejercicios Espirituales. Está aprendiendo a vivir desde la fe y confianza, a dejarse llevar por Dios. Se le está rompiendo el proyecto de alcanzar a Dios con sus propias fuerzas. Dios le va enseñando la desapropiación de su ego que suponía todopoderoso.

Sale del callejón cuando experimenta la inutilidad de la propia “justicia”, para instalarse en «la justicia que viene de Dios» (Rm 1,21). Con ello comienza la tercera etapa manresana de Ignacio. No necesita ya protegerse de su realidad rota, de sus sombras, de su pecado. Se le han cambiado los «paradigmas».

Es la época manresana de las grandes iluminaciones. Cuando asume que él no conquista «la luz» de Dios, al dejarse completamente en manos del Señor, entonces es desbordado por repetidos momentos de iluminación.

La cima de esta época es la «Ilustración del Cardener». Es el momento de gracia, inesperado, la culminación de todo el camino del Peregrino en sus días manresanos. Una vez, junto al rio Cardener “se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; le parecían todas las cosas nuevas”. Y añade enseguida: “en todo el discurso de su vida, no le parece haber alcanzado tanto, como en aquella vez sola”.

Había llegado a Manresa «arrogante e ignorante de las cosas de Dios». Respiraba todavía fuerte autocentramiento, con la confianza puesta en sus propias capacidades y posibilidades. Salió de Manresa desposeído y humilde, experimentado en el discernimiento de espíritus y en la capacidad de ayudar a los demás.

El “Camino” interior de los once meses manresanos es «fundante», quedará recogido de manera pedagógica en sus «Ejercicios Espirituales» y será el trasfondo desde donde escriba las «Constituciones de la Compañía de Jesús». En este Camino tienen los ojos puestos todas las espiritualidades ignacianas y toda la obra pastoral, social, intelectual, pedagógica, cultural… que nacen de la inspiración de Ignacio.

El presente artículo es un extracto de las pág. 17 a 43 del libro “Manresa Ignasiana” 500 años. (edición en catalán y en español. En preparación versión inglesa).
El autorFrancesc Riera i Figueras, S. I.

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