Evangelización

Amar a “este” mundo apasionadamente (I)

San Josemaría Escrivá tituló una de sus homilías: “Amar al mundo apasionadamente”. Hoy se podría parafrasear: amar a este mundo apasionadamente. Una apuesta que, lejos de ser algo buenista, ni voluntarista, sino que requiere un serio trabajo personal

Luis Herrera·9 de septiembre de 2021·Tiempo de lectura: 4 minutos
Foto: Ben White / Unsplash

En esta primera parte, el autor realiza un primer análisis de la realidad en la que se mueve el mundo occidental que ha pasado de una sociedad asentada, más o menos, en principios y valores de raíz cristiana a una situación de rechazo de estas bases.

Post-cristiandad

Los “misterios de luz” del Santo Rosario tienen el común denominador de los Doce. Jesús se entregó durante meses, quizá años, a su formación. En cierta ocasión les envió en prácticas apostólicas de dos en dos, dándoles instrucciones. Regresaron entusiasmados, porque los demonios se les sometían en su nombre. Finalmente, el día de Pentecostés, les envió a predicar el Evangelio por el mundo entero.

Desde entonces, la historia de esta región que llamamos Europa ha estado marcada por el cristianismo. Si bien, convendría distinguir en ella cuatro etapas.

1. Evangelización

Con la venida del Espíritu Santo nació la Iglesia. Los apóstoles y sus sucesores se expandieron en todas las direcciones, predicando la comunión con el Dios encarnado, y el amor fraterno. En la clandestinidad, y periódicamente perseguidos, llevaron la fe hasta los confines del Imperio.

Cristiandad. Las cosas cambian sustancialmente en el siglo IV, cuando una Roma en decadencia declara al cristianismo religión oficial del Imperio. El final de las persecuciones y la consiguiente expansión de la Iglesia trajeron consigo efectos positivos pero también negativos, como la confusión entre la esfera religiosa y la política, o la masificación del cristianismo y un descenso en la «calidad» de su vida espiritual.

Tras la invasión de los pueblos bárbaros, se va forjando un nuevo modo de organización social. La población se estructura en tres estamentos. La nobleza, encargada del gobierno. El pueblo llano, ocupado de la producción. Y el clero, dedicado a tareas espirituales, pero también culturales y científicas: astronomía, biología, física, música, literatura… Este modo de organización medieval perduró hasta la modernidad.

Modernidad. La civilización estamental y gremial se hizo permeable con la aparición de la burguesía. Nacieron la cultura y la ciencia modernas de la mano de laicos, todos ellos cristianos, pero sin la vida espiritual y la formación necesarias para cultivarlas en diálogo con la fe. Los espectaculares éxitos de esas disciplinas, terminaron por modificar el mismo concepto de verdad. En la cultura clásica se consideraba verdadero lo real, y se aprehendía por contemplación.

En la modernidad el canon de verdad pasa a los logros de la ciencia y la reflexión. Y avanzando un poco más hasta la Ilustración se considera que la verdad no se encuentra en el pasado ni en el presente, sino en el futuro: verdad es lo que la ciencia pueda llegar a conseguir un día. La realidad aparece como indefinidamente moldeable por el hombre. El concepto de creación es reemplazado por el de naturaleza.

Postmodernidad. Dolorosas experiencias -especialmente las dos guerras mundiales- demostraron que el progreso científico es ambiguo, y se abandonó la utopía moderna de construir un paraíso en la tierra. Se da entonces un paso más, “anti-civilizatorio”: rechazar todo meta-relato (no sólo el religioso, sino también el filosófico, político o científico), para limitarse a un desarrollo tecnológico que haga la vida lo más placentera posible. Es lo que se denomina “post-modernidad”, o “relativismo”.

2. Cristianofobia

Cualquiera que tenga una cierta edad, es testigo de la gran descristianización que se ha producido en poco tiempo. No hace falta recordar aquí la caída de los datos estadísticos de bautismos, confirmaciones, matrimonios y últimamente también funerales religiosos.

Éste ha sido un fenómeno intra-generacional, no inter-generacional, como suelen ser los cambios de época. Una especie de ciclogénesis explosiva. Las ideas relativistas que estaban en la mente de algunos intelectuales, con la ayuda de las nuevas tecnologías, han descendido sobre el imaginario popular, terminando por impregnar la civilización.

Pero cada vez es más patente que el proceso supera la descristianización, y evoluciona hacia la cristianofobia. El cristiano experimenta en la postmodernidad una creciente hostilidad: es acosado, incomodado, arrinconado, señalado. Es fácil reconocer determinados personajes, fuerzas, colores, intereses… muñendo un nuevo orden mundial. Evidente. Pero no hemos de olvidar que las ideas tienen más poder que las instituciones y las personas. Y la idea que sustenta la postmodernidad es el relativismo.

Por eso, la autodefensa política, la actitud reactiva frente a cada nueva demolición de la cristiandad, seguramente no basta. La política tiene un gran poder disolvente pero muy limitada capacidad creativa de realidades humanas.

La Diócesis de Burgos celebra este año el octavo centenario de la primera piedra de su catedral, que no fue consagrada hasta 1260. Cuesta mucho tiempo y esfuerzo construir un templo así. Sin embargo se podría derruir en pocos segundos con una carga de dinamita. También la política puede destruir muy rápidamente, pero construye poco y lentamente.

Por otra parte, los centros de decisión política cada vez están más lejos, y son más globales.

Además, si miramos a nuestro alrededor comprobaremos que las personas que nos rodean, a pesar de ser buena gente, son mayoritariamente favorables a las leyes que va imponiendo la ingeniería social relativista.

Ocurre incluso que algunos de los más activos guerreros sociales en favor de una civilización de matriz cristiana no son ellos mismos ejemplares en sus métodos o en su vida personal.

En definitiva, estamos ante una “nueva evangelización”, y lo que corresponde es mirar al Señor para seguir sus instrucciones. Aquella primera vez, eligió a sus Apóstoles entre los sencillos: no eran sabios, no hablaban idiomas, ni conocían mundo… Les mandó que no llevasen alforja, ni túnica de repuesto, ni dinero. Les anunció que en algunas casas y aldeas no serían bien recibidos… Cristo no formó “guerreros”, sino hombres enamorados y vulnerables. No les inculcó una actitud reactiva sino propositiva. Y un amor al mundo y a cada persona, hasta la muerte.

San Josemaría tituló una de sus homilías: “amar al mundo apasionadamente”. Hoy se podría parafrasear: amar a este mundo apasionadamente. Lo cual no es algo buenista, ni voluntarista, sino que requiere un serio trabajo personal para lograr dos condiciones básicas. En primer lugar, comprender en la medida de nuestras posibilidades el mundo en que vivimos. Como decía Unamuno: “No sabemos lo que pasa y eso es lo que nos pasa”. Y en segundo lugar, servir a este mundo como necesita ser servido.

Lo veremos en el siguiente artículo dedicado a este tema.

El autor

Luis Herrera

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