Vocaciones

El termómetro

Es importante que haya hombres y mujeres que nos ayuden a mirar cara a cara a la eternidad. Personas que, con los pies bien puestos en esta tierra, ayudando a sus hermanos, tengan el corazón puesto ya en el cielo y nos señalen cuál es la meta de nuestra vida.

Javier Segura·15 de junio de 2022·Tiempo de lectura: 3 minutos
vida consagrada

Hay un termómetro que nos da la temperatura de la vitalidad de la Iglesia y que, desde hace décadas, viene dando datos alarmantes: el número de vocaciones para la vida consagrada. Hay otros termómetros que nos deben poner en alerta, claro, como el número de matrimonios o el de vocaciones sacerdotales, pero me gustaría resaltar este de las vocaciones a la vida consagrada, que me parece especialmente significativo.

Y me parece significativo no sólo por el hecho de que hayan disminuido las respuestas a la llamada a la consagración, sino también porque esta disminución no sea valorada en general por la comunidad eclesial como una gran pérdida. Porque percibimos como una carencia la falta de vocaciones sacerdotales y, en general, los cristianos nos alegramos cuando escuchamos que un joven se decide a entrar en el seminario. Pero no hay esta misma sensibilidad hacia la vida consagrada.

La vida de la Iglesia, pensamos sin pensar, puede continuar sin que haya consagrados. Y en esa mentalidad utilitarista que lo impregna todo acabamos en la conclusión de que lo que importa es que los laicos tomen un papel activo en la vida eclesial y que así ya harán lo que los religiosos ya no puedan hacer por falta de vocaciones. Pero no es ese el punto de vista correcto, en absoluto.

Antes de que nadie me tire una piedra diré que soy un radical defensor de la necesidad de que los bautizados tomen en serio su consagración bautismal y asuman con radicalidad su misión en la Iglesia y en el mundo. Empezando por lo que les es más específico, que es la transformación de este mundo para que sea tal y como Dios lo ha soñado.

Pero si hay un laicado vivo, con una profunda experiencia de Dios, sin duda surgirán hombres y mujeres que con radicalidad evangélica sientan la llamada de Jesús a dejarlo todo y a seguirle viviendo tal como él vivió. Por ello un bajo número de vocaciones y una falta de estima por la vida consagrada, es necesario reconocerlo, nos señala una comunidad eclesial con una vida espiritual baja.

Quizás por la comodidad y la cierta mundanidad en la que vivimos también los cristianos. Quizás por el miedo al compromiso -y más si es para toda la vida- que se ha instalado en nuestra sociedad y especialmente entre los jóvenes. Y, sin duda, porque vivimos en un mundo materialista e inmanentista, que ha dejado de mirar hacia el cielo, hacia la eternidad. Entonces, la vida consagrada, cuya última esencia es señalar el camino hacia el cielo, traer al tiempo el sabor de la eternidad, queda convertida en un sinsentido.

J.R.R. Tokien, al narrar la caída de Númenor en el Silmarillion, nos cuenta como Eru, el Creador de todo lo que existe, ante el deseo de los hombres de alcanzar las tierras imperecederas para conseguir por la fuerza la inmortalidad, convirtió la tierra, que hasta entonces era plana, en una esfera. Así nadie, por muy lejos que quiera navegar hacia el oeste, podría llevar nunca a alcanzar la morada de los Valar, la tierra imperecedera. La tierra se convirtió así en un círculo de eterno retorno, del que solo se puede salir a través de la muerte. Sólo los elfos, inmortales, si así lo desean, cansados de ese eterno devenir de los años y de las eras, pueden embarcarse y encontrar el camino recto para llegar a las tierras imperecederas.

Vivimos en un mundo que se mira a sí mismo, sin mirada a la trascendencia. Y, me temo, que algo de esto se nos ha pegado a muchos de los cristianos.

Por ello es tan importante que haya hombres y mujeres que nos ayuden a mirar cara a cara a la eternidad. Personas que, con los pies bien puestos en esta tierra, ayudando a sus hermanos, tengan el corazón puesto ya en el cielo y nos señalen cuál es la meta de nuestra vida.

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